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Nietzsche y la actualidad española

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 08 de julio de 2011, 21:52h
El rebarbativo Nietzche tenía una soterrada simpatía por nuestra nación. Pese a sus firmes identidad y adhesión católicas –tan despreciadas en términos conceptuales por el autor de Así Hablaba Zaratrusta-, consideraba a la España del quinientos –“la que aspiró demasiado”…- como el único modelo existente en la historia de un pueblo dionisíaco, arrebatado por un daimón de frenesí e ímpetu…

Gongorinamente, dejemos a filósofos y demás príncipes del intelecto los mil cuidados de precisar cuestiones de tan elevado coturno y contentémonos con evocar aquí tan egregio pensador a propósito de uno de sus aforismos más conocidos: la caracterización de la historia como, a la manera de sus idolatrados griegos, “el retorno de lo eternamente igual”. Ello, por supuesto, no es así. Pero la realidad española hodierna semeja en todo acomodarse a su apotegma.

A causa, sin duda, de algún maleficio, es lo cierto, sin embargo, que en nuestro país parece proyectarse permanentemente idéntico film. Cuando todo hace entrever que nos acercamos al final de la película para asistir a otra, es la misma la que retorna. En qué momento del próximo ayer comenzó tan negra pesadilla, es algo en que los historiadores aún no se han puesto de acuerdo. El rastreo de los orígenes de tan pesaroso hecho probablemente arrojaría claridad sobre la andadura de la contemporaneidad española, pero, en último extremo, aportaría escaso consuelo a nuestro doliente ánimo. En todos los pueblos regidos por la democracia existen discrepancias en punto a la imagen y asunción de su pasado, la articulación social o el modelo educativo. Pero sólo en España la convivencia básica se ve alterada periódica e indeficientemente por la discusión cainita acerca del verdadero carácter de su personalidad histórica y la ruptura o continuidad de su legado. Revisitas y revisiones sin tregua de esa herencia del lado de los estudiosos y por parte de la opinión pública más sensible e interesada por el inmediato porvenir no desembocan sino en el reverdecimiento eterno de polémicas y tensiones muy dilacerantes por lo común. Cuando no se margina, el trabajo de los especialistas se ningunea, sin que sea posible acordar una lista mínima de auténticas “autoridades” de aceptación generalizada. La precariedad hoy de nuestra atmósfera cultural, el bajo nivel de lectura e insuficiente información que distinguen a los sectores sociales más evolucionados, no permiten, en verdad, entrojar otros frutos.

Sino que la más elemental consideración sobre el mañana del país y, en especial, de sus generaciones juveniles impide en terreno tan crucial cualquier actitud pasotista. El planteamiento carlyleniano de la historia en su versión negativa no puede provocar neurosis colectivas a la hora de entenderla al servicio del presente. En un pueblo tan atenazado como el español por los fantasmas de su reciente ayer, el alemán, la vida en dictadura desde 1933 a 1945 en totalidad de su territorio y hasta 1990 en buena parte de su extensión, no obstaculiza la cohesión necesaria para proseguir su marcha y, por contera, con ritmo en numerosos aspectos envidiable.

El mundo está -¿dejó de estarlo alguna vez?- en búsqueda de nuevas formulaciones estatales y organizativas. Límites, barreras y compartimentos caen de modo incesable. Pero aún así, la confederación universal parece lejana. Hasta tanto despunte dicho horizonte, sería deseable que ninguna nación hipotecara su derecho de permanencia debido a su renuncia en la lucha contra esquizofrenias y delirios.
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