www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Escritores-islas

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 12 de agosto de 2011, 20:40h
Apenas estampado el título de este artículo su autor ha experimentado la tentación de modificarlo. Perteneciente él, en puesto muy modesto, al escalafón burocrático y vocacional de los historiadores, pretendía pergeñar unas líneas en torno al amurallamiento que envuelve buena parte de la labor de la gran mayoría de sus colegas. Para no acrecentar el monroísmo y el afán de tibetanización de tan amplio sector estamental y así como por cierto complejo de íntima culpabilidad, el que suscribe ha intitulado de la forma expuesta más arriba los presentes renglones.

Con todo, bien mirado, existen en verdad no pocos escritores que en los distintos ámbitos de su oficio se comportan y actúan como mujeres y hombres-islas, esto es, con escasos o nulos contactos con el exterior y de forma especial, con la labor y tarea de sus compañeros de tajo. En algunos casos y en ciertas áreas o modalidades de la profesión literaria, ese abroquelamiento no resulta dañino cara al propio trabajo; pero en otros acontece justamente lo opuesto. En cualquier caso, el esfuerzo del historiador se sitúa per naturam en los antípodas del ejemplo mencionado. Su trabajo es per se antiadánico, mostrándose como un eslabón más en una cadena por lo común de largo recorrido precedente y consecuentemente. Sin perjuicio de la originalidad y del poder creador y genesíaco que, a las veces, distinguen la obra de los historiadores más descollantes, de ordinario su quehacer se incardina en una órbita investigadora que le presta sentido y valor. De ahí, la importancia del “estado de la cuestión”, de la bibliografía y el nivel de conocimientos de cualquier tema abordado con rigor y honestidad. Incluso en el territorio más yermo, en ningún instante el análisis historiográfico parte o surge ex nihilo. Sin aceptación de herencias ni predisposición al diálogo con el acervo depositado por los afanes de las generaciones anteriores no cabe ciertamente concebir empujar la esteva en el campo de Clío.

Y, sin embargo, por más que ello pueda sorprender, lo habitual es la conducta contraria, con especial peralte en España. En nuestro país, el panorama más contemplado es el del estudioso engolfado en su pesquisa, sin más rey ni roque que su propio criterio e inteligencia. Por robinsonismo o, más corrientemente aún, por sectarismo las posiciones ajenas, por mínima carga de discrepancia que encierren con las suyas, no obtendrán ni un mínimo eco o cabida en las propias, siendo condenadas de modo general al silencio o al ostracismo. No será tan sólo el “ninguneo”, sino en mayor medida todavía el marginamiento y omisión más completos, la regla invariable que presidirá casi sin excepción el trabajo de los historiadores más “comprometidos” y vanguardistas.

Las consecuencias derivadas de tal talante para el progreso de la disciplina histórica –y también, por supuesto, para cualquier otra, con particularidad, en el terreno de las denominadas “ciencias sociales”- son tan funestas como fáciles de imaginar. Rezago, distorsión, anemia, orfandad, víctimismo y otras secuelas de la misma índole y nocividad. El abatimiento de fronteras, el espíritu mundialista y de cooperación universal, el ensanchamiento de los horizontes gremiales, notas todas ellas caracterizadoras de nuestro presente al despuntar el siglo XXI, no han encontrado aún el pertinente y positivo reflejo en tajos muy anchos de los estudios humanísticos cultivados en el aquí y ahora españoles.

¿Retornan a su solar “Santiago y cierra España” y el “Solitario de El Escorial”? No lo creemos. Pero, por si acaso, convendrá extremar la guardia frente a dogmatismos y exclusiones.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios