Pensar el siglo XX
martes 26 de julio de 2011, 21:27h
Se pregunta Tzvetan Todorov en su magnífico libro Mémoire du mal. Tentation du bien si al siglo XX no deberíamos llamarle “el siglo de las tinieblas” en contraposición al “siglo de las luces”. Exagera, sin duda, el autor en lo que la frase tiene de consideración acrítica del siglo XVIII, pero acierta en presentar el terror que cubre toda la última centuria a pesar de los más que evidentes avances en la ciencia, la sociedad, la economía y la política.
La capacidad de algunos hombres –me niego a hablar de “el hombre” en abstracto– para despreciar a sus semejantes y causarles mal alcanzó en el siglo XX las cotas más elevadas de violencia de toda la historia. Las innovaciones que en la ciencia y en la aplicación práctica de la misma, la técnica, se habían conseguido gracias al esfuerzo de hombres egregios durante siglos se aplicaron industrial y tecnológicamente para la destrucción sistemática del adversario político o étnico, que era visto como un “enemigo” según la terminología del pro nazi Carl Schmitt. Al otro se le desposeía ideológicamente de su condición humana y, por lo tanto, se le despojaba políticamente de los derechos y libertades que durante más de un siglo habían ido forjándose en los países occidentales. Se podía disponer así con total impunidad de su vida y hacienda sin que el estado garantizase su individualidad, la cual, contrariamente, era sometida a unos supuestos intereses de la colectividad que el propio poder decía representar.
Todos los estados totalitarios han actuado y actúan de este modo. Los campos nazis de exterminio y la GULAG soviética han quedado como máximos referentes de la “brutalización de la política” –por decirlo con una expresión que George L. Mosse utiliza para describir la Europa de entreguerras– a que algunos hombres fueron capaces de llegar en el siglo XX, pero no son los únicos: baste recordar el genocidio armenio y la tremenda represión de los jemeres rojos.
El progreso social, económico y político que también supuso el siglo XX en la historia de la humanidad, con sus grandes avances en tantos campos, puede hacernos olvidar los horribles crímenes que en él se cometieron. Sería un error este olvido, y por eso hay que seguir pensando después de Auschwitz, y después de Hiroshima y Nagasaki, y después de los crímenes de la Gran Revolución Cultural china, y después de la masacre étnica de Srebrenica, y después de la matanza de la población tutsi en Ruanda, y después de tantas violaciones y asesinatos en decenas de dictaduras. Hay que seguir pensando el siglo XX y repensándolo para que no se olviden esas grandes catástrofes humanas, esos inmensos fracasos morales que hicieron del otro, del otro diferente, un enemigo porque no supieron ver en él lo común humano.
Detrás de esos desastres, de esas catástrofes, había ideologías e ideólogos que movieron a la acción, que con sus atroces ideas llevaron a líderes igualmente atroces a ejecutar un ideario imbécil e inhumano. Por eso da miedo escuchar el discurso exaltado y dogmático de algunos medios y de algunos partidos políticos. Este discurso supone olvidar ese siglo que Todorov llama de las tinieblas. Los viles asesinatos de Noruega, cometidos por un descerebrado que se ha dejado embaucar por la exaltada ideología ultraderechista del desprecio al otro, son lamentablemente un síntoma de los tiempos, no una anécdota. Europa necesita reforzarse moralmente contra ese discurso y pensar de nuevo los valores que hicieron del siglo XX el de mayor progreso social, económico y político a pesar de las tinieblas. Los filósofos e historiadores tenemos una gran responsabilidad en esta tarea porque quizá hemos insistido demasiado en mostrar la mémoire du mal y nos hemos fijado mucho menos en analizar la tentation du bien, pues no sólo hay que explicar las causas del mal sino afianzar y defender aquello que ha contribuido al bien de la humanidad.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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