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Carlos Seco y la Historia reciente

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 18 de julio de 2011, 21:02h
Con aparente razón, un sector de la opinión pública más responsable se queja a menudo de la llamativa incomparecencia de la mayor parte de los historiadores académicos de los debates más candentes de la vida nacional. Perro, como ocurre de sólito, lo externo viene a ser aquí engañoso. No es el abandono de sus deberes cívicos la causa que explica la postura de aquéllos, sino el fundado temor a que su virtual participación en los foros en que es traída y llevada la actualidad provoque consecuencias directas y colaterales “perversas”, muy alejadas de su voluntad. La política se encuentra hodierno tan deturpada y es tal el grado de obscenidad de la cultura prevalente, que una mínima atmósfera de respeto intelectual y valoración de la cualificación profesional se encuentra por entero ausente de ella. El silencio es así preferible a una actuación por adelantado inútil.

Acaso sea éste el motivo esencial en el que estribe el abandono de unos años a acá de un relevante historiador –Carlos Seco- del escenario mediático, en particular, del de las tribunas periodísticas más prestigiosas. De ser cierta dicha hipótesis, la noticia se descubriría como harto pesarosa. Ninguno como él entre los grandes contemporaneístas de su generación mostró un interés semejante por iluminar, bajo los focos de Clío, desde las páginas volanderas de los diarios y revistas nuestro pasado reciente, cuyos trágicos efectos ninguno tampoco como él sufriese en medida tan desgarradora. Con noble superación de su drama familiar –fusilamiento inicuo por los sublevados de su padre, militar muy vocacionado y competente y de educación tradicional-, mediante una obra de amplio paralaje cuantitativo y cualitativo y en no pocos extremos pionera, el autor de Alfonso XIII y la crisis de la Restauración ha intentado durante medio siglo esclarecer algunos de los capítulos más desconocidos de la trayectoria contemporánea española y, sobre todo y de forma peraltada, reconstruir sine ira et studio, con ecuanimidad y acribia, el paisaje más sombrío y hosco de esa andadura: la contienda civil de 1936 y la posguerra siguiente. A través de varios libros de cincelada perfección estilística, firme documentación y contrastada bibliografía, Seco Serrano se ha afanado por “normalizar” ese polémico tramo con escalpelo a la vez amoroso y crítico. Con honda empatía con los estratos más humildes y radical severidad con los más egoístas y privilegiados, el quehacer historiográfico del citado estudioso se centra en la misión de devolver al buen pueblo español el inmenso mérito que contabilizara, mediante un esfuerzo titánico y no menor admirable esperanza, por superar la hondonera en que le precipitase la lucha cainita de 1936-39. Que el régimen franquista se atribuyese propagandísticamente el protagonismo de esta hazaña, en nada empece para que los investigadores rigurosos diseccionen la realidad y coloquen a cada actor en su debido lugar: la masa anónima de la sociedad en puesto de honor y la clase dirigente, en conjunto carente de magnanimidad y terne en el revanchismo, sometida a lógica, y en no pocos casos, implacable censura.

Empresa ésta, sin duda, de superior trascendencia colectiva, mas erizada hoy por hoy de toda suerte de obstáculos. Sin lograr cuando menos algún progreso en su camino ningún avance de auténtica entidad se conseguirá en una convivencia asombrosamente lastrada por apriorismos y prejuicios, expresivos, en último término, de un fuerte déficit de exigencia histórica y –con arcaico adjetivo- patriótica.
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