Londres: la furia y el paro
martes 09 de agosto de 2011, 07:45h
Las autoridades británicas se han visto sorprendidas por la virulencia de los disturbios que se están registrando en distintos puntos de la capital londinense. Los hechos comenzaron súbitamente la noche del pasado sábado en uno de los barrios emblemáticos de Londres, Tottenham, que al amanecer del domingo presentaba una estampa de tintes bélicos. Los escombros de un edificio carbonizado se sumaban a la chatarra de coches patrulla incendiados tras el intento de asalto a la comisaría local, además de restos de barricadas, automóviles volcados, un autobús calcinado, centros comerciales asaltados, que reflejaban elocuentemente la ferocidad y rapidez con que prendió esta incendiaria revuelta.
En Reino Unido se ha abierto ya el debate sobre el grado de imprevisión de las autoridades para precaver acciones criminales de esta índole. Es cierto que esta furia se desató repentinamente como protesta por la muerte de un joven de raza negra, a raíz de un incidente con la policía aún por aclarar. Pero ya existían datos para tomar prevenciones. Tottenham es un barrio particularmente vulnerable. En él habita un puzzle étnico donde las bandas de delincuencia juvenil han fomentado durante décadas una gran inquina contra las fuerzas policiales. Esto no debería inducir a ninguna reacción de tipo xenófobo, porque el último y más poderoso factor en juego en esta reacción violenta está en la elevadísima tasa de paro que se encuentra en el trasfondo de esta ira callejera. El desempleo, la destrucción de la actividad económica y el empobrecimiento de la población en lugares ya de por sí problemáticos tendrían que poner en alerta a las autoridades para arbitrar resortes preventivos de toda índole, que se anticipen a estos estallidos de violencia.
La actividad de las redes sociales de Internet durante el fin de semana en Londres confirmaron estos pronósticos. La noche del domingo los disturbios se propagaron desde Tottenham hacia múltiples zonas de la ciudad, igualmente castigadas por el paro, con tal vehemencia y ensañamiento que medios policiales solo los han podido catalogar como simples “actos criminales”. Sería un error considerarlos como un fenómeno únicamente londinense y de carácter esporádico. La destrucción de empleo es todavía más alta en otros países europeos y no es precisamente descartable que hechos similares se den en cualquier comunidad que soporte una altísima tasa de paro: en España, por ejemplo, donde afortunadamente el insostenible grado de desempleo no ha generado –por el momento- reacciones populares tan repudiables como las que se viven en la sociedad británica. Doblemente afortunados, si consideramos la impericia y falta de criterio con que las autoridades españoles han afrontado manifestaciones mayoritariamente pacíficas, y, que no obstante, han llegado a paralizar ciudades como Madrid.
A partir de ahora a nadie pueden tomar desprevenido reacciones colectivas violentas allí donde la desactivación económica hace más estragos. En primera instancia, estos brotes de furia desatada deben atajarse contundentemente, pues la violencia no tiene tipo de justificación. Pero las soluciones no han de ser únicamente policiales. La única receta definitiva está en una recuperación sostenida de la economía y del empleo, sin la cual solo cabe esperar que los conflictos sociales vayan a más.