Libia y la seguridad europea
lunes 11 de julio de 2011, 21:14h
La guerra de Libia –con esa extraña participación de la OTAN desde fuera y desde arriba- ha llegado ya esa fase en la que, aunque continúan los combates, los medios informativos la dedican cada vez menos atención. Hay días en los que cuesta trabajo encontrar alguna noticia sobre ese país, no demasiado alejado del nuestro y, no pocas veces, no aparece en los medios ninguna novedad. Aunque las hay. Porque lo cierto es que, aunque no aparezcan, se acumulan las informaciones, buena y malas, sobre un conflicto que empezó a mediados de febrero, va a hacer ya cinco meses. Ban Ki Moon, desde su atalaya onusiana, no ve por el momento trazas de que se pueda llegar a un acuerdo de alto el fuego e intenta suavizar las sanciones que, como siempre, castigan más a los inocentes que a los verdaderos culpables de la situación. Mientras tanto, los rebeldes avanzan hacia Trípoli, la capital y supuesto refugio de Gadafi, desde las montañas del suroeste y desde el puerto de Misurata, pero no parece que su éxito esté cercano ni que esta operación en cuña sea la definitiva.
El gobierno rebelde, el Consejo Nacional de Transición, va a ser recibido mañana miércoles en Bruselas por las más altas instancias de la Unión Europea, lo que consolidará la legitimidad de quienes se han levantado contra Gadafi, pero estos movimientos diplomáticos, por sí solos, no les van a acercar a la victoria. Lo decisivo se está jugando sobre el terreno, en los campos de batalla libios, donde el dictador cuenta todavía con muchas bazas a su favor. Francia, convencida de que desde el aire no se ganan las guerras, está enviando armas a los rebeldes, pero lo hace clandestinamente porque el embargo establecido por la ONU no lo permite. Irán no tiene esas preocupaciones y está enviando misiles tierra- tierra y tierra-aire, al tiempo que elementos de los “pasdaranes”, la Guardia Republicana iraní, que es el ejército del régimen (algo así como las SS nazis) se ponen a las órdenes de Gadafi, que antaño fue su enemigo jurado. Al régimen de Teherán le interesa que los occidentales sigan empantanados en el norte de África porque así no presionarán sobre Siria, que es su avanzadilla en el Mediterráneo. A los ayatolahs chiíes no les importa ayudar al sunní Gadafi frente a los “cruzados” occidentales, el enemigo común.
Por su parte, el dictador libio amenaza a Europa, volviendo a sus raíces, cuando actuaba como gran padrino de todos los grupos terroristas, incluida ETA, que actuaban en nuestro continente. Y, desaparecido Osama bin Laden, da la impresión de que trata de recoger su herencia y la bandera de la guerra santa yihadista contra Occidente. Se explica así que en su última intervención ante la radio (no sabemos por qué no ha utilizado la televisión) ha retomado uno de los temas constantemente manejado por el fundador de Al Qaida: Las tierras que en algún momento de la historia fueron ocupadas por los musulmanes, deben ser “reconquistadas”. Por eso ha reclamado expresamente Al Andalus, como hacía bin Laden, y hasta ha incluido Canarias, que nunca fue territorio moro. Por el momento esto no pasa de ser una baladronada del paranoico coronel libio, pero tampoco se puede restarle la importancia que puede tener. Libia es un país muy grande (1.777.060 Kms. cuadrados, es decir más de tres veces España) con zonas desérticas y montañosas de difícil acceso donde no sería imposible que Gadafi estableciera su base terrorista con la ayuda de Irán. Se sumaría a los grupos vinculados a Al Qaida del Magreb Islámico y a los que operan en otras zonas del mismo continente, como Somalia. Se trata de una región donde abundan los Estados fallidos o semifallidos, que son terreno abonado para el terrorismo y cuya ambición sería atacar a lo que Churchill llamaría “el vientre de Europa”.
El aparente y rápido éxito de las revoluciones de Túnez y Egipto, hizo pensar a los optimistas que en Libia los acontecimientos iban a desarrollarse conforme al mismo patrón: levantamiento del pueblo, huída del dictador y transición hacia la democracia. Quizás eso animó, sobre todo a Francia y Reino Unido, que lograron tanto las dos resoluciones del C.S. de Naciones Unidas como, después, la implicación de la OTAN. Lo cierto es que la intervención estuvo poco meditada y no ha fracasado gracias a que los Estados Unidos –inicialmente reacios porque veían la cuestión como de exclusivo interés europeo- han venido una vez más a sacar las castañas del fuego a sus atolondrados (?) aliados europeos, que hasta se quedaron sin municiones. Por no hablar de las estrictas limitaciones de la Resolución 1973 (que hubo que aceptar para que no la vetaran Rusia y China) que plantean de nuevo la eterna pregunta: ¿Se puede ganar una guerra sólo desde el aire, sin poner soldados sobre el terreno y –teóricamente- sin entregar armas a los supuestos amigos que luchan por la libertad y la democracia? Y todo ello en un momento en que la crisis económica está imponiendo tajos imponentes en los presupuestos de defensa.
Pero, llegados a esta fase del conflicto, lo cierto es que la OTAN no se puede permitir una retirada sin haber obtenido todos sus objetivos que no pueden ser otros que un cambio de régimen que pase por el derrocamiento de Gadafi (que debería ser entregado al Tribunal Penal Internacional que le reclama) y el establecimiento de un régimen de transición que se proponga avanzar hacia la democracia. Todo ello seguido de una operación de limpieza que impida que los restos del gadafismo puedan instalarse en el sur de Libia, al amparo del terreno…y de Irán. La Unión Europea no puede permitir que en la orilla sur del Mediterráneo se instalen regímenes o grupos terroristas que puedan convertirse en una amenaza para su seguridad. Se ha dicho insistentemente que nuestra seguridad se juega en Afganistán y que por eso la OTAN no puede fracasar allí. Visto desde Europa, lo que está en juego en Libia puede ser mucho más importante. Por eso sería, quizás, el momento de revisar el mandato de la misión y sus objetivos y hacer que todos asuman sus responsabilidades. Pero en esta Europa desangelada seguramente eso es pedir demasiado. La democracia en Libia es un objetivo deseable, pero para nosotros europeos es aún más importante la garantía de nuestra seguridad.
|
Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
|
|