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Donostia/San Sebastián, the Winner

jueves 30 de junio de 2011, 14:37h
El pasado día 28 de Junio, a la hora torera de las 5 de la tarde pasadas, el Presidente del Jurado Manfred Gaulhofer desvelaba la ciudad ganadora para acompañar a la polaca Wroclaw como capitales europeas de la cultura en el año 2016. San Sebastián, sin ser la favorita, ganaba después de competir con las otras cinco finalistas: Burgos, Segovia, Las Palmas, Córdoba y Zaragoza. Cualquiera de ellas atesoraba méritos suficientes y disponía de un proyecto sólido y atractivo, pero solo una podía resultar vencedora. Por lo que el propio comité de selección ha transmitido, la idea-fuerza que más les ha motivado es la utilización de la cultura para apuntalar el compromiso donostiarra de acabar con la violencia, conjugando las palabras: convivencia, paz y tolerancia. Hay que reconocer que, a falta de la solera histórica o patrimonial de otras candidatas, el proyecto donostiarra era innovador y vanguardista. Por otro lado, no cabe duda de que era el proyecto colectivo de una ciudad, pero que contaba con un impulsor muy concreto: el ex alcalde socialista Odón Elorza y su mayoría política. Pero, los tiempos de la política son otros y la responsabilidad de la gestión y maduración de la idea va a recaer, contra todo pronóstico, en manos bien distintas. Una vez resuelta la incógnita, todas las energías deben de concentrarse en los próximos cinco años en que el proyecto, apoyado en el concepto de “olas de energía ciudadana”, sea un éxito europeo de España y el País Vasco, como lo fueron Madrid en 1992 y Salamanca en 2002.

Sin embargo, las vibraciones iniciales no son las mejores. Que la elección ha sido muy política es una evidencia, pero eso no ha de escandalizar a nadie, puesto que se trata de una decisión de “política cultural”, que se supone tiene que tener un alma o una inspiración que le de sentido. La clave está en cómo se interpreta tal impulso. Por un lado, el nuevo alcalde de Bildu, acompañado de la editorial del Gara, ya le ha empezado a poner “su” música a la letra y ya sabemos que harán lo imposible porque en este escaparate europeo predomine su visión de Euskal Herria, centro del mundo mundial, y, en la medida de lo posible, desaparezca cualquier referencia a España y lo español. Por el otro, hacen muy mal determinados responsables políticos de primera línea, vinculados a algunas de las otras ciudades candidatas, con expresar su decepción, desahogándose en clave política o partidista y, sobre todo, descalificando el proceso de decisión o el propio proyecto elegido. La mezcla de cainismo, localismo mezquino y partidismo barato puede ser explosiva, poniendo en peligro una buena idea y un mejor proyecto colectivo de todos: donostiarras, en primer lugar, guipuzcoanos, vascos, españoles y europeos en torno a valores universales y cosmopolitas.

No cabe duda que la elección del proyecto donostiarra está cargada de riesgos y oportunidades para el logro de los objetivos propuestos y por los que ha resultado vencedor. Es obvio que la conjugación de los términos convivencia/paz/tolerancia, derechos humanos, normalización y otros no es lo mismo con ETA vigilante, que con ETA muerta, tampoco es lo mismo administrada por la anterior mayoría política democrática que por la reencarnación del antisistema batasuno. Pero, sobre todo, no lo es con o sin la presencia central de las víctimas del terrorismo y con o sin el reconocimiento de los errores del pasado y el arrepentimiento por el daño causado. El gran riesgo es que los responsables de la estrategia de limpieza étnica, disfrazados con pieles de cordero pascual, impongan su manera de ver la normalización y la pacificación (de la guerra autodeclarada por ellos mismos), emparapetados en las instituciones democráticas que instrumentalizan y deslegitiman y cerrando en falso una gravísima herida histórica con un simple lavado de cara. La gran oportunidad es que, más allá de las jaculatorias buenistas, sea el espíritu del proyecto vencedor el que, finalmente, se imponga con el concurso de las mejores energías democráticas de ciudadanos, instituciones y actores públicos y privados.

Conociendo el daño moral y político, que la subcultura de la violencia ha causado en el entramado social vasco, me cuesta mucho ser optimista al respecto. Pero, a pesar de todo, debemos unir fuerzas e intentarlo, porque merece la pena.
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