Europa ante la crisis. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes queremos ser?
martes 12 de julio de 2011, 20:09h
Hace más de un año pretendí la publicación de un artículo sobre el sentido de Europa y el de sentirnos europeos. Lo hice tras reflexionar sobre las decisiones que nuestras élites estaban adoptando para hacer frente a la crisis financiera de Grecia y ante las dudas que me suscitaban. El original no fue publicado porque el tabloide requerido lo estimó banal o así me pareció entenderles.
Banal es también para muchos economistas la situación que vive Europa. Muchos la vaticinaron y tantos otros son capataces de explicarla y de ofrecer remedios. Sin embargo, los economistas de la Unión Europea y de los Ministerios no parecen haber resuelto el dilema y la bola de nieve ha engordado y se acelera según desciende por la pendiente.
¿Cómo es esto posible? En mi opinión, porque desde un punto de vista político adoptar la decisión que determinadas teorías económicas proponen se percibe imposible y, desde el punto de vista jurídico, puede que no se cuente con el instrumento necesario. En fin, creo que las ideas que lancé no eran tan banales en la medida en que puedan contribuir a crear un estado de opinión que permita dar viabilidad política a lo que muchos economistas saben que puede resolver la situación. Por si les interesan, las reitero a continuación.
Entre 2004 y 2008 ocupé puestos de responsabilidad en los Ministerios de Fomento y de Economía y Hacienda. Durante esa etapa dedicamos mucho tiempo a la preparación de las reformas de los Estatutos de Autonomía. Mucho mas y por las más altas Instituciones del Estado ha sido necesario para que el Tribunal Constitucional resolviera la cuestión no sin controversia. No se pretende ahora un pronunciamiento sobre el proceso autonómico; se trata de tomar distancia respecto del debate con el objeto de que se mida su importancia relativa, su intensidad así como el tiempo que se le dedica.
Pesemos por un momento en el origen de las lenguas que se hablan en España; también en Portugal, Francia, Italia, Rumania y parte de Bélgica. Derivan del mundo romano, al que también debemos la religión mayoritariamente compartida, base para el reconocimiento de la dignidad del ser humano y de los derechos que le corresponden. Nuestra alimentación comprende productos originarios de muy diversas zonas del Mediterráneo. También algunos de origen Árabe, introducidos bajo su dominación. Elementos de nuestro sistema de riego proceden de esa civilización. La construcción de los techos de algunas salas de la Alhambra requiere cálculos matemáticos que demuestran un conocimiento muy avanzado para la época, como se tuvo en otras áreas del saber, incluida la astronomía. Esas capacidades ¿tuvieron que ver con la aventura del descubrimiento de nuevas rutas marítimas hacia oriente que determinarían la llegada al Nuevo Continente? Hoy nos regimos por una Monarquía, iniciada en la Península Ibérica tras las invasiones germánicas; la calificamos como Parlamentaria, en lo que seguimos los pasos de otros pueblos europeos. Muchas de nuestras leyes están organizadas en códigos denominados napoleónicos. Y qué decir de la importancia del fútbol en nuestra sociedad, deporte introducido a finales del siglo XIX por los británicos que traían las empresas anglosajonas para la explotación de la minería y la primera siderurgia. En fin, del destino de los beneficios de ver cine, usar vaqueros y comer hamburguesas, ni hablamos.
Tanta mirada introspectiva no nos deja el tiempo suficiente para valorar la medida, fundamental, en que una gran parte de nuestra forma de ser y de nuestras reglas de juego han venido determinadas desde el exterior. Y así lo va a ser indefectiblemente en el futuro. El mundo global plantea retos esenciales que condicionarán nuestras vidas mucho más que el hecho de saber si tenemos una nacionalidad, si pertenecemos a un determinado pueblo o cuáles deban ser las consecuencias que de ello se deriven. En realidad, hoy, y por mañana, se trataría de:
- Saber si la decisión de la Unión Europea de apoyar la economía griega mediante la concesión de préstamos será suficiente para recuperar una senda de prosperidad. Quizás, ante la discusión, deberíamos recordar los buenos tiempos, aquellos en que el mercado europeo y el euro nos han beneficiado y, a quien más, a las grandes empresas de los grandes países del continente.
- Pensar en cómo se puede acordar que las emisiones de C02 o el tránsito de buques por nuestros mares se rijan por normas razonables y comunes que respeten nuestro medio y se disponga de sistemas y medios coordinados para un control eficiente.
- Garantizar un suministro de energía sostenible y a precios razonables para que ningún ciudadano europeo se encuentre, como en Bulgaria el invierno de 2009, ante la necesidad de quemar los propios muebles para soportar las gélidas temperaturas. Por que ¿tendrá el petróleo un precio algún día que nos obligue a dejar aparcado el coche?
- Encontrar fórmulas para mantener un modelo social que tiende a ser compartido en Europa. Hemos creado unas condiciones que han permitido a las empresas disfrutar de economías de escala y plantear inversiones con menores barreras. Será necesario buscar la manera de que los trabajadores y los consumidores que han contribuido a ese éxito en los años de bonanza encuentren, durante la crisis, alternativas y protección.
- Apoyar al medio rural europeo. Nuestra agricultura afronta normas de calidad, salubridad y protección de trabajadores con costes de producción relativamente altos respecto de los soportados en el exterior. Será nuestra responsabilidad dar con alternativas para el desarrollo de su población.
- Dotar a nuestros hijos de las herramientas y las capacidades necesarias para que opten a un trabajo digno; a nuestros trabajadores, de medios que les reciclen y les permitan ofrecer un trabajo con calidad para producir a un precio capaz de atender a las demandas del mercado.
En fin, esto escribía ante la duda de que la población europea fuera consciente de la necesidad de un Gobierno europeo más fuerte. La lectura de las reivindicaciones del movimiento 15M confirmó mis temores. Creo que nuestros líderes y muchos sectores sociales siguen con la confusión ante lo banal.
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Doctor en Derecho e Inspector de Hacienda del Estado
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