¿Un nuevo intento de postperonismo?
sábado 06 de agosto de 2011, 18:22h
En una escena central del libro El Flaco, José Pablo Feinmann explica a Néstor Kirchner que la creación de una nueva fuerza política exige romper con el peronismo tradicional. “Tenés que abrir una nueva etapa histórica. Tenés que romper con el peronismo. (…) El peronismo es la antipolítica”, advierte el aspirante a consejero del Príncipe. Más allá de sus intenciones al publicar un libro con anécdotas que involucran a Kirchner luego de su muerte, el libro narra una rendición: Kirchner sacrificó el proyecto de crear una fuerza de centro-izquierda en el altar de la realpolitik. Se comprende: Kirchner fue el más peronista de los kirchneristas.
Feinmann puede darse por satisfecho: Cristina le dio la razón. Eligió a A. Boudou como su compañero de fórmula, impuso a G. Mariotto como candidato a vice-gobernador y decidió la composición de todas las listas de diputados relegando ostensiblemente al partido y al sindicalismo. Estamos asistiendo al primer paso para crear una fuerza política tan ajena al peronismo territorial como al sindicalismo tradicional. Cristina intentará lo que Néstor no se atrevió. Dados los rudimentarios instrumentos de que dispone para una tarea que tantos otros intentaron antes que ella con apoyos más vigorosos, quizás descubra que la falta de audacia no se cuenta entre las razones profundas por las que Néstor se abstuvo.
Es posible que Cristina impulse el reemplazo de H. Moyano por Gerardo Martínez (construcción) en el Congreso de la CGT que se reunirá en junio próximo. La reciente denuncia, que involucra a Martínez con la inteligencia del último gobierno militar, quizás exija cambiar de candidato. Está por verse, sin embargo, si obliga a cambiar de estrategia. Pero ésa no es la única herramienta disponible. El gobierno ha descubierto que posee un arma eficaz en la capacidad que la Cancillería posee de acelerar, bloquear o destrabar las investigaciones que la justicia suiza ha iniciado en relación con una empresa supuestamente asociada con Moyano, tal como se ha demostrado hasta ahora en las dos oportunidades que la Cancillería tuvo que actuar en este affaire.
Por ahora, Moyano se limitó a repetir su anhelo de ver un miembro del movimiento obrero como presidente y, como todos los años, a presionar por modificaciones impositivas. Además, incrementó el reclamo por la deuda que el Estado tiene con las obras sociales y concurrió a distintas universidades privadas a expresar su preocupación por la inflación. Quizás decida, antes o después de las elecciones, que es momento de renegociar los acuerdos salariales. Quizás, en ese momento, Cristina decida que también es momento de revisar el sistema de financiación de las obras sociales. Estaríamos, allí, en una disputa “a cielo abierto”.
La puja con el peronismo tiene otras aristas. La conformación de las listas electorales produjo descontentos, tanto entre gobernadores como intendentes, es decir, en quienes poseen poder territorial. Las reacciones incluyeron la ruptura con De La Sota en Córdoba, la renuncia de Verna a la candidatura por la gobernación en La Pampa, rispideces con Urtubey , el gobernador de Salta, etc. Los intendentes bonaerenses también reaccionaron de modo distinto: Cirigliano decidió pactar con Duhalde mientras que otros, aceptando lo inevitable, prometen un apoyo “moderado” en las elecciones. Los aspirantes sindicales a ocupar cargos electivos que fueron postergados como Schmid en Santa Fe o Piumato en Capital reaccionaron con declaraciones de insatisfacción.
Ese malestar se limitará a la expresión de disconformidad o a la velada reticencia de apoyo mientras Cristina sea la única candidata capaz de ganar elecciones. En este aspecto, es clave observar el resultado de las primarias abiertas del 14 de agosto pues allí los intendentes revelarán cuál es su posición. Es posible que ya haya habido una pequeña muestra de ello en las elecciones de Santa Fe en las que Del Sel se benefició del voto de sectores peronistas disconformes. Ello hace aún más necesario, pero también más difícil, alinear y disciplinar al partido. Por ello, la puja conduce al diseño institucional: para no ver licuado su poder, la presidenta requiere de una reforma que la habilite a otro mandato. No obstante, no sólo los números en el Parlamento no se acomodan a esta exigencia; tampoco se perciben cuáles podrían ser los incentivos de quienes poseen poder territorial para apoyar esta iniciativa en vez de buscar una reunificación del peronismo que la impida. La decisión de Cristina está limitada por los instrumentos a su disposición. Eso no parece, no obstante, menguar su voluntad.
Ahora bien, quienes querrían ver al sindicalismo depurado de prácticas objetables como las que se evidenciaron en el affaire de los medicamentos falsificados, al peronismo tradicional depurado de las peores prácticas clientelares y al régimen político debilitado en su exacerbado presidencialismo enfrentan un dilema. Si apoyan a Cristina en este conflicto con sindicalistas y jefes territoriales encontrarán, al final del camino, que contribuyeron a construir un poder concentrado y arbitrario. Si no lo hacen, descubrirán que colaboraron a la continuidad de formas políticas y sindicales que querrían ver erradicadas. Nadie quedará al margen de esa disputa.
Aún más. El escenario tiene algo de déjà vu. Una vez más, el peronismo es incapaz de procesar institucionalmente la sucesión de su liderazgo. Se recordará el enfrentamiento entre Lorenzo Miguel e Isabel Martínez en los años ’70, que tanto debilitó al gobierno peronista, y la negativa de I. Luder a colaborar con el gobierno de Isabel, la disputa entre Menem y Duhalde o, más recientemente, el embate de Kirchner contra Duhalde, por no recordar el histórico conflicto de Vandor con Perón o su enfrentamiento con los Montoneros. Si bien la historia no se repite, conviene, no obstante, desechar algunas creencias apresuradas. En particular, aquella que sostiene que el peronismo es el único partido capaz de asegurar la gobernabilidad.
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Catedrático y profesor en la Universidad Torcuato Di Tella
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