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Acción para la educación

Antonio Meza Estrada
jueves 18 de agosto de 2011, 19:15h
Hace cuatro décadas, en un verano como este y bajo los acordes lejanos tarareados por los adolescentes de entonces del “...no soy de aquí, ni soy de allá...” Un grupo de maestros recién egresados de la normal construimos una escuela del nivel medio. Éramos once maestros y la primera matrícula ascendió a 160 estudiantes. Todos ellos resultaron brillantes, algunos profesionales, otros pequeños empresarios, todos buenos padres de familia y amigos entre ellos. Algunos se conocieron y formaron pareja y sus familias después.

Por aquellos años en el país no había suficiente cupo para ese nivel educativo. La nación vivía el boom de los sesenta que había duplicado la población del país en solo dos décadas. Una sociedad por esos días más urbana alejada rápidamente del México bucólico del cactus y el sombrero ancho de palma que ocultaba a un paisano durmiendo la siesta.

Esa escuela nació sin apoyo del gobierno. El funcionario que autorizó su operación lo hizo por la presión social de padres y alumnos. Los vecinos cuyos hijos ingresaron como estudiantes, aportaban una cuota mensual que ellos administraban por el equivalente de tres euros, a precios de ahora. Se organizaban y dos o tres veces por semana preparaban y llevaban a los maestros -éramos once- el almuerzo.

Un buen día decidimos iniciar la gestión para conseguir un terreno donde construir un edificio propio, ya que el de uso era prestado por la escuela de ciegos de la ciudad -que operaba también sin apoyo presupuestal público-. Encontramos a uno de los padres, la señora Larios, para que encabezara un comité de padres e iniciamos la gestión con un empresario quien a la postre nos donó una hectárea. Nuestra gratitud de entonces y ahora para don Edmundo Guajardo.

Durante varios meses solo lució el letrero soberbio que anunciaba la próxima construcción de la secundaria 50... hasta que... un día, nos enteramos que visitaría la ciudad el Presidente de la República. Varios equipos de alumnos, padres y maestros nos organizamos para entregarle una petición de apoyo que fructificó para iniciar las obras. Inclusive, en un viaje posterior, el Presidente Luis Echeverría visitó la obra en compañía del Gobernador Milton Castellanos.

Los meses de construcción fueron agotadores. En los fines de semana, los maestros, varios padres y alumnos, nos sumábamos a los peones para mezclar la argamasa, pegar tabiques, vaciar los pisos y tesos de concreto armado y demás tareas que exigió un edificio que finalmente tuvo 12 aulas en dos niveles.

Allí celebré mis 19 añoscon los acordes de la banda de la escuela. Creo que pocos directores de plantel pueden presumir de esa generosidad y amistad que le brindaron sus alumnos.

Pasaron los años. En un gran movimiento social magisterial se gestionó y logró del gobierno estatal el reconocimiento presupuestal y laboral de este y de escuelas similares a lo largo de todo el Estado de Baja California. Dejaron de existir las escuelas por cooperación.
La organización sindical las acogió en su estructura gracias al apoyo del dirigente de entonces Prof. José Luis Andrade.

De esa iniciativa surgieron otras escuelas. Una preparatoria contigua que terminamos donándola para la creación de una escuela técnica, el Conalep, igual que en el ejido Puebla. Una secundaria en el poblado de La Rumorosa, y una escuela elemental dentro de la zona militar de la ciudad de Mexicali, escenario de todas estas aventuras educativas.

Me pregunto, a cuatro décadas, si persiste este idealismo y mística de servicio que en aquellos años llevó a una comunidad a organizarse y salir adelante en busca de un beneficio claro como lo era la educación media para sus hijos.

Yo creo que sí. Siempre habrá maestros y padres de familia dispuestos a emprender quijotescas iniciativas, sin las cuales no es explicable lo positivo de la educación. Por cierto, alguien tiene que decir las múltiples acciones positivas del gremio, porque para la defenestración ya hay muchos espacios y agoreros.
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