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Maquiavelo y la escuela del Poder

martes 05 de julio de 2011, 21:30h
Aún sujeta a un conocimiento superficial y a sempiternos tópicos, la sugerente obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1567) sigue manteniendo gran parte de la fuerza que tuvo cuando fue escrita, en pleno Renacimiento. Asistimos hoy perplejos al ascenso del poder institucional del brazo ideológico de ETA, apoyado por seis jueces del Tribunal Constitucional, mientras se resienten las bases de la lucha antiterrorista. La legitimación política implícita por parte del Gobierno y de la sociedad que ha votado a Bildu del asesinato de las ya 947 personas fallecidas desde 1960 a manos de los criminales independentistas, recuerda a algunos de los pasajes más inquietantes de El Príncipe (1513). Ya no va a ser necesario que extorsionen a los empresarios para cobrar el impuesto revolucionario, porque se lo vamos a pagar todos los españoles con nuestros impuestos.

El Príncipe, que fue escrito y dedicado a Lorenzo de Médicis con la esperanza de levantar Italia contra los bárbaros, es el ensayo más conocido del florentino, que escribió paralelamente los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y el Discurso sobre la reforma del Estado de Florencia, a petición de los Médicis que, dicho sea de paso, no tuvieron en cuenta ninguno de sus consejos. Las ideas de Maquiavelo han suscitado polémica y posiciones encontradas desde el siglo XVI hasta nuestros días y la preocupación de cómo hacer reinar el orden e instaurar un Estado estable ha dejado paso a la idea del maquiavelismo como aquella actitud de quien actúa con astucia y doblez.

Sin embargo, al lado de los asertos vinculados al uso por parte del Estado de los medios más siniestros para perpetuarse en el Poder y tan de moda en la actualidad –“vale más ser temido que ser amado” o “todos los medios que el Estado haya aplicado para conservarse serán juzgados honorables”–, se encuentran otros como el de la crítica a la monarquía hereditaria, fácil de gobernar “incluso por un jefe desprovisto de capacidades extraordinarias”, o la superioridad de un gobierno de tipo mixto para que “el príncipe, los grandes y el pueblo gobiernen conjuntamente el Estado”, recogidos en sus Discursos, que cobran especial vigor. También valoraciones sobre la religión o la necesidad de no combatirla resuenan como especialmente actuales: “No combatáis nunca la religión ni nada de lo que parece estar en relación con Dios, pues tales objetos tienen demasiada fuerza sobre el espíritu de los necios”.

Si el príncipe deberá “ser un hábil o bien protegido por la fortuna” y la constitución de su principado puede derivar de una “feliz destreza” en conciliar los favores de sus ciudadanos. La virtù –no confundir con la “virtud”– del gobernante consistiría en una energía a la vez brutal y prudentemente calculadora… ajena por completo a cualquier preocupación moral ni ética. Evitar cambiar las instituciones, dejar lo más posible a sus subalternos el cuidado de tomar medidas impopulares, elegir con cuidado a sus consejeros o evitar cederles la menor parcela de autoridad posible son algunos de los consejos que da Maquiavelo en este espejo de príncipes sin escrúpulos, que muy mal se compadecen éstos con aquél.

Por lo tanto, se dedicará el gobernante a defender y extender su poder por todos los medios, incluso si el crimen fuese necesario. Ante las atrocidades de Estado, el maquillaje discursivo de la propaganda se presenta como una herramienta imprescindible: el príncipe debe cuidar su reputación porque su fortaleza mayor descansa en la adhesión de su pueblo. Maquiavelo se anticipa 450 años a Habermas y a Lazarsfeld, estudiosos de la opinión pública, al afirmar que su manejo es en sí una forma de poder, que es maleable, sensible a la fuerza y “fácil de engañar”. La hipocresía entonces, lejos de ser un defecto, es para el “buen” gobernante un verdadero deber y su política debe ser una sutil dosificación de brutalidad y disimulo en la que “lo que se considera es el resultado”. Porque para el príncipe, “¿Qué es el Gobierno, sino el medio de contener a los súbditos?”

Junto a este Maquiavelo más o menos popular, brilla el otro menos conocido y extraordinariamente moderno, el que afirma todo lo contrario en los Discursos (tras seguir a Aristóteles y a Polibio): que se hace necesario un gobierno de tipo mixto basado en un pacto constitucional cuyo máximo ejemplo es la Roma republicana y que el régimen civil es incompatible con la existencia de los privilegios de la plutocracia y de una nobleza feudal. La evolución política que hizo Maquiavelo es ignorada permanente y deliberadamente por la casta política.

Algunos cínicos que negocian con organizaciones criminales y terroristas y que comercian con centenares de muertos para perpetuarse en el Poder sólo se han quedado en al lectura de El Príncipe. El resto de los textos de Maquiavelo, para su conveniencia y no para la de los españoles, es mejor silenciarlo.
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