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Chávez es mortal

viernes 01 de julio de 2011, 12:49h
En los regímenes republicanos, todo se sabe. El secreto es en ellos prácticamente inexistente porque aun lo que el gobierno quisiera ocultar trasciende a través de los medios de prensa. En los regímenes republicanos, sean formalmente “monarquías” como España y el Reino Unido o “repúblicas” como los Estados Unidos y Brasil, el secreto no sólo es excepcional sino que también está prohibido por violar un principio fundamental de la democracia: la igualdad de los ciudadanos ante la información. Como en las democracias el pueblo decide con su voto la suerte del Estado, privarlo de la información que necesita para votar es atentar contra su soberanía, ya que alguien es “soberano” sólo cuando está “sobre”, por encima, de los demás miembros del sistema. Los regímenes republicanos hacen honor a la raíz latina de la palabra “república”, que desde los tiempos de la primera república que se definió como tal, la República Romana, quiere decir “res-publica”, esto es, “cosa pública”. Desde entonces, la publicidad pertenece a la esencia de las repúblicas.

Los llamados “secretos de Estado” provienen, al contrario, de la tradición autoritaria. En los tiempos de las monarquías absolutas, cuando Luis XIV podía decir “El Estado soy yo”, el secreto de Estado respondía a un principio opuesto al espíritu republicano: la desigualdad de la información. En las monarquías absolutas, sólo el rey podía ejercer la llamada “razón de Estado”, es decir la razón de lo que había que hacer en el Estado. Por eso sólo el rey necesitaba poseer toda la información necesaria para gobernar. Como el pueblo no debía gobernar, tampoco necesitaba saber. De ahí que el primer clamor popular que se escuchó en Buenos Aires en 1810, cuando comenzó la lucha por la independencia de las naciones iberoamericanas, fue “el pueblo quiere saber de que se trata”.

No puede asombrar por lo visto que los dictadores iberoamericanos que aún nos quedan sigan recurriendo al secreto, reservándose la información de la que privan al pueblo. Como lo demuestra el hermetismo que ha rodeado la enfermedad del dictador venezolano Hugo Chávez, recluido en la Cuba castrista que también rodeó de silencio la enfermedad del dictador Fidel Castro, en ninguna otra área de los regímenes autoritarios el secreto de Estado está mejor guardado que el que concierne a la salud de los gobernantes. Esto es así porque, al revelar que el dictador, se llame Castro o Chávez, está enfermo, se atenta contra el tabú central del personalismo autoritario: que no se puede admitir abiertamente que el autócrata es mortal. Cuando alguien informó que Chávez sufre una grave enfermedad, hizo mucho más que dar un parte médico: instaló en el pueblo venezolano la afirmación escandalosa de que su presidente también es mortal.

Nada similar ocurriría en el caso de que algún presidente democrático fuera afectado por una grave enfermedad. Es que en los regímenes republicanos está previsto, mediante el inexorable mecanismo de los plazos, que todo gobernante es constitucionalmente “mortal”. Las democracias están construidas no sólo alrededor de la periodicidad necesaria de sus gobernantes sino también sobre la previsión exacta del principio de la “alternancia”, que en ellas sustituye la presunción autoritaria de la inmortalidad.

Y así se da la paradoja de que sólo los regímenes republicanos consiguen quedar a tiro de la inmortalidad porque pueden alcanzarla a través de la sucesión ininterrumpida de presidencias inidividualmente “cortas”. Zapatero es políticamente mortal, pero la España democrática es potencialmente inmortal porque puede mirarse en el horizonte del Reino Unido, con sus 323 años de vida democrática, o de la república norteamericana, con sus 224 años. Los regímenes personalistas, en cambio, sólo pueden llegar a ser “longevos” pero nunca inmortales porque sus dictadores al fin mueren política o físicamente aunque lo hayan negado, dejando tras de sí el abismo de un futuro imprevisto. Lo han reconocido los cables difundidos por la prensa independiente al revelar lo que el régimen chavista de empeña en desconocer: que nada hay mas democrático, más igualitario, que la muerte política o física de los autócratas que han soñado con la inmortalidad.

Cuando a Galileo la Inquisición lo obligó a negar que la Tierra se mueve, dijo por lo bajo: “Eppur si muove” (sin embargo, se mueve”). Esta fue su herejía. Pronunciemos ahora nuestra herejía: Chávez, después de todo, es mortal.
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