Del final de los tiempos
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 15 de julio de 2011, 16:00h
El aire con que escriben hoy nuestros historiadores sensu stricto ( es decir, historiadores de historia contemporánea, quienes han observado con sus propios ojos ( esto es, que son histôres ) los hechos que relatan ) parece coincidir con aquel tono escatológico de un género literario, en realidad subgénero de la historiografía romana cristiana del último siglo del Imperio. El género literario de los últimos tiempos ( Orosio, Libro IV, 5, 12 ). Si por un lado el final de los tiempos podría hacer referencia a la parousía de Jesucristo, por el otro, el historiador presentía sin duda el final insoslayable de una época milenaria. Lo mismo que Orosio, Lactancio o Hidacio, los grandes historiadores sensu stricto exponen los telómeros de nuestra civilización, sus límites ya próximos, el cercano horizonte de su muerte. Con todo, los romanos del Bajo Imperio se afanaban en ver a los godos comparándolos con los galos peligrosos que perturbaron la República, y tenían la esperanza de vencerlos como a aquellos otros entonces.
Esta atmósfera apocalíptica del final de los tiempos no emerge del texto de una manera consciente, no está buscada por el escritor, sino que el temor palpable al futuro llena de sombras de mal agüero la pluma que rasga el pergamino. De hecho, siempre hay un conato frustrado para la consolación: los godos de hoy para nosotros son como los galos para nuestros padres, y nuestros padres pudieron con ellos; los actuales crímenes en la cúspide del poder político no son nada en comparación con los crímenes entre reyes y príncipes en la época de los diádocos y epígonos ( los 41 generales de Alejandro Magno ), en donde hermanos asesinaron a hermanos, padres a hijos e hijas, hijos e hijas a padres y madres, hermanas a hermanas, abuelos a nietos, nietos a abuelos y abuelas, etc. Es así que se hace, se nos hace, constante el siguiente argumento consolador: Siempre podemos encontrar en el pasado una situación peor que la presente, y si nuestros ancestros salieron de aquélla, ¿cómo no vamos a salir nosotros de ésta menos grave, “facilior”? Más aún, la propia paz pretérita, ¿no fue acaso sólo una sombra de paz, un corto alivio de las desgracias o, más bien, un incentivo de nuevos males? O quizás miremos nuestra época con ojos enfermizos y, en consecuencia, los males que vemos nos parezcan el doble de males.
Todos los grandes historiadores del final de un gran período histórico consuelan a sus contemporáneos desgraciados y desesperados a base de puro relativismo. Y no hay cosas más relativas, por cierto, que la felicidad y el bienestar públicos. A principios de esta mastodóntica crisis que padecemos los historiadores se retrotraían a la crisis energética del 70; cuando nuestras condiciones empeoraron se marcharon a la crisis del 29, y cuando el número de suicidios y paro que genera “nuestra” crisis es mayor que los que generó la crisis del 29, ya empezamos a adentrarnos en las grandes crisis financieras del siglo XIX y a la lenta resolución económica del bimetalismo. Y si la situación se pone peor, si el Estado llega a un punto en que no puede si quiera garantizar el orden y la paz civil, creándose ejércitos particulares para defender la propiedad privada y las propias vidas – después de que este Gobierno de España haya permitido que vuelvan al poder los amigos de los asesinos de Miguel Ángel Blanco ya todo lo más innoble puede pasar en este país, cada día más nauseabundo e inhabitable –, entonces nuestros historiadores, tercos e implacables, se adentrarán en la crisis del siglo III, y volverá a ponerse de moda la gran obra del genial Mijail Rostovtzeff ( De los orígenes a la última crisis ), y regresará el latín – no hay mal que por bien no venga-, a pesar de Rubalcaba. Y si nuestras vidas se ponen en mayor peligro, siempre nos quedará el crudelissimum antecedente del pleistoceno.
Es una verdadera pena que el actual gobierno sea casi todo él una caterva de analfabetos funcionales – también lo es la oficialidad de la Oposición que representa el PP: ahí está el flamante y gloriosus presidente de la Diputación Provincial de Almería -, porque podrían utilizar este fragmento clásico: “De ahí se deduce, queridos quírites, con toda evidencia, no que aquella época fuese más tranquila, sino que sus gentes fueron más fuertes y más dignas en las desgracias que nosotros, para quienes es un verdadero infortunio cualquier cosa que nos ocurre al margen de nuestros placeres y apetitos. En los tiempos pasados, es verdad, no faltaban enemigos, ni hambre, ni enfermedades, ni desastres naturales, es más, los había en abundancia; pero no se había sacrificado aún en el altar del lujo las víctimas de las virtudes, que nos ha rebajado a una lánguida indolencia en la que pareciendo gordos por fuera estamos por dentro escuálidos”. Siempre encontraremos un pasado peor que el presente más malo.
Pero la principal diferencia que tiene hoy el agónico Occidente con la última crisis del Imperio Romano estriba en que los últimos romanos gozaban del oxígeno de una gran esperanza sobrevenida sobre ellos como el maná: la irresistible fuerza de una nueva religión, el cristianismo, que ofrecía la salvación personal a todo tipo de personas, hombres y mujeres, libres y esclavos, bárbaros y romanos, pecadores y no pecadores, ricos y pobres. Hoy, sin embargo, estamos al final de una etapa histórica sin religión que nos salve o consuele, como ese ser de Heidegger que sólo existe como rememoración, como mero recuerdo sin presencia de la gran Historia de la Metafísica, como ausencia continuamente recordada, como evaporización de lo real existido. Frívolos, escépticos, cínicos y amorales contemplamos nuestro propio abismo y la permanente mutabilidad de las situaciones humanas.
|
Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
|
|