Es nueve de agosto de 2007. España está en la “Champions League” de la economía. Nuestro país se preocupa por si el matrimonio homosexual debe o no aprobarse. Y una noticia que el lector dejó pasar de largo mostraba el detonante de la crisis de las hipotecas “subprime”. Hace cuatro años de ello y parece, ahora, que la crisis vaya a durar tanto como la amortización de una hipoteca.
Estamos en plena crisis. No está claro que estemos saliendo de la misma. Los medios de comunicación, los políticos, los falsos profetas que saltan de la radio a la televisión y del papel al hipertexto explicando que la actual crisis proviene de las
hipotecas subprime. No es exactamente así. Éstos préstamos son más una ilustración de un proceso mucho más general. Pero no estará de más recordarlo un día como hoy, un martes cualquiera en medio de la tormenta (financiera) perfecta. Lo recoge
Patricia Alfaro en
El Mundo: “El 9 de agosto de 2007, la crisis de las denominadas hipotecas
subprime o de alto riesgo se materializó en los mercados financieros, provocando la caída de todas las Bolsas del mundo y el pánico generalizado ante el presentimiento de que lo peor estaba por llegar. Ese día,
BNP Paribas, uno de los pricipales bancos europeos, anunciaba la suspensión de tres de sus fondos de inversion ante los problemas de liquidez provocados por el sector hipotecario estadounidense”.
Las hipotecas
subprime son el típico ejemplo del resultado de poner las ideas ante el juicio de los votantes. El presidente
Carter, uno de los peores que ha tenido Estados Unidos en el siglo XX, aunque quizá no tan malo como los del XXI, puso en marcha un programa para favorecer que los grupos con menos ingresos no quedasen al márgen del sueño americano. Si querían comprarse una casa, tenían todo el derecho a hacerlo. Y sólo la cicatería de los bancos, ciegos ante los acuciantes problemas sociales, les impedía cumplir un sueño que debiera ser para todos. Todos le siguieron. Todos le aplaudieron. El
Congreso de los Estados Unidos aprobó el plan. Tenían dos poderosas manos para llevarlo a cabo, dos entidades público-privadas llamadas
Fannie Mae y
Freddie Mac. Nadie, o muy pocos, dijo entonces que si los bancos no prestaban a aquéllas personas era porque sabían que no se lo iban a devolver. Nadie, o muy pocos, dijo entonces que para comprarse una casa, si el banco desconfiaba de la familia que acudía a él, siempre tenía la opción de ahorrar, penosa y trabajosamente, durante años. Hasta acumular un capital suficiente como para financiar gran parte de la soñada compra. Eso es el sueño americano, la posibilidad de labrarse un futuro por sí mismo, no el derecho a que te colmen de parabienes.
Ese fraude, refrendado por la democracia americana, no llegaría a ser tan masivo de no ser por los bancos centrales. Son la base del sistema financiero. Imagínenselo como una pirámide invertida, con los bancos centrales en el vértice, los bancos un poco más arriba y en lo más alto las empresas y las familias. Aquí lo bueno es estar abajo del todo. Desde los bancos centrales se controla el ritmo al que se conceden los créditos. Y tras los
atentados del 11-S lo pusieron más fácil que nunca. Era la época de la “exhuberancia irracional”. Luego entraron los temores por el apabullante exceso de liquidez, y los bancos centrales, actuando de nuevo de forma coordinada (lo mismo ocurrió en los años 20', antes de la
Gran Depresión), subieron los tipos. Y la enorme burbuja que ellos habían creado, dejó de crecer a costa, eso sí, de que estallase. Hablamos de 2007, del 9 de agosto.
Luego los bancos centrales volvieron a bajar los tipos. Todo estaba derrumbándose y ellos aplicaron como medicina el veneno que había causado la crisis desde el comienzo: más y más y más liquidez. La vieja y desacreditada idea de que el crecimiento se logra gracias al ahorro quedaba para los libros de historia. “Vamos a refundar el capitalismo global” decía
Nicolas Sarkozy consciente de que sus palabras quedarían impresas como en una losa de mármol. La refundación del capitalismo se iba a hacer desde supuestos muy conocidos: los de
John Maynard Keynes. Por un lado el dinero público salvaría a los bancos. Es como el padre que le da enormes pagas a los hijos y que sabe que no hace un buen uso de él, y cuando se mete en problemas acude al calabozo a pagar la fianza. Eso hicieron los gobiernos, rescatar al sistema financiero. Alguno, como
Barack Obama, incluso a grandes empresas como
General Motors. Y luego se dedicaron a abrir zanjas para luego cerrarlas. Era nuestro
Plan E. Si hay gente desocupada, la ocupamos a base de lanzar carretillas de dinero por toda España. Que ese dinero no se destinase a usos productivos no parecía ser un problema. Sólo que tampoco resolvía ninguno. El paro no descendía. Y el gasto público, sí. A ritmos que parecían propios de una guerra.
Los polvos de las obras, de los rescates, del empleo público desaforado, de aquél gasto sin medida, de la “refundación del capitalismo”, han traído estos lodos de las deudas soberanas insostenibles. Ahora lo que piden los Estados insolventes son créditos, créditos “subprime”, créditos a quienes no son capaces de devolverlos, que son ellos mismos. Los que se llenaron la boca de criticar a los bancos por conceder a los pobres los “
créditos subprime” los piden ahora para sí mismos.
Pero la crisis sigue aquí. Es lo malo de las teorías de
Keynes. Que son falsas ya desde el mercantilismo, desde
Malthus, desde aquéllos autores de donde él las sacó. Fueron falsas cuando las destrozó
Hayek. Cuando las dejó en la nada William Hutt, Henry Hazlitt y tantos otros. Fueron falsas incluso cuando parecieron valer, en aquéllos extraordinarios 60'. Y son falsas ahora. Y han fracasado. Otra vez. La receta no ha funcionado y las cosas están tan mal que “Los gobiernos ya no podrán acudir a Keynes para encarar la recaída”. Lo dice
Expansión. “Los expertos creen que hay pocas opciones frente a la nueva recaída de la actividad: que los bancos centrales paren las subidas de los tipos de interés y que se aceleren las reformas”. En las palabras del diario: “Ahora el mundo desarrollado está empezando a pagar las consecuencias de la fiesta de la inversión pública, en muchos casos improductiva. Los países que optaron por darle con fuerza a la máquina del gasto público –entre ellos España con iniciativas tan polémicas y poco eficaces como el Plan E, con el que se arreglaron aceras, cementerios o se construyeron pianos de piedra– se han dado de bruces con la realidad: se enfrentan a unos números rojos alarmantes, volúmenes de deuda inasumibles y a un encarecimiento histórico de la financiación”.
El problema es que los mismos expertos piden una política inflacionista. “Una
política monetaria expansiva es clave”, dice uno de ellos en la información de
Expansión. Ya sabemos dónde conduce eso.