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Bibliotecas y libros

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 23 de julio de 2011, 20:31h
No hay pleonasmos ni paradojas en la intitulación del artículo, sino solo referencia a los libros que ha escrito el cronista merced en gran parte a la ayuda y auxilios inestimables prestados por los entes abstractos de las bibliotecas y a los entes bien encarnados en bibliotecarios y bibliotecarias, en especial, las últimas. Pues, lejos de razones de infravaloración del trabajo femenino, de su tardío y siempre precario acceso al mercado laboral y otras argumentaciones de tal guisa, fueron ciertamente motivos de honda sabiduría los que llevaron casi desde el principio de su organización moderna a entregar del lado de la sociedad a las mujeres el más preciado de sus tesoros y la guarda de su memoria más delicada.

Han sido sin duda demasiados, como se decía, los libros dados a la estampa por el articulista. Ya no vale lamentarlo. Mas, con el fin de exculpar de toda responsabilidad en la perpetración de esa fechoría a las muchas bibliotecarias sin cuya competencia envidiable y concurso generoso no hubiese sido posible tal labor, desea dejar constancia pública de su gratitud a tan abnegado colectivo. Sobre la entrañable Biblioteca de la Facultad de Letras hispalense de los años 50 del siglo pasado ya escribió el cronista in extenso y no hay espacio para repetirse. De la iruñesa de la siguiente década, algo dejó también apuntado en antiguas páginas por mor de su incorregible grafomanía. Años y leguas no le han hecho encontrar nada comparable en amor, diligencia y resultados. Habrá sin duda en el ancho mundo algunas que se la equiparen e, incluso, que la superen; pero el cronista no las ha conocido en el armonioso despliegue de sus funciones y calidades. Y eso que las “competidoras” en su biografía refulgían por sus bien abastados plúteos y el impecable trabajo de sus staffs. En efecto, la Biblioteca de “la Torre” –para uso y servicio particularmente de la Sección de Hª- como la general de la Universidad de Barcelona satisfacían puntualmente la curiosidad intelectual más desbordada de profesores comprometidos ilimitadamente con su ardida vocación y de estudiantes por entonces – eran los tiempos del mayo francés del 68 y sus secuelas- a la husma acezante de utopías y nuevos códigos para una humanidad por detrás de sus sueños.

En los setenta, la Biblioteca General del Alma Mater valenciana, radicada en la umbría y muy hermosa calle de La Nave, conservaba la pátina y el sabor de los viejos tiempos, aliados con la recepción más inteligente y funcional de los nuevos enfoques y técnicas. Otro tanto ocurría en el Paseo de Valencia al Mar, en donde la Facultad de Filosofía y Letras poseía su joya de la corona justamente en admirable Biblioteca, llena, en su espíritu y cuadros, del más encomiable afán de superación respecto a su fondo documental y bibliográfico así como proximidad al usuario. No obstante sus numerosas y lógicas carencias, la Facultad de Filosofía y Letras de la flamante Universidad de Córdoba presentaba, comedios del decenio indicado más arriba, en su muy modesta biblioteca la rama más esperanzada de su crecimiento.

La confianza depositada en la célula inicial de sus integrantes no quedó defraudada. La vertiente mejor del espíritu de cuerpo –la autoexigencia radical- se manifestaría en todos sus miembros, en los que las jubilaciones, relevos y “cambios de guardia” no se tradujeron nunca en un menor rendimiento o distorsión de las líneas maestras de su trayectoria. El que siembra recoge (-¡ay, no siempre, en las sembraduras generosas…).- Al encarar el siglo XXI, la biblioteca de que hablamos se ofrecía como una de las mejores articuladas y de fondos, no obstante su reciente creación, más nutridos, alcanzado en algunas materias niveles de todo punto envidiable. Por una vez, esfuerzos e ilusiones desembocaron, en el mundo universitario, en una realidad gozosa y plenificante. Se comprende así, fácilmente, que el articulista, privilegiado usufructuador de sus servicios inapreciables, tribute un exvoto de reconocimiento –fue educado en la cultura del agradecimiento, hoy perdida- a los bibliotecarios –éstos, en número muy exiguo- y bibliotecarias –en cifra abrumadora- que día tras día dejaron por prestarlos lo mejor de sí mismos.
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