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Del Euskadi profundo

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 04 de julio de 2011, 21:47h
En días de rifirrafes y crispaciones por un quítame allá un rencor ignaro o una descalificación vidriosa, traer al recuerdo gentes sufridas y modestas consagradas, en la penumbra silente y angosta de sus cuartos de trabajo, a estudiar rincones decisivos de nuestro pasado, representa, junto con un deber de memoria, un gran gozo del espíritu.

Casi en los antípodas geográficas peninsulares de la hechizadora ciudad del cronista se halla -también en los antípodas, pero aquí, hèlas, económicas y sociales: allí roborantes y acá, anémicas-la urbe en que un catedrático de Instituto se afana desde ha tiempo por desentrañar los mil y un secretos, las incontables incógnitas que encierra un ayer tan rico e imantador como el de la alta media. Privado, machadianamente, de lo “que él más quería” cuando comenzaba su segunda navegación intelectual, Armando Besga Marroquín., cuando se lo permiten sus deberes de padre de familia y concienzudo docente de unas muchachas y muchachos poco conscientes de ellos, a reconstruir, su umbra chartorum, la fisonomía de aquellos tiempos obscuros. Sin eco incluso entre unos colegas amedrentados por la presión ambiental o ganados por el pesimismo ante la honda e irremontable hondonera educativa, el autor de un libro de calidades de excepción –Astures et Vascones. Las Vascongadas y el Reino de Asturias. El País Vasco entre los siglos VIII y X. Bilbao, 2003 -, pone negro sobre blanco las innumerables y dolosas falsedades en torno a la historia de los vascos en los siglos medios, pasto preferido de sus analistas y exegetas más y banderizos y mistificadores.

En un amplio elenco de trabajos tan sólidos como poco difundidos, los mitos y quimeras de la historiografía (¿) nacionalista son puestos en solfa mediante una escritura pulcra y envidiablemente documentada. Conforme al mejor de los métodos en tales controversias, el medievalista bilbaíno recurre por lo común al ridículo para desechar las peregrinas teorías y los argumentos ad usus delphini de la mayor parte –en ocasiones, puede aseverarse con exactitud la totalidad- de los autores incluidos en la nómina de la intelligentsia nacionalista. Sus anacronismos, infirmidades y armadijos se desbaratan en las graníticas investigaciones del Dr. Besga. Marroquín con el escoplo de la erudición más alquitarada y la argumentación más buida. En sus trabajos prodigados en revistas de difícil acceso, la historia es por ventura un arte de arquitectura marmórea a la vez que esbelta. Si un día se recogieran en volúmenes de tirada y audiencia siquiera discreta, es probable que la imagen del pasado y, por ende, del presente de Euskadi experimentase una transformación positiva en la opinión pública.

Tema, por supuesto, nada baladí o restringido al círculo siempre estrecho de especialistas y curiosos del ayer. En la España reciente y, de modo muy singular, en el País Vasco actual la asunción y defensa de ciertas ideas llevaron, hasta las fronteras mismas de hodierno, a la muerte y asesinato. No fueron ni son “quaestiones disputatae”, torneos dialécticos, saludable y conveniente confrontación intelectual, sino posiciones y trincheras desde las que se dispararon y disparan muchas veces a matar al adversario, convertido, por razón de la irracionalidad y el odio, en enemigo.

De ahí, pues, la ilimitada simpatía, amén de la solidaridad más sincera que deben despertar las personas que como el historiador en cuestión entregan su existencia sin otro motivo más que el del amor a la verdad y una “cierta” idea de patria a luchar a brazo partido contra mentiras y engaños cargados de material explosivo para una convivencia plural y fecunda. Y, por añadidura, en medio de la indiferencia o la ignorancia irresponsables.

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