Japón sin liderazgo político
sábado 27 de agosto de 2011, 01:34h
Acaba de dimitir el primer ministro de Japón, Naoto Kan, hasta ahora al frente durante poco más de un año de la tercera economía del mundo. No ha sido una sorpresa, dadas las serias amenazas que gravitan sobre la sociedad japonesa. En la mente de todos está el espantoso terremoto sufrido el pasado 11 de marzo y el posterior tsunami que azotó la costa noroeste nipona causando miles de muertos y destrozos de todo orden sin cuento. Siendo éste un hecho terrible que sobrepasó todas las previsiones y está ocasionando tremendos daños de toda índole en la población, las causas profundas de la desestabilización política en el País del Sol Naciente están más allá de los desastres naturales.
Antes del terremoto, Japón ya había acusado las consecuencias de la crisis financiera con una caída del 8,65 % de su Producto Interior Bruto (PIB). Igualmente, las autoridades japonesas habían permitido que su deuda pública llegase a ser la más elevada del mundo, alcanzando más del 210 % de su PIB, acompañada de una deflación y una revalorización de su moneda, el yen, que ha gravado sus exportaciones. Todas estas lacras ya habían hecho acto de presencia cuando la catástrofe natural del terremoto y posterior tsunami pusieron aún más en evidencia las carencias de la gestión política de Tokio.
Durante las jornadas que siguieron al desastre, la población japonesa dio una lección al mundo de disciplina, estoicismo y colaboración silenciosa ante una tragedia de tal magnitud. Pero esa sobriedad colectiva no debe confundirse con falta de capacidad crítica. Las encuestas demuestran que la población no ha proyectado ninguna frustración por la catástrofe natural contra su primer ministro, sino que ha tomado nota de su falta de liderazgo para hacer frente a los graves problemas que se venían acumulando. Quizá ahí se encuentre la cuestión última que lastra la vida pública japonesa. La agencia de calificación Moody’s rebajó hace unos días la nota crediticia de Japón debido a su endeudamiento, pero el análisis de la agencia mencionaba también algo más: la inestabilidad política de Tokio. Naoto Kan es el sexto primer ministro que dimite desde 2006, ninguno de los cuales pudo mantenerse en su cargo poco más de un año. La clase política japonesa vive una sorda guerra intestina que impide la modernización del país y desestabiliza, uno tras otro, todos los intentos de liderazgo. Como sucede en otras naciones –España, por ejemplo-, Japón necesita que su clase política supere los enfrentamientos de facciones y actúe con la altura de miras suficiente para alcanzar un consenso y un liderazgo estable, condiciones previas indispensables para abordar con éxito todos los demás problemas que le aquejan.