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Asuntos estivales

martes 23 de agosto de 2011, 21:32h
El estío es una época en la que se detiene el tiempo. Una de las formas extática más común se alcanza mediante la contemplación. Se dice que San Ero, hace muchos años, quedó extasiado en el pontevedrés claustro del monasterio de la Armenteira escuchando el canto de un pájaro. San Ero entró en un éxtasis del que salió doscientos años después. No dicen cuál fue su reacción, ni la de los que lo vieron volver a la prosaica vida del decurso temporal, pero seguro que San Ero debió de darse un buen susto. No tiene nada de extraño: uno entra en éxtasis en verano, y cuando despierta han quebrado dos o tres cajas, el país más poderoso del mundo se ha convertido en un mendigo y, sobre todo, han subido el billete de metro de Madrid un 50%. Es lo que tienen los éxtasis, como quizá diga Umbral a Santa Teresa en algún jardín del más allá.

San Ero entró en éxtasis, se pasó doscientos años embelesado con el canto de un pájaro y hoy es el santo patrón del monasterio en el que todo ello ocurrió. Otros seres bastante dados a la detención del tiempo son los japoneses. Cuando representan obras de Kabuki detienen la representación unos segundos para crear un “tableau vivant” que mantienen unos minutos. El público lo observa, se deleita en su mayor o menor perfección (su más o menos adecuado parecido con un grabado antiguo o con una descripción literaria), y luego rompe en aplausos y gritos laudatorios. Nada levanta tantas pasiones en Japón como la quietud. En verano, yo intento imitarlos en mi hamaca bajo la parra y me quedo muy quieto, bajo las uvas del Salnés y las avispas, hasta casi alcanzar el samadhi búdico. También cuando me zambullo en alguna playa de atlántica agua helada: no me muevo por si la capa de agua medianamente templada que se forma alrededor de mi cuerpo se rompe y entro en contacto con su verdadera y groenlándica naturaleza.

Una de las técnicas de meditación yóguica más tradicionales consiste en observar el insignificante intervalo de la respiración entre una inhalación y una exhalación. En ese espacio, eje de la contracción y la dilatación, se esconde la revelación. Me gusta pensar que el verano, con su solsticio, es uno de esos puntos; es el eje de la dilatación y la contracción estacional. De ahí que en el verano se esconda la detención del tiempo, secreto conocido sobre todo por niños y poetas. Yo estoy entre los primeros.

Otro japonés, el pescador Urashima, también detuvo el tiempo: un buen día, pescó una tortuga, y como le perdonó la vida, la tortuga se lo llevó una temporada a su reino submarino. Allí conoció los placeres, ¡Ay los placeres submarinos tan freudianos y albertianos! y, claro, a una joven sirena que no le dejaba ir. Se parecía en eso a una “fada” gallega que dio el tesoro que guardaba a un hombre solo a cambio de que se quedara con ella en su cueva; como su perro ladrara todos los días en la puerta de la gruta, la familia del hombre viniera y descubriera el asunto carnal. La “fada” solucionó todo con habilidad diplomática: dio una parte del tesoro a la familia con tal de que mataran el perro para que no ladrara más y les dejaran en paz en su cueva. La familia, claro, lo hizo, y tapió la cueva de forma que ahora no hay quien la encuentre. Lo relata Cunqueiro, por lo que no hay que dudar de todo ello. Volviendo a Urashima, pasado un tiempo, sintió añoranza de su familia y de su pueblo, por lo que dejó su mundo submarino de placeres y volvió a su casa. No encontró más que ruinas, soledad y una caja que cuando abrió lo convirtió en un anciano que no tardó en morir, en ser polvo. La detención del tiempo de Urashima fue su perdición.

Aunque todo es cuestión del momento: quizá habría respondido de forma diferente si la pregunta se le hace cuando está con la sirena o en la casa en ruinas tras abrir la cajita.

Otro al que le gustó mucho jugar con el tiempo fue, claro está, al mayor poeta occidental del siglo veinte sobre el tiempo, Einstein. Además de estirar y comprimir el tiempo, burlando las mentes de los formales burgueses vieneses, decidió detenerlo al final de su vida con otro de los mecanismos habituales para su detención, usado también por el sabio Montaigne: el amor. Y nada detiene tanto el tiempo como el amor tardío, el amor otoñal, que dicen los chinos. Como cuenta Javier Turrión en “Einstein último”, el santo sabio payaso se dejó de artículos sesudos al final de su vida, se compró un pequeño velero “day sailer” y se dedicó a pasear a Hanna Fantova, su Hanne, por el minúsculo lago de Princeton. El amor, por lo que tiene de contracción y expansión del cuerpo y del espíritu, tiene también sus ejes contemplativos en los que sin ser monje se puede escuchar el canto de un pájaro que detiene el tiempo.

A los valencianos, ese pueblo tan chino al que se le dan muy bien los negocios y que se regodea con el arroz, la pólvora y las celebraciones de año nuevo lunar (las fallas) con monigotes de papel coloreados a la chino, les gusta no detener, sino despertar al tiempo. Lo hacen, como los chinos, a petardazos. Yo entiendo su propuesta, pero prefiero su detención. Y, puestos a detener el tiempo, que detengan también (pero esta vez policialmente) a los que se empeñan en no dejarnos entrar en nuestro éxtasis estival a base de ruido, fiesta local y festival turístico. Ahora que las grúas veraniegas se habían acallado, va y viene el turismo y sus ruidosos atractivos como negocio nacional.

A pesar de ello, detengamos el tiempo como sea, sumámonos en el éxtasis. Solo espero que, cuando despertemos en septiembre, nos hagan santos a todos y a todas. Como a San Ero.


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