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Breve, muy breve

Antonio Domínguez Rey
viernes 08 de julio de 2011, 21:56h
Expectantes. Tal es el adjetivo que describe la escena social, política y económica de los rostros españoles. Los actores del drama son los políticos y sus congéneres, sindicatos y medios públicos adictos a las siglas de su pecho. La situación es crítica. De tanto repetir el diagnóstico, hemos aprendido a convivir con él y ya forma parte de nuestro estado enfermizo. La crisis se ha integrado en la trama y es argumento esgrimido por unos y otros sin recelo y siempre como culpa ajena. Adquiere atributos de personaje implícito y deus ex maquina según convenga en cada secuencia del guion. La escenografía se convierte en foco máximo del programa y los espectadores somos, una vez más, marionetas de los hilos ocultos que rigen el espectáculo acorde al gesto expresivo del público.

Expectación por saber si el sol que luce en las costas veraniegas resplandecerá con brillo suficiente para que la economía se reponga por unos meses y si la sombra que cada ciudadano lleva a cuestas será más de alivio que de arrastre. Inquietud por conocer el estado real de la taquilla tributaria tras el gasto habido con la tramoya y el enredo de patrocinadores, apoderados, apuntador, orquesta, claque y hasta, disimulado entre las butacas, del negro de la obra, que trabaja y casi nunca cobra. Incertidumbre ante los rumores venidos de instancias oficiales respecto de las cifras auténticas de las arcas públicas. Bailan los números de la deuda en millones de euros y se apaga el fuego de la indignación con agua de rosas en mejillas sonrientes y palabras que reflejan las del apuntador desesperado y con la cabeza fuera de la concha intentando que su voz llegue templada a los oídos deslumbrados por el reflejo de las candilejas.

Resulta que hemos estado más de dos veces en situación de suspensión de pagos. Cuelga de un hilo verdaderamente dramático nuestra integración económica en la Unión Europea, pendientes de lo que suceda en Portugal y tras la huella ensombrecida de Grecia. Cataluña declara intención de soberanía nacional avalada por un índice de voluntades cada día más numerosas. Euzcadi ya sueña con estado propio en menos de un lustro. Ha iniciado un período de integración política que establece velozmente las bases de una consolidación cuyo nombre, comunitarismo, encubre la técnica social del entramado materialmente dialéctico e histórico. En uno y otro vértice, secesión encubierta con nombres transitorios de autogobierno, autodeterminación, confederación, títulos acordes además con programas electorales de partidos nominalmente de izquierdas en el ámbito nacional. Y el paro, aumentando, inmisericorde. La corrupción de organismos oficiales y oficiosos, galopante. Así también el índice de pobreza de los españoles. ¿Es cierto todo esto? ¿Y aún subsistimos?

Espera tensa de una solución mágica al conflicto cuyo nudo gira en torno al mismo problema: no saber cómo conducir la crisis de la democracia y, más grave, un Estado que se titula Reino, pues de eso se trata. ¿Por eso mismo? De repente, con el gesto de un mutis por el foro nos hallamos de bruces ante un serio conflicto de solidez orgánica del país que llamamos España. Y quieren desviar la atención con la pantalla de unas elecciones a largo plazo y líderes que miran más al pasado que al futuro. Tal es la sombra que proyecta sobre nosotros la charanga en que hemos convertido, nosotros, no ellos, la realidad Europa. Y mientras tanto, demos gracias, como en el franquismo, al hecho de que muchos de sus integrantes nos visiten para broncearse.

Una mente perversa, pesimista u optimista, según el color de lectura, pudiera sugerir la idea de que la situación se esmerila intencionadamente para crear las condiciones que permitan un revuelco, cuando menos, imprevisible, al calor de las circunstancias idóneas. Los demócratas creemos, sin embargo, que el vigor de la convivencia engullirá, tarde o temprano, estas tensiones procurando el nivel europeo que nos corresponde. ¿O es esta concepción otro modo de optimismo ingenuo, auspiciado por aquel deus ex maquina que nos dirige? Democracia, democracia… Aire nuevo que ponga en su sitio a los fantasmas de la apariencia.

A esta descripción sucinta de la situación actual española, reflejada en la prensa diariamente, la siguen calificando de pesimista quienes abogan por un optimismo irracionalmente antropológico confiados en que la realidad parece lo que no es y en que siempre surge una solución provisoria. El instinto funciona, no miente. Y aquí hay un olorcillo en el aire traído por la brisa de las costas donde veranean nuestros amigos de más arriba, los nórdicos. Son ricos. Les interesamos. Ya pondrán el dinero que convenga encima de la mesa. ¿No han subvencionado esta democracia durante años, a sus líderes populistas? Y mientras tanto, de nuevo, mareemos la perdiz. Nadie nos hiela la sonrisa del verano con este sol que hizo sombra hasta en América. ¡Música, maestro¡

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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