Los ravers se defienden
miércoles 24 de agosto de 2011, 21:23h
Los ravers llevan varios días en pie de guerra. Lo están para defenderse de las acusaciones lanzadas contra sus fiestas, después de que el pasado fin de semana fallecieran dos de los tres asistentes que resultaron gravemente intoxicados por estramonio durante la celebración de una ellas cerca de Getafe. La realidad es que, como ocurre siempre, nadie había prestado especial atención a este tipo de acontecimientos hasta que ocurrió lo peor. Unos vecinos encontraron a tres chicos tirados en mitad del campo y, aunque se avisó inmediatamente a los servicios médicos, para dos de ellos ya era demasiado tarde. Habían salido de fiesta y no volvieron. La trágica muerte de estos jóvenes ha sido la causa de que ahora nos fijemos en las rave, tachándolas de verdaderos centros de reunión del mal en donde la diversión consiste en bailar al son de música no bailable durante varios días y sus correspondientes noches.
Estas fiestas no son nuevas, se celebran desde hace décadas y también desde hace décadas, sus organizadores y asistentes suelen reconocer, más o menos abiertamente, que durante las mismas se “meten” algunas sustancias de reconocido poder para ayudar a resistir ese ritmo endiablado al que le cuesta encontrar su fin. Porque, junto al consumo de dichas sustancias, colaboradoras necesarias a la hora de dar la talla como raver que se precie, la otra característica fundamental de las rave es la de su duración. Como vivimos en época de Guinness, ya se han quedado muy cortas aquellas sesiones de fin de semana que conocieron su máximo esplendor durante finales de los 80 y principios de los 90 en la conocida Ruta del Bacalao. También durante aquellos años hubo un trágico suceso en Valencia debido al envenenamiento por estramonio, una mortal planta que por si sola puede valer para acabar la vida de quien lo consume sin preocuparse de que la dosis sea la “apropiada” y que, por supuesto, ve incrementados peligrosamente sus efectos al ser mezclada con el resto de drogas susceptibles asimismo de matar, aunque, por lo general, sea más bien poco a poco.
Desde que los análisis practicados a las dos víctimas del pasado domingo volvieron a poner al estramonio en boca de todos, la policía busca al asesino que, botella en mano, ofrecía la llamada hierba del diablo, higuera del infierno o revientavacas no sólo para que pague por lo que ha hecho, sino también para que nadie más caiga en su mortal trampa. Precisamente en la época en la que miramos con lupa el prospecto de las medicinas que nos despacha el farmacéutico, hay quien todavía se atreve a ingerir “alegremente” cualquier pastillita de colores imposibles o líquido procedente de verdosas y opacas botellas. Normal, por otra parte, porque a los camellos no se le exige todavía que junto a su mercancía presenten ese hiperdoblado papelito que se embute en las cajas de medicamentos para informar en varios idiomas de la posología, las interacciones o los posibles efectos secundarios de lo que se va a tomar. En todo caso, en plena efervescencia delirante tampoco habrá muchos que se vayan a preocupar por esas nimiedades. El despendole fiestero de las rave, por mucho que se enfaden los seguidores de ese culto a la intelectualidad que une decibelios con alucinógenos para que al cerebro no le dé por ponerse a pensar, es claramente un óptimo caldo de cultivo para que un descerebrado te ofrezca un traguito de estramonio y tú te lo bebas.
Es cierto, por otra parte, que normalmente no estamos tan familiarizados con el estramonio como, por ejemplo, sí lo estamos con el arsénico. No creo, por tanto, que ni aún en pleno viaje acústico y sensorial de una veraniega noche de experiencia rave, a uno le ofrezcan un trago de arsénico y este vaya y se lo tome. Y eso que el estramonio es tan viejo como el arsénico y hasta conoció épocas doradas en antiguas civilizaciones. Lo tomaban las adoradoras del dios Baco de la Roma Imperial durante su aproximación al éxtasis y en la Edad Media, corría entre brujas y hechiceros mientras celebraban sus particulares fiestas, de las que no sabemos su duración ni la música al ritmo de la que allí bailaban hasta que les pillaba la Inquisición. Por eso, al estramonio se le conoce también como la droga de las brujas, aunque en Estados Unidos se quedara a partir de 1676 con el nombre de hierba de Jamestown, en referencia a la localidad de Virginia en la que en esa fecha resultó intoxicado todo un regimiento de casacas rojas, quienes se atrevieron a incorporar la dichosa planta a su rancho acuciados por el hambre. Cuentan que se volvieron tan agresivos que no hubo más remedio que encerrarles para que no se mataran entre ellos y que, cuando los efectos alucinógenos pasaron después de varios días, ninguno de los valientes soldados recordó lo que había ocurrido.
Está claro que los amantes del rave tienen todo el derecho a defenderse e, incluso, a enfadarse con quien vincula la sustancia venenosa con su particular e insólita forma de ocio. Hay ravers que han decidido, por ejemplo, invitar a quienes hablan de ellos sin conocimiento de causa a que acudan a alguno de sus eventos. Una pena que ya no se pueda llegar a tiempo para asistir al que durante varios días ha invadido un bucólico pinar cercano a la localidad soriana de Molinos de Duero, cuyos vecinos ayer respiraban por fin aliviados cuando la Guardia Civil mandó a casa a los 3.000 asistentes que no les dejaban vivir con tanto “chunda-chunda”. Una pena, sí, que tenga que ocurrir lo peor para que se tomen decisiones.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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