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CRÍTICA

Montserrat Sanz Yagüe: Frente al Pacífico

domingo 31 de julio de 2011, 12:59h
Montserrat Sanz Yagüe: Frente al Pacífico. Isla del Náufrago. Segovia, 2011. 84 páginas. 9 €

El presente libro, breve y lleno de sugerencias sustanciosas al mismo tiempo, está compuesto por una docena de artículos periodísticos de Montserrat Sanz Yagüe sobre su vivencia en Japón, recogidos, con un criterio bien acertado, entre los que se publicaron, entre 2008 y 2011, en el diario local segoviano El Adelantado. Al comienzo de cada uno de los doce capítulos, la autora añade, a modo de introducción, unas breves consideraciones complementarias, puestas al día, precisamente en este momento crucial, después del desastre del tsunami que asoló las costas de la región japonesa de Tohoku el pasado día 11 de marzo. Montserrat Sanz, natural de Segovia, licenciada por la Universidad Complutense de Madrid y doctora por la Universidad estadounidense de Rochester, es filóloga y lingüista de profesión. Lleva ya más de quince años viviendo en Japón como titular de la cátedra de Lengua y Cultura españolas en la Universidad Municipal de Kobe. En esta obra, la autora pretende describir algunas manifestaciones peculiares de la vida japonesa, que resaltan en especial a los ojos de una extranjera residente en el país, y a los de una madre de familia que tiene a sus hijos en las escuelas públicas de Kobe.

Es verdad que ha habido, y sigue habiendo, muchos libros escritos por observadores extranjeros que hablan de su estancia en Japón con distintos enfoques. Pero habrá que decir con sinceridad que, muchos de ellos, siempre encastillados en su punto de vista de un occidental, que defiende lo que ya tiene dado como lo óptimo, suelen ofrecernos unas visiones bastante superficiales, llenas de exotismo y tipismo a veces, y mancilladas por su visión, un tanto pintoresca, y por la imagen desfigurada de la realidad del país. Y la superficialidad de su análisis sobre el comportamiento tanto social-colectivo como personal suele defraudar a los lectores japoneses en la mayoría de los casos. Supongo que causan la misma sensación de vergüenza ajena y ridiculez a los lectores españoles de mediana sensibilidad, aquellos libros escritos por los observadores extranjeros, o incluso por algunos novelistas foráneos de moda, que solo saben resaltar el tipismo con el manoseado Spain is different.

Sin embargo, con el libro de Sanz Yagüe no ocurre lo mismo. Porque en él encontramos unas observaciones que resumen de forma concisa la manera de pensar y de actuar de los japoneses, cuando tienen que enfrentarse a su vida diaria, como en el caso del último desastre del tsunami. Se pretende reflejar y poner de relieve unos aspectos propios del pueblo nipón, a través de la propia experiencia de la autora, con estrechos lazos con los japoneses de la calle en su cotidianidad. En ese sentido, es interesante la parte donde nos cuenta una escena que presenció un día en el tren, yendo a su lugar de trabajo. La autora se maravilla del comportamiento del revisor, vestido de uniforme impecable, gorra correctamente encasquetada y guantes blancos, que recoge unas pelusas de polvo encontradas en el suelo, y que saluda a los pasajeros con una gran reverencia al pasar al otro vagón. Una escena tan anodina, que no tiene nada de particular, por lo menos para los nativos, es capaz de suscitar en Montserrat Sanz una oportunidad de reflexión sobre lo que hay detrás de esos actos tan cotidianos a primera vista. Por otra parte, a través de su experiencia como madre de una hija que asiste a la escuela pública de primera enseñanza, descubre un montón de detalles y costumbres que practican los escolares con toda naturalidad, como saludos colectivos puestos de pie al maestro de turno al empezar la clase, la tarea de limpieza de las aulas, encargada a los propios niños, etc… Este descubrimiento sirve para que la autora se dé cuenta de que estos pequeños detalles pueden servir de base y raíz del comportamiento cívico de los japoneses.

Uno de los mayores méritos del libro consiste en aclarar algunas típicas manifestaciones de los nipones que a veces pasan desapercibidas para los propios nativos, y que están narradas y explicadas con inteligencia, amenidad, y una argumentación bien expuesta y convincente. Desde luego, es un libro que solo puede escribir un extranjero, pero no un extranjero cualquiera. Porque tiene que ser un observador extranjero de una inteligencia perspicaz y de un juicio bien equilibrado, que esté metido de lleno en la vida diaria del país con muchos años de experiencia. Me parece que la autora, felizmente, reúne esas condiciones.

Por otro lado, ofrece un interés particular la parte que habla de su anécdota del 11 de marzo en Tokio, donde se encontraba por motivos profesionales, y su inteligente recurso para volver a su casa de Kobe. Y, además, es donde critica la corta visión de los medios extranjeros de corte sensacionalista, que lanzaban una información inexacta sobre el incidente, ayudando a crear un clima de sensacionalismo en Europa y América. E, incluso, puntualiza la fatal ignorancia y la incapacidad de los medios extranjeros para identificar la verdadera geografía de Japón. La autora comenta acertadamente: “Dado que las grandes cadenas, quizás porque carecen de corresponsales que conozcan bien la cultura y la lengua de este país, confiaron en enviados especiales venidos para la ocasión, no tardamos mucho en percatarnos de que el fenómeno ‘lost in translation’ (lo que se pierde al traducir), tan común cuando se trata del japonés, comenzaba a hacer sus estragos”.

Por último, mi pequeña duda con respecto a lo que se dice sobre el peculiarísimo día festivo nacional “del Deporte” de la siguiente manera: “Que un país que no destaca en ningún deporte a nivel internacional tenga una fiesta nacional llamada ‘Día del Deporte’ resulta un poco peculiar...” Me gustaría constatar aquí que el hecho de que Japón haya conseguido en las Olimpiadas de la época moderna unas 400 medallas (entre las de Oro, Plata y Cobre) -frente a 115 conseguidas por España- no quiere decir precisamente que Japón no haya destacado en ningún deporte internacional. Y añadiré que si la “Roja” logró la Copa Mundial de Fútbol en Sudáfrica de 2010 -por lo que me congratulo enormemente como buen aficionado a ese deporte- Japón también fue capaz de conseguir su Copa Mundial de Béisbol en 2009, por encima del equipo de EE. UU, que se considera popularmente indudable “Rey” de ese deporte.

Pero, dejando de lado esos pequeños escollos triviales y quizás insignificantes,
el libro nos ofrece unas consideraciones muy acertadas y agudas, nacidas gracias al espíritu crítico y bien equilibrado de su autora, apoyado en su inapreciable vivencia diaria con los japoneses. Es verdad que se trata de un volumen de unas noventa páginas escasas. Pero me gustaría atenerme aquí a la consabida frase gracianesca y conceptista de: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Este es el caso de la obra de Montserrat Sanz. Las magníficas muestras del arte caligráfico de Miyamoto que acompañan al texto, en perfecta consonancia con él, ayudan a aumentar su amenidad.


Por Hidehito Higashitani
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