Camacho, el juglar del Gran Capitán
viernes 26 de agosto de 2011, 21:27h
A mediados del siglo XVII, Granada celebraba su fiesta del Corpus Christi con la representación de autos sacramentales, certámenes y justas poéticas en la plaza de Bibarrambla, en la que los “cisnes del Genil” se batían el cobre poético. Los Mendoza y Benavides eran los juncales torerillos de la Triana de ahora. Entre ellos destacó el juglar Francisco de Trillo y Figueroa, que escribió el poema heroico y sonrojante panegírico del Gran Capitán, la Nepolisea, trufado de librescos y fabulosos periplos de don Gonzalo Fernández de Córdoba, ensalzado hasta rozar lo fantástico. Favor por favor.
Los juglares acompañan, glosan y muñen las loas del encomio que catapulta y doblega voluntades. La lira tiñe la realidad y transforma. Frente a los regímenes absolutistas y dictatoriales, la criminalidad gubernativa plantea un grave problema al Estado democrático de derecho. Lo curioso de nuestro país es que, perteneciendo a este modelo, más parece un sistema político en el que los súbditos fundamentan su opción ideológica en arraigadas convicciones colectivas y en la atrayente personalidad del “jefe” que en el raciocinio. Los estertores del 15-M suenan ya a lo lejos… y vuelve la tradición, la sucesión, la familia política, la casta y la resignación ciudadana.
Ocurre en las relaciones laborales (diría que incluso personales) y en los liderazgos políticos: a todo lo malo se acostumbra uno. Precisamente, si algo supuestamente debería funcionar en un Estado aparentemente racional-legal como el nuestro, es su capacidad de controlar el poder político a través de la sujeción de los gobernantes y sus corifeos a la legalidad. Para el ciudadano medio, los gobernantes deben pagar también por sus culpas, pero no se plantea si con una práctica política y judicial distinta, muchos casos de abuso de poder podrían prevenirse y evitarse: ¿cambios estructurales en el sistema? Ni idea, no sé de lo que me habla –contesta el votante–; pero que pague con su cabeza. La lógica expectativa es la de que quien incurra en comportamientos ilícitos será sancionado.
Si el Estado no satisface esta expectativa, como tantas veces ocurre, corre el peligro de perder su propia legitimación, nada menos que la razón por la que sus súbditos consideran que es justo o no obedecerlo. Así, el clima moral global de la sociedad es termómetro directo de la diligencia de sus gobernantes. A mayor Faisán volandero, mayor riesgo de revuelta. Pero no en España. La igualdad ante la ley y la confianza de los ciudadanos en los gobernantes es el binomio sobre el que descansa el Estado de derecho. Porque hay juglares que acompañan y todo lo maquillan con el maletín de la señorita Pepis.
Antonio Camacho ha sido Secretario de Estado para la Seguridad desde 2004 hasta su nombramiento como ministro de Interior el pasado 11 de julio. Jugando al escondite con los periodistas, ayer ha contestado que no piensa dimitir por su responsabilidad ante el monumental dislate del chivatazo a ETA y salga el Sol por Antequera: "Pidieron mi dimisión incluso antes de que ocupase físicamente mi despacho como ministro. Lo razonable es esperar un poco, ver cómo es la gestión y luego pedir la dimisión". Es lo razonable, esperar a ver si el juez Pablo Ruz lo implica en el caso y, mientras, que paguen el pato a la naranja carcelaria los subalternos. Todo un sosia “rubalcabiano” y que no haga desmerecer al modelo.
Se trata de uno de los casos más graves y vergonzosos de la historia política de un país: la cúpula de la policía procesada por un presunto delito de colaboración con banda armada. Las excusas que sus responsables filtran en los corrillos del hemiciclo son muchas. Por ejemplo, la de la especialización, merced a la cual un secretario de Estado puede perfectamente ignorar lo que hacen los inspectores a su cargo, y la rutina, que deriva en métodos de trabajo uniformes que desprecian los riesgos, pueden conducir a los excesos del sistema y a su corrupción.
Si la salvación del Estado es la suprema ley, si la razón de Estado y la defensa de los intereses públicos (la paz con ETA) conducen a la justificación del empleo de métodos contrarios a la legalidad… podemos llegar a la conclusión de que los gobernantes están desvinculados de la legalidad. Antonio Camacho, guardia de banderas ministeriales al que Rubalcaba le dio su porqué, es el juglar que tras comer en el mismo plato sigue velando la vigilancia de su héroe, bajo las heladas y desiertas bóvedas del Poder, mientras en el Congreso, el resto de partidos da un cuarto al pregonero y exige con mayor impaciencia una explicación al delirio del caso Faisán, trofeo y símbolo de una nueva forma –dicen los ultramodernos– de oportunidad política para acabar con el terrorismo. En mi pueblo a eso de avisar a los malos para que salgan corriendo lo llamamos delinquir.
Mientras, el juglar de Interior pone en los cuernos de la Luna a su gozoso predecesor cubriéndolo de lisonjas en la sesión de Control al Gobierno del pasado día 13… Son los fabulosos periplos que canta Camacho a su Gran Capitán en la particular Nepolisea del Faisán que ha escrito a varias manos el Ejecutivo. Favor por favor. Mientras, Zapatero, jefe del Ejecutivo y ulterior responsable del vuelo del ave galliforme, musita por los bajini aquello de “a mis soledades voy, de mis soledades vengo”.