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Desenlace y responsabilidad en Libia

miércoles 24 de agosto de 2011, 00:33h
La obcecación de Muamar el Gadafi por mantener una resistencia bélica cuando el ejército rebelde ya entró en Trípoli y ha ocupado su propio palacio derrotándolo, da una idea de la fiereza que caracterizó su dictadura desde la lejana fecha en que se implantó, tras el golpe de Estado de 1969, y también de la irrealidad que aquejaba al dictador libio, aislado en el lujo de sus palacios y desconectado de la difícil situación real en la que vivían sus súbditos. La caída de un régimen tiránico de esta naturaleza, responsable de actos terroristas en el exterior y culpable de crímenes de Estado contra sus propios compatriotas, solo puede ser motivo de satisfacción.

La responsabilidad de los acontecimientos en Libia recae a partir de ahora en el Consejo Nacional de Transición, liderado en la actualidad por Mahmud Jibril, que ya ha sido invitado por Nicolas Sarkozy a visitar París. La rápida invitación obedece tanto al alivio por el desenlace final de una guerra que atravesó avatares muy inciertos, como también a la necesidad de influir en los vencedores del conflicto, cuyos propósitos están lejos de ser claros. Las milicias que ahora controlan Trípoli jamás habrían logrado derrocar la dictadura sin el respaldo de la OTAN, con los navíos norteamericanos vigilando la costa y la aviación coaligada de británicos, franceses, españoles y otros países europeos manteniendo una amplia zona de exclusión aérea y bombardeando sistemáticamente los enclaves del ejército de Gadafi para dejar el camino libre a las fuerzas terrestres rebeldes. El propósito de la OTAN y la esperanza de la opinión pública europea es que los insurgentes a quienes han apoyado instauren un sistema democrático estable en la nueva Libia. Pero lo cierto es que esta aspiración está lastrada por graves incertidumbres y amenazas.

Ya tuvimos ocasión de señalar aquí cómo la tibieza de la intervención de las fuerzas de la OTAN y la desorientación y descoordinación de la diplomacia europea, dejaba el futuro de Libia al azar de los acontecimientos. Los servicios de inteligencia norteamericanos han desconfiado desde el principio de las intenciones de los sublevados, dejando la iniciativa a Europa, con Francia y Reino Unido a la cabeza. La diplomacia europea ha ido a remolque de los acontecimientos, sin involucrarse suficiente y decididamente como para marcar una agenda auténticamente democrática en la postguerra que ahora se inicia. La opinión pública europea debería, en este sentido, abandonar la autocomplacencia y hacer una revisión crítica sobre su modo de proceder ante crisis que pueden afectar a su propia seguridad.

El reto está en que los grupos tribales y religiosos heterogéneos amparados bajo la etiqueta de Consejo Nacional de Transición, logren alcanzar un acuerdo que tenga por objetivo la modernización democrática del país. No menos importante es conjurar el riesgo de que sectores intransigentes se impongan violentamente entre los vencedores y establezcan un régimen tan violento y hostil – si no más- que el que ahora cae. La diplomacia europea tiene en este momento una segunda oportunidad para coordinar sus esfuerzos y para evitar ambos peligros.
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