RESEÑA
Pierre Bayard: El caso del perro de los Baskerville
domingo 21 de agosto de 2011, 15:04h
Pierre Bayard: El caso del perro de los Baskerville. Traducción de Javier Albiñana. Anagrama. Barcelona, 2011. 200 páginas. 17,50 €
En un muy famoso episodio de Niebla, su protagonista, Augusto Pérez, se presenta en casa de Miguel de Unamuno, autor de esta nivola, para rogarle, o más bien exigirle, que no le mate. Más allá de lo que esto significa particularmente en la cosmovisión del rector de la Universidad de Salamanca, resulta paradigmático para ilustrar las complejas relaciones que se establecen entre un novelista y sus criaturas de ficción. Un caso ejemplar es el de Arthur Conan Doyle y su celebérrimo personaje Sherlock Holmes. Tras un espectacular éxito de la serie, llegó un momento en el que Conan Doyle estaba harto de su detective, que prácticamente había conseguido anularlo. Así, sin más contemplaciones, decide su muerte. Pero la presión de su editor y la masiva protesta del público –parece ser que hasta su madre le recriminó el asesinato y que el asunto llegó a miembros del Parlamento y al mismísimo Príncipe de Gales, a quienes se dirigieron no pocos lectores pidiéndoles que intervinieran- hizo que Conan Doyle se viera obligado a volver a sacar a la palestra al sagaz inquilino del 221 B de Baker Street. Más que resucitarle, aunque muchas veces se haya interpretado de esta forma, lo que hace el escritor escocés es dar a la imprenta un nuevo relato que se desarrolla ocho antes de la muerte de Holmes. Ese relato es El perro de los Baskerville.
Pero el retorno de Sherlock Holmes no le sale gratis a Doyle. El precio es el que estudia el ensayista francés Pierre Bayard, profesor de Literatura en la Universidad de París VIII y psicoanalista, en su más que recomendable trabajo El caso del perro de los Baskerville. Bayard analiza minuciosamente la obra y llega a la conclusión de que en ella se producen numerosas inverosimilitudes y que el frío e irónico detective yerra en su diagnóstico de quién es el criminal. Es decir, de alguna manera, podríamos establecer que Doyle resucita físicamente a su detective, pero no le restaura lo que es su más clara seña de identidad: el que su método, caracterizado por la observación y la deducción –como el propio Holmes explica al doctor Watson en Un estudio en escarlata, la primera investigación que realizan juntos- sea infalible. Y, también, Bayard deja claro que, paralelamente, en la novela, subyacen las suficientes pistas para descubrir al verdadero asesino, que Bayard desenmascara, y que, naturalmente, sería imperdonable revelar aquí, pues resultaría un verdadero asesinato del disfrute de los lectores de este ensayo, que goza de una conseguida doble vertiente.
El caso del perro de los Baskerville puede leerse como una narración policíaca, y, a la vez, como una original reflexión sobre literatura, sobre el fascinante estatuto de los personajes literarios que no son, como muy bien recalca Bayard, simples seres de papel, y que mantienen enrevesados nexos tanto con sus creadores como con los lectores. Tan enrevesados que pueden llegar a cometer crímenes sin el consentimiento del autor. Esto sucede en El perro de los Baskerville, que le sirve a Pierre Bayard para ejercitar de nuevo su denominada “crítica policial”, que aplicó también a obras y autores no solo del género policíaco -Agatha Christie, por ejemplo-, sino a Sófocles (¿es en verdad Edipo el asesino de Layo? y Shakespeare, entre otros, y cuyos principios y objetivos explica él mismo en este volumen. La “crítica policial” que Bayard propone, y de la que el libro que da pie a este comentario es un perfecta muestra, encierra, claro está, mucho de juego y de provocación –elemento que a Bayard le resulta atractivo: ahí está el título de otro de sus ensayos, Cómo hablar de los libros que no se han leído. Pero, sin duda, son un juego y una provocación inteligentes, que nos motivan a la reflexión y nos alejan de la tesis de que es preciso que un buen y serio trabajo sobre literatura –o en torno a cualquier otra disciplina- sea plúmbeo y esté escrito de forma oscura. Mortífera tesis que cuántas veces no habrá asesinado el interés y el amor a las letras.
Por Adrián Sanmartín