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Pádel, deporte nacional

sábado 27 de agosto de 2011, 18:47h
El pádel es un deporte joven, cuarenta años no más, que se practica sobre todo en dos lugares, Argentina y España. Aunque inventado por un mejicano, su promotor fue Alfonso de Hohenlohe, padre, entre otras cosas, del mito estival marbellí. Fue en uno de sus banderines de enganche, el Marbella Club, donde se construyó la primera cancha de pádel del mundo, y desde donde el juego iría extendiéndose a otros países, primordialmente suramericanos.

Los vínculos del pádel con la jet-set pueden dan lugar a confusiones. En primer lugar, la creencia de que se trata de algo refinado o elegante. Nada creado en los últimos años posee esas características y menos si tiene su origen en la jet-set, clase formada por recién llegados carentes de teología y geometría. Incluyo aquí, por supuesto, a sus émulos, el llamado pijerío, que son como los snobs del XIX, pero en versión inmobiliaria. Tampoco debemos incurrir en el error de asociar el pádel, deporte creado en una época que confunde la alta costura con la alta cultura, con el tenis, un juego que ya practicaban los patricios venecianos. El hecho de que en ambos casos haya que esgrimir una raqueta y que en medio de los contendientes haya una red constituye una mera coincidencia. Como se verá después, el verdadero adversario del padelero no es el rival con el que se enfrenta, ni siquiera él mismo, en el sentido del atleta que busca superarse, sino el compañero con el que comparte pista y con el que a veces, inevitablemente, tiene que perder.

Pero antes de hablar de esto, hagamos un poco de historia. Durante los largos años de la burbuja, gente que había blandido la soletilla y el palustre, enriquecidos repentinamente, se pasaron al palo de golf y la raqueta. Los exclusivos clubes de campo no tuvieron otro remedio que aceptar entre sus socios a tipos que habían salido de él y como eran tantos fue preciso actualizarse. Una de las cosas que se hizo para dar cabida a esta nueva gente fue sustituir las pistas de tenis por las de pádel. El propio tenis sufrió las consecuencias de estas mutaciones, y de juego caballeresco pasó a ser un deporte en el que se gime como en los burdeles, se hacen gestos simiescos de autoafirmación y en el que los vencedores festejan su triunfo arrojándose al suelo y agitando las extremidades como cucarachas del revés. Con todo, existen diferencias entre ambos deportes, aunque sea sólo por las dimensiones de sus canchas, una oxigenada, la otra opresiva como un ratonera de laboratorio, con sus paredones de ladrillo o de cristal. Un sociólogo perspicaz quizá viera en este estrechez ajedrecística en la que se baten los padeleros una metáfora de la falta de espacio típica de la sociedad de masas y de la era del pelotazo.

He dicho que el pádel es un deporte practicado sobre todo en Argentina y en España. Si se midiera su importancia en estos países no por la cantidad de espectadores que tiene, sino por la de sus practicantes, desbancaría sin duda al futbol como deporte rey. En otras naciones, Italia, Francia o Alemania, no ha logrado, sin embargo, ninguna adhesión. Esta es una cuestión inquietante. Los paralelismos entre españoles y argentinos van más allá de la propensión de su clase política al encanallamiento. De ambos pueblos podría decirse lo que dijo un discípulo de Offenbach al conocer la noticia de su muerte: "qué sorpresa se va llevar el maestro cuando se entere". Unos y otros, compartimos ese curioso rasgo espiritual que es estar siempre en otra cosa distinta de la cosa en que deberíamos estar. Los argentinos son americanos que se creen europeos y los españoles europeos que no se lo terminan de creer.

Pero abandonemos esta senda triste y hablemos de los padeleros. Existen dos tipos: los vivos y los boludos. Aunque aparentemente no haya diferencia entre ellos -la mayoría de los jugadores de pádel profesan el estilo Homer Simpson- se trata de dos variantes distintas de deportistas. Boludo es el tonto que cree que para ganar hay que ganar y que se comporta en la pista como un hoplita, corriendo y resoplando sin tregua. Vivo, en cambio, es el listillo que ha captado la esencia postmoderna de un juego en el que se trata, por encima de todo, de no perder.

De lo anterior se deduce que el pádel es un juego en el que sólo pierden los boludos, cosa que carecería de importancia si no fuera porque en cualquier pareja de boludos hay un responsable de la derrota, no necesariamente el peor jugador, y otro que se lo reprocha con acritud. Este es el motivo por el que los padeleros se encuentran siempre en conflicto con sus parejas, da igual que masculinas o femeninas, y que entre ellos se produzca un invariable cruce de acusaciones, una cosa chusca, estebanera, como de programa de máxima audiencia. Hasta qué punto no llegará la cosa que las pistas de pádel son ya uno de los lugares favoritos para la publicidad de psicólogos y abogados. No tienen más que acercarse a algún club antes de que acabe el verano y comprobarlo. Desde luego llama la atención cómo un juego puede encarnar tan bien el estilo de una sociedad acostumbrada a echar pelotas fuera y responsabilizar de sus males al otro.
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