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Velázquez y Rubens en El Escorial

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
En esta ocasión no les voy a animar a acudir a ninguna exposición, ni a que se desplacen a algún lugar recóndito para disfrutar in situ de alguna obra de arte. Lo voy a hacer para recomendarles un libro, ¡eso sí sobre pintura!, que ha escrito ese buen conocedor que es Santiago Miralles Huete, con el título Velázquez y Rubens. Conversación en El Escorial. Como ven, arte, arte, arte…

El libro recrea una conversación entre los dos artistas en el Monasterio de El Escorial una tarde de marzo de 1629, al hilo del viaje del afamado pintor de Amberes a la corte de Felipe IV, el entonces monarca más poderoso de Europa, y de su todo influyente valido el conde duque de Olivares. Y eso que la alargada e impenitente sombra del cardenal Richelieu -de quien Philippe de Champaigne realizaría dos conocidos retratos de pie, uno en el Museo del Louvre y otro en la National Gallery- ya atisbaba la decadencia de la Monarquía hispánica. Pero esa es otra historia, por más que los recientes acontecimientos financieros, con la rebaja de la calificación de la deuda de los Estados Unidos, no es tan diferente a las dificultades de financiación de los Austrias. En esto no hay tampoco nada nuevo. Los costes militares son cada día más inasumibles, como lo fueron para Carlos I, Felipe II y Felipe IV, para la todavía potencia hegemónica

Pero regresemos, pues ya sufren este verano con los sobresaltos en los mercados de deuda, a lo que nos ocupa: el pulso entre dos de los más grandes artistas de todos los tiempos: Pedro Pablo Rubens y Diego de Velázquez y Silva. El primero, proveniente de las convulsas tierras de Flandes, protegido de la Infanta Isabel Clara Eugenia, tía del mismísimo Felipe IV, a quien servía como leal súbdito; el segundo, nacido en España, en la ciudad del Guadalquivir, llegado joven a Madrid, y convertido muy pronto en pintor de cámara del denominado Rey Planeta. Un encuentro donde se habla no solamente de arte y pintura, sino de casi todo: de filosofía, de la Reforma protestante y de las ideas de Lutero y Calvino, de la exagerada ascendencia del clero en una España erigida en la salvaguardia de la ortodoxia de la Iglesia Católica, del poder de reyes y príncipes, del amor y la fidelidad conyugal… Y, por supuesto, del poder y de las intrigas palaciegas. Como les digo, de casi todo. Pero, por supuesto, de pintura y de pintores. Rubens es, en ese momento, el artista más reconocido de Europa. Los reyes, favoritos y señores se pelean por sus lienzos: desde Luis XIII de Francia y el cardenal Richelieu -quién le encargaría la serie de lienzos que representaban la reconciliación del rey con su madre María de Medicis-, el duque de Mantua, Vicenzo Gonzaga, la regente Isabel Clara Eugenia en Flandes y, por supuesto, Felipe IV, y ya antes de su padre, Felipe III, y su valido el duque de Lerma. Por el contrario, Velázquez es una realidad, pero le queda por consagrarse. Todavía no ha realizado ninguno de sus dos viajes a Italia (1629 y 1648) -maravillosamente descritos por Luis Diez del Corral en Velázquez y la Monarquía hispánica- ni ha ejecutado los mejores retratos del monarca y de su familia -especialmente Las Meninas- que le convertirían en referente de la pintura universal.

Es sabido el enorme impacto que la presencia de Rubens tuvo en el joven pintor sevillano: un artista sin igual que se había atrevido a retratarse, para eso era el mejor de todos, entre los asistentes al nacimiento de Jesucristo en su lienzo La adoración de los Magos, y que vivía como un príncipe más en su palacio de Steen rodeado de antigüedades romanas, libros exquisitos y pinturas refinadas. En suma, pensaría el ambicioso Velázquez, el mejor ejemplo a quien parecerse. Para Velázquez el triunfo social y el reconocimiento político, y no sólo el artístico, era, como ha estudiado bien el profesor Feliciano Barrios en Velázquez: los oficios palatinos, la obsesión de su vida. Y eso que los gustos artísticos de uno y de otro no eran los mismos. A Velázquez le atraía Caravaggio y alguno de sus más aventajados seguidores como José de Ribera, sentía devoción por El Greco y reconocía el magisterio de Rafael. Unos pintores, por contra, que no eran del interés del flamenco. Como eran distintas sus percepciones sobre las pinturas mitológicas -que embelesaban al artista de Amberes- y el valor del retrato -el género preferido del sevillano-. En lo que no había desacuerdo era en su admiración por Tiziano Vecellio y en su distanciamiento de las composiciones de Poussin y los Carraci.

Aunque siendo el libro de Miralles ilustrativo de la Europa y la España del siglo XVII, lo mejor es la posibilidad de disfrutar hoy de las obras de ambos. Del Rubens, abigarrado, barroco, sensual… y del Velázquez, austero, introspectivo, distante… ¿Dónde? En el Museo del Prado, que tanto debe al buen ojo y a la pasión coleccionista de Felipe IV, por cierto, un diestro dibujante. Hay así lugar para todas las inclinaciones: desde las Tres Gracias hasta Las Hilanderas. Hablamos de dos gigantes: del prolífico Rubens, en su taller se realizaron más de 3000 obras, y del perezoso Velázquez, que sin disponer de obrador, no ejecutó más de 150.
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