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tribuna

La Europa invertebrada

domingo 24 de julio de 2011, 17:24h
Analiza la situación de Europa tras "continuos espectáculos de desunión".
El espectáculo de embrollo, falta de acuerdo o de sustancia, cuando aparenta haberlo, irresponsabilidad y localismos de todo tipo, pueden tener efectos demoledores, además de para las condiciones de vida de muchos europeos, para la propia viabilidad del Euro, la UE y, especialmente, el prestigio de la política, en general. Venimos asistiendo durante años a la llamada construcción europea, un proceso largo, lento y tortuoso de organización supraestatal o interestatal y de cesión de soberanía de los Estados nacionales. Primero fueron los pasos y avances en la unión económica y de mercado (la “Europa de los mercaderes”), culminados con la llegada del Euro y el Banco Central Europeo, siempre de carácter tecnocrático y funcional y cuestionados por su déficit democrático. Al compás de la unión económica y monetaria se fue poniendo en marcha una macroarquitectura estatal en torno a la Comisión, el Parlamento Europeo, el Tribunal de Justicia y la Euroburocracia, con vocación política paraestatal, pero escaso élan democrático ante el peso de los Estados en el Consejo y los consejos de ministros. El nuevo Tratado de la Unión (con la Presidencia permanente del Consejo y el superministerio de asuntos exteriores) trataba de dar un impulso definitivo a la unión política, con las dificultades, contradicciones y limitaciones conocidas. Las sucesivas ampliaciones periféricas, seguramente inevitables y necesarias, han enriquecido el proyecto, pero lo han complicado mucho más, hasta hacerlo, a veces, inviable en lo fundamental: la toma de decisiones.

Los éxitos evidentes en materia de cohesión social y de desarrollo y modernización se han visto muchas veces empañados por las tensiones localistas, los excesos burocráticos, la picaresca nacionalista y los escándalos de corrupción, entre otros. Los espectáculos de desunión han sido contínuos, especialmente en materia de política exterior, la guerra de los Balcanes o en materia de inmigración, así como en las interminables y tortuosas negociaciones en materia de políticas europeas comunes, como las agrarias o de pesca. Pero, la ciudadanía europea, en general, iba dando por buenas todas esas dificultades y hasta sacrificios, en tanto en cuanto el balance era positivo y se mantenía la ilusión sobre el objetivo final de la Unión política, al tiempo que los fondos seguían fluyendo para compensar los desaguisados de las políticas comunes.

La situación da un vuelco total hasta imponerse el euroescepticismo en nuestras opiniones públicas, de forma casi generalizada, en el momento en que la Europa fracasa estrepitosamente a la hora de afrontar las consecuencias de la actual crisis económica global. El endeudamiento público de todos los gobiernos nacionales y su debilidad progresiva, sea cual sea su color político, no hacen más que incrementar las tensiones nacionales hasta el punto de poner en peligro los avances en lo que más camino se había andado: la unión económica y monetaria y la propia zona Euro (con los rescates de Grecia, Irlanda y Portugal y las tensiones sobre la solvencia de España e Italia). Pero, lo más grave es que el propio embrollo institucional europeo se convierte en un actor económico de primer orden, al facilitarle a los mercados munición útil para la especulación, con el consecuente enriquecimiento de unos pocos a costa del empobrecimiento de países enteros.

Es evidente que ésta no es la Europa que se imaginaron hace más de medio siglo los padres fundadores, ni tampoco a la que aspirábamos la inmensa mayoría de la ciudadanía europea. Pero, el drama, a su vez, es que ya no tiene vuelta atrás. Los Estados se han debilitado y la política también. La cesión de soberanía y de ideales democráticos tenía un objetivo, más o menos utópico, pero que se podía medir en realizaciones concretas, por lentas que éstas fuesen. El momento es grave para los europeos, para la solvencia de su proyecto unitario, para nuestras economías, pero, también, para la política democrática, si no se corrige con celeridad el rumbo que nos puede llevar, de forma irreversible e imparable, a la desunión, aunque ésta se revista de denominaciones retóricas como la arquitectura variable o las distintas velocidades. ¿ Qué nos diría en gran Ortega de esta dramática realidad europea ?
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