www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Otra vez Almodóvar

David Felipe Arranz
martes 30 de agosto de 2011, 21:20h
Según la conocida teoría de la agenda mediática o agenda setting, postulada por Maxwell McCombs y Donald Shaw, la gente sólo conoce lo que los medios de comunicación ofrecen e ignora cualquier otra noticia que pudiera interesarle más; para los profesores de Carolina del Norte, según los medios den más importancia a una noticia o a otra, así lo hará también su público.

En España nos almorzamos y cenamos sin rechistar unas agendas mediáticas incomestibles y de vergüenza ajena que programan noticias y reportajes que van desde el estólido discurso del Rey que pergeña un negro falto de ingenio –eso sí, bien pagado– hasta los “grandes” acontecimientos futbolísticos que enardecen a las masas y concilian a más enemigos que una amnistía, pasando por los cetáceos varados cada verano en las playas norteñas, el pistoletazo de salida de las rebajas, el precio del marisco en Navidad o el imposible espacio meteorológico. Pedro Almodóvar y todo lo que lo rodea también forma parte de las páginas de esta tenaz agenda, y el espacio que ocupa en el imaginario colectivo hispánico gracias a la connivencia solícita de los medios determina, sin duda, el éxito que acompaña a cada una de sus cintas, por muy irregulares o bien dirigidas que estén: eso da igual.

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) fue una comedia negra genial y extraordinariamente dinámica que por primera vez exploró la intrahistoria de insatisfacción de las amas de casa. Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), nominada al Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa, supuso una bocanada de aire fresco para nuestro cine, que atravesaba, como la propia sociedad, una lánguida fase necesitada de estimulantes. Átame (1990) y La flor de mi secreto (1995) volvieron a poner de manifiesto en la década de los años 90 que el cineasta manchego tenía una mirada original y un universo propios, donde cabía la psicosis cotidiana.

Almodóvar supo fundir el esperpento valleinclanesco con la movida madrileña y entró con todos los honores en el canon cinematográfico hispánico; la gente comenzó a hablar de él cuando se refería al cine, como lo hacía de Luis García Berlanga, José María Forqué, Miguel Picazo, Francisco Regueiro, Juan Antonio Bardem, Joaquim Jordà, Gonzalo Suárez, Basilio Martín Patino, Mario Camus o Carlos Saura. Almodóvar coincidía en el tiempo con los últimos y competía —y compite— en los festivales internacionales con algunos de ellos, los referentes de nuestro cine, con el apoyo de Cannes y la crítica gala, a la que supo meterse en el bolsillo. A nadie medianamente crítico en sentido frankfurtiano se le ocurriría negarle ese extraordinario valor. Pero hasta ahí.

Ahora el mago Almodóvar pone en marcha una temporada más, coincidiendo con el arranque de la temporada de otoño, la poderosa máquina de la mercadotecnia, con motivo de su actual estreno que hace el número 18, La piel que habito, una película de intriga que supone un recio golpe de timón con respecto a todo su trabajo anterior y que debe mucho a clásicos del cine de misterio y de terror con trasfondo ético, como El coleccionista (1965), Ojos sin rostro (1960), de Georges Franju –una joya del cine europeo–, o la mejor película del hoy olvidado Jesús Franco, Gritos en la noche (1962), sobre el cruel trabajo de un cirujano plástico. Las hemos visto todas: La piel que habito no es nueva, ni siquiera el tratamiento lo es –la novela original de Thierry Jonquet, Mygale, tampoco–. Vera (Elena Anaya) es la “obra maestra” de un cirujano amoral (Antonio Banderas), igual que lo fueron las víctimas de los doctores Genessier y Orloff… y tantos otros.

Decenas de películas de calidad que esperan recibir un empujón, realizadas por formidables cineastas, como Isaki Lacuesta, José Luis Guerín o Enrique Urbizu, jamás formarán parte de esa repetitiva agenda que tanto nos gusta, en la que junto a las aburridas sesiones del Congreso figura, haga lo que haga, Pedro Almodóvar, el cineasta español más conocido en todo el orbe, y al que los medios tienden la alfombra roja: todas sus películas son igualmente notables, todas extraordinariamente interesantes y reveladoras. La publicidad disfrazada de hecho noticioso, en especial en la televisión, sigue funcionando y enfatiza y repite su retahíla, en ese zapping convulso de los hogares, para que los receptores presten la atención convenida: creado el escenario medio, la taquilla está asegurada.

Los espectadores del cine de Almodóvar son capaces de ir a pie y descalzos desde la Puerta del Sol a la China para ver sus largometrajes y defienden su cine a capa y espada. Muchas personas consideran que Almodóvar es una figura tan interesante que es patrimonio de todos los españoles, como lo es la Virgen de Covadonga, la música de Falla, los toros, el flamenco, una bailaora con peineta, Velázquez o la Giralda; en ese sentido, desde luego, es un embajador cultural de primer orden, porque España para los extranjeros, los progres y los carcas, ya es sangría, paella, jamón –o, como diría Bigas Luna, jamón jamón–… y Almodóvar.

Lo almodovariano, dicen sus defensores y estudiosos, es el arrebato y la sangre, el grito de angustia y el cielo de Madrid, lo vulgar dignificado por el llanto de un amor no correspondido; es, en definitiva, la metonimia hispánica y la alegoría castiza: para qué los libros de historia u otras muestras de nuestro cine, si en él se contiene todo. Se leen tesis, se dan conferencias y se escriben libros aquí y al otro lado del océano. Yo tengo hartazgo de Almodóvar y quiero que la televisión estatal que pago con mis impuestos me descubra a otros cineastas y que los genuflexos publirreportajes almodovarianos disfrazados de noticia que emiten esos telediarios que financio con mi sueldo dejen asomar la cabeza de vez en cuando a Benito Zambrano, Pere Portabella, Javier Aguirre o Mercedes Álvarez.

El director de Kika duerme tranquilo porque sabe que en la temporada de moda discursiva de este otoño se llevarán otra vez los chillones y mediáticos colores de su marca… y porque su fiel España se ha convertido en la piel que habita.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios