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Iraq: el conflicto chií

Florentino Portero
miércoles 02 de abril de 2008, 21:12h
Vivimos una época donde la inmediatez es un valor. Las guerras se convierten en un espectáculo que atrae la atención de millones durante un tiempo breve. Si no terminan pronto, como si eso fuera lo normal, la gente se cansa y los medios se limitan a la crónica de sucesos, sin tratar de penetrar mucho más allá. El conflicto de Iraq, que por distintas razones es de mucho interés para comprender el mundo en el que vivimos, dejó hace tiempo de importar salvo como arma arrojadiza. Sin embargo, su evolución ha sido constante y es mucho lo que está en juego, tanto para los propios iraquíes como para la sociedad internacional.

Al-Zawahiri, el egipcio que ocupa el segundo lugar en la dirección de al-Qaeda, acertó plena-mente cuando advirtió al jordano al-Zarqawi, entonces jefe de operaciones de al-Qaeda en Oriente Medio, que los ataques indiscriminados contra civiles, particularmente sunitas, en Iraq podrían volver a la población en su contra. Así ha sido. Hemos pasado de una insurgencia formada por la coalición, no siempre fácil, entre los restos del baasismo con las fuerzas yihadistas de al-Qaeda, éstas últimas con una significativa presencia de extranjeros, al aislamiento de los seguidores de ben Laden por la movilización de clanes sunitas en su contra, arrastrando a los baasistas hacia las fuerzas gubernamentales. Hoy nos encontramos con una milicia sunita de casi 100.000 hombres, que combate junto con las Fuerzas Armadas iraquíes y las tropas norteamericanas a los restos de la insurgencia. Todos sabemos lo fácil y barato que es practicar el terrorismo, pero los datos están a la vista y nadie puede negar la radical reducción de actos violentos y de bajas. La coincidencia de este giro de la población sunita, resultado tanto del rechazo a al-Qaeda como del constante y prolongado trabajo de la inteligencia militar norteamericana, con una nueva estrategia militar, Surge, más preocupada la presencia territorial apoyando a las unidades iraquíes, está en el origen de la nueva situación.

La debilidad de la insurgencia reabre temas aparcados durante años. De nuevo se habla de política, de cerrar definitivamente la Constitución, de resolver la cuestión territorial y la gestión del petróleo. Pero de nuevo también se reabre la lucha por el control del sector chiíta y por definir el papel de Irán. Las dos grandes formaciones chiítas, dirigidas por Maliki y Hakim, parecen haber llegado a un entendimiento sobre la necesidad de poner fin a las milicias radicales y proiraníes del clérigo al-Sadr, el ya popular Ejército del Mahdi. Las Brigadas Badr, el brazo armado del Consejo Supremo Islámico de Iraq, dirigido por Hakim, se han infiltrado en las Fuerzas Armadas, hasta el punto de convertirse en su columna vertebral. Han abusado de su poder para asesinar a dirigentes sunitas, provocando graves tensiones políticas, y ahora han decidido poner orden en su propia casa, en el chiísmo. Estados Unidos ha respaldado la operación, que se venía esperando desde hacía tiempo. Un Iraq estable no es viable ni con al-Qaeda ni con el Ejército del Mahdi. Su supresión, de ser finalmente una realidad, será un paso muy importante para afrontar de nuevo la reconstrucción de Iraq.

Florentino Portero

Profesor

FLORENTINO PORTERO es analista del Grupo de Estudios Estratégicos, responsable del Área de Política Exterior y de Seguridad española

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