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Tribunal de Honor de la Judicatura

martes 12 de julio de 2011, 20:41h
Siendo muy niño, pasaba grandes temporadas en casa de mi abuela en Villagarcía de Arosa, de ahí mi afición y cariño por el mar. La sociedad en aquel tiempo en un precioso pueblecito y con pretensiones, era apacible y tranquila, hoy diríamos que hasta cursi, y el trato entre las gentes estaba lleno de actitudes muy protocolarias, para ser un niño muy jovencito y muy observador, cada cosa que ocurría a su alrededor se traducía en un descubrimiento y alguno quedaba marcado en su persona para toda la vida.

Cualquier día, yendo con mi tía Trini, nos encontramos con un señor muy alto, mayor de edad, con un abrigo negro muy grande, sombrero negro y una gran bufanda, su voz era de “bajo profundo”, después de todos los saludos de la época, me dijo mi tía: mira Paquito, este señor es de los que castiga a los niños cuando son malos, el grandón respondió: a los niños y a los mayores también, mi tía, pensando que yo no la comprendía, dijo, es un juez o algo así, de los que administran la justicia, la aplican y la miden según los casos. Para mí, aquello de administrar justicia me quedó para siempre, posiblemente influiría aquel grandón con aquel abrigo negro y con su cavernosa voz. Dios mío, siempre pensé como habría de ser una persona para administrar justicia.

De chico joven hacía todos los años unos viajes en el “Cruz del Sur”, un velero de la marina mercante, los viajes eran por el mar Mediterráneo, visitando las islas de Palma de Mallorca, haciendo escala en puertecitos muy pintorescos, existe un gran reportaje en Blanco y Negro de la época de estos viajes. En esta aventura, nuestra actividad era hacer inmersiones en puntos interesantes muy determinados. Hay que pensar que doce o quince chicos de alrededor de veinte años en esas circunstancias, teníamos mucho éxito con las nativas y veraneantes que íbamos conociendo. No sé en qué puertecito en uno de esos “semiligues” tumultuosos, jugábamos a las prendas en la playa, en esos momentos observaba a una de las niñas que permanecía siempre muy triste, total, que me senté a su lado, y al interrogarla, casi llorando, me confesó que en su casa había mucha tristeza y que su madre lloraba muchas veces, pero hombre, por qué tanta tristeza, me contestó, mi padre es juez y en estos días no tiene otro remedio que firmar una sentencia de muerte contra un muchacho joven, en mi casa esto es un drama, la di un beso muy paternal y la consolé. Los jueces de las prendas me castigaron a dar un beso de amor detrás de una barquita a María Luisa Merlo, una muchacha preciosa y con gran estilo, tenía la nariz un poco larguita pero era una niña encantadora, en el preciso momento se presentó una señora mayor, conocida artista de TV y dijo, bueno niñas, esto ya se terminó que es muy tarde, las niñas y la señora se dirigieron a un chalet muy grande que estaba lleno de gente toda del teatro muy conocida. Yo me quedé sin el beso de la señorita Merlo.

Todas estas pequeñas experiencias crearon en mi persona un cariñoso respeto y admiración por todas estas personas, que con un trabajo muy profesional y muy personal y posiblemente
con una especial devoción, por Dios, administrar la justicia a todos los males que contenemos los mortales, y que me hace pensar que en cada rincón de nuestra geografía hay un funcionario serio, justo, honorable y honrado, dedicado en cuerpo y alma a su profesión de administrar justicia, tan compleja y comprometida con su propia conciencia, total nada, “Hacer Justicia”.

Ahora la justicia está en la calle, en boca de la gente, los argumentos y las críticas son para todos los gustos. Hace poco tiempo se produjo un caso muy especial que sigue de plena actualidad y que hará historia. Nuestro país, como todos los grandes países, tiene su gran exponente de la justicia de la nación en el “Tribunal Supremo”, su nombre lo indica todo, supremo, la más alta instancia. Con la democracia, se ha creado otra alta institución de justicia, “El Tribunal Constitucional”, para todo lo que concierne con temas constitucionales. Los más altos personajes de nuestra justicia, componentes del Tribunal Supremo, estudiaron en un relativo tiempo un problema nacional al que dieron un veredicto desfavorable. Este veredicto del Tribunal Supremo, no sé quien pudo impugnarlo y someterlo a juicio del Tribunal Constitucional, el que en veinticuatro horas emitió un veredicto contrario. El pueblo todavía no se lo explica, por supuesto, cuando fue así es porque estará dentro de la ley y nada más. Pero a mí nadie me puede prohibir que me recuerde a otros momentos parecidos de la historia de la humanidad.

Hubo un momento que la Iglesia para reprimir y castigar los cismas contra la religión, creó el Tribunal de la Santa Inquisición, y nombró inquisidores para diferentes ciudades donde lo creían oportuno, y algunos inquisidores, lo mismo castigaban a los que ofendían a la Iglesia que a cualquier delincuente que había robado algo al conde la zona, los dos iban a la hoguera.

Otra cosa de la Judicatura son por ejemplo “Jueces para la Democracia”. ¿Los demás jueces, para qué son?, y todo esto ocurre porque el estudio de la carrera jurisdiccional es una ciencia que en contra de las matemáticas, la física o la química, el derecho es un estudio tan indefenso y tan débil que tiene la propensión de ser contaminado de cualquier pensamiento extraño. Ahora el mundo está muy politizado, hay infinidad de partidos políticos, y todos, claro, con sus doctrinas y formas de gobernar la vida de los ciudadanos, por lo que frecuentemente chocan la ley del partido gobernante con la ley. La ley es la ley para todos, la ley natural, la otra ley, la de cualquier partido, es una ley momentánea que puede durar muchas veces un suspiro con la sugestión momentánea de contaminar a la única y verdadera ley. Por ejemplo, un piloto de extrema izquierda o extrema derecha conducirían el avión hasta su destino, no pueden hacer otra cosa. Igualmente un cirujano rojo o fascista, tienen que hacer la operación con arreglo a su profesionalidad. Aunque aplican la ley a un delincuente o a un hecho, si se puede realizar a su antojo o conveniencia hacia las doctrinas o compromisos del partido del que está ejecutando la ley, esta es la terrible diferencia.

Por todos estos problemas que están poniendo en evidencia a la sagrada Ley, al estar en manos de los hombres con sus posibles inquietudes y quizá problemas de todo tipo, y si quien puede delinquir es un alto tribunal, ¿Quién puede juzgar estos casos?. A mí, que no entiendo este laberinto, se me ocurre recurrir al honor de las personas.

TRIBUNAL DE HONOR DE LA JUDICATURA
En el más recóndito rincón de nuestro país, existen hombres modestos y grandes profesionales encargados de administrar la justicia, en hacer cumplir la Ley. Todos los profesionales, juristas, diseminados por toda nuestra geografía serán socios de este Tribunal de Honor de la Judicatura por unos poquísimos euros, al inscribirse se les asigna un número. Al estar toda la profesión al tanto de los acontecimientos dentro de la misma cuando crean oportuno porque lo que se comenta es intolerable, mandarán un aviso de queja al tribunal, y cuando este aviso llegue a ser en número lo que quede establecido, los empleados del Tribunal pondrán en conocimiento de la profesión que se va a proceder a poner en marcha las normas del Tribunal.

En una sala del organismo de loterías, y ante el público que quiera acudir, se extraerán de un bombo donde estén todos sus miembros en esas bolas con el nombre y el número, el número de socios extraídos será el que se acuerde. Éstos, a los pocos días y con el mismo procedimiento en el mismo salón de loterías, se hará otra extracción de los hombres que se acuerde, éstos serán los que formarán el Tribunal. De la misma forma extraerán del bombo a los que constituirán el Tribunal de Honor, los que a los dos días siguientes en el mismo salón se les poseerá de dos bolitas, una negra y otra blanca que depositarán en secreto y que dará el veredicto acordado cada uno por su cuenta. Estos señores que salieron del bombo en ese momento y posiblemente en un modelo ya redactado quedará reflejada la conclusión del Tribunal, si es miembro del mismo, quedará expulsado y si no es miembro quedará repudiado por este tribunal ante la profesión.

REFLEXIÓN: Personalmente creo que estas cosas de desviaciones judiciales a la máxima altura, o sea, personas que por su trabajo han llegado a estar en la cúspide de su carrera, solo se pueden doblegar a los trajines de los políticos, por estas cosas:

• por interés,
• por afán de poder,
• por vanidad,
• por cobardía,

Por conseguir cualquier cosa, lo que sea, es un triunfo infinitamente superior permanecer rigurosamente leal a tu profesión. Pensando además que los cantos de sirena son por pequeños períodos, y luego adiós.
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