Indignación
Sebastián Palomo Danko
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Abogado y matador de toros/-1/26
sábado 16 de julio de 2011, 12:31h
Existen personas que parece que como único divertimento tienen el de querer dirigir la vida de los demás. Les hace sentirse superiores, patronos de las miserias de aquellos que les rodean. Jefes supremos de los que consideran sus subordinados, bien sea en el terreno laboral, en el afectivo, familiar e incluso político. Bien exceso de proteccionismo o bien afán de poder, ansia de gloria... algunos de ellos aun a sabiendas de que no son más que meros gestores de nuestros derechos o, quizás, habiendo olvidado esto.
Como contraste están aquellos que tras muchos años aguantando las ansias de gobierno de los primeros bajan los brazos y se entregan a sus imposiciones sin más. Resignados y cabizbajos. Han perdido ya tantas batallas que solo pensar en una guerra entera les da hastío en el mejor de los casos o miedo, sin duda en el peor de estos. Y claro está, los primeros no luchan. Se someten por completo y se convierten en meras marionetas al servicio del titiritero de turno. Pero con el miedo, ya sea a la persona o al futuro perfectamente predecible que les aguarda, surge el rencor...
Y ese rencor hace aflorar la rabia contenida durante todo ese tiempo de sumisión y se convierte en total y absoluta inquina hacia el déspota que guía sus vidas a su antojo. Peligro. Se nublan los pensamientos y no se plantean soluciones.
Toda esta movida se me pasó anoche por la cabeza mientras paseaba por el centro de Madrid. Democracia Real Ya, recuerdo que rezaban las pancartas que hasta no hace mucho poblaban la zona. Y no paraba de preguntarme en qué consistiría, cuál sería realmente el significado de unir esas tres palabras y en realidad qué tipo de hombres serían sus portadores.
Pensé que quizás serían gentes como las primeras, pero rápidamente recordé que éstos, según el criterio expuesto no lucharían, llanamente se entregarían mansos a un futuro del todo sentenciado. Posiblemente eran las segundas, puede ser, ya que se suponía que la animadversión y el resentimiento hacia aquellos que les representaban o pretendían manejarles la vida les llevaría a luchar a capa y espada por un mejor porvenir . Pero, realmente tal lucha no se dio. O al menos yo no me enteré.
Y sigo sin enterarme porque hasta hoy nada ha cambiado. Al menos ante mis ojos. Todo parece haber quedado en mera pataleta propia de una rebeldía adolescente. El rencor y la indignación no aportaron soluciones.
Así, el final de mes sigue apretando el gaznate y si me apuras hasta los huevos. Aunque a estos más que apretarlos los encoje; los créditos bancarios no son ni planteables, el valor soberano sigue decreciendo, el trabajo escasea y a mi sobrina de quince años, de tenerla, habría que desintoxicarla de la píldora abortiva cada equis meses.
Paseando por la Puerta del Sol anoche, cerca de las doce, coincidí con otros dos indignados, se trataba de una pareja de mediana edad que paseaba camino de su casa de la mano, bajo la luz de las farolas, felices y seguros por sentirse amados, con una amplia sonrisa dibujada en sus labios. Su gesto cambió de raíz cuando vieron a un pordiosero sin piernas arrastrarse por la acera en su dirección para pedirles una limosna. Seguramente para comer, seguramente para alcohol. Que más daría. Comentaron, indignados cómo no, uno al otro la situación del indigente, la pena que les daba, la rabia que les producía ver a ese pobre hombre allí tirado, lo injusto y exasperante de su estado.... y siguieron su camino molestos, pero ninguno de los dos se echó mano al bolsillo...
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