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El rave constitucional: ¡No hay cojones!

José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 02 de septiembre de 2011, 22:01h
Víctima de la efervescencia propia de la rentrée, confieso que preferiría pecar de frívolo, aprovechando la inmunidad de los últimos estertores de la canícula, para entretener con simplezas esta siesta interminable de España, elucubrando acerca de su “liga escocesa”, donde ya no reinan Florentino ni el “rojo vivo” Antoñito Ferreras, sino Mou, Special one, el dedo de Dios, el puto amo; del moreno albañil de Javier Arenas, que un año más ha vuelto del chiringuito marbellí de Benahavís más negro que el Kunta Kinte de Raíces; del blanco pajizo de Rubalcaba, más antiguo que Raffaella Carrà remasterizada, el único superviviente del Big bang capaz de hacer la fantasmada de interrumpir un mitin para cambiarle el ticket de la ORA a su Skoda; del embarazo doble superstar de Beyoncé y Soraya; de las ubres turgentes como amapolas de la ex nuera playboy de Gadafi, rica como un queso holandés, que esa sí que mola, la lola, lolita, lola; del topless supuestamente glamuroso de Carmen Lomana, eterna adolescente; de Ilse Uyttersprot, la alcaldesa belga aquejada de furor uterino, sorprendida por un turista video aficionado fornicando por la retaguardia como una mona loca en lo alto de un torreón del Palacio Real de Olite; o del último antojo de doña Cayetana, que acostumbrada como está a hacer siempre lo que le sale del trigémino, ahora se nos casa en plena pubertad, en una ceremonia que oficiará Curro Romero.

Pero desde la muerte de Chanquete, no está el país para alimentar con banalidades intrascendentes un veraneo que ni es azul ni está de humor para los inigualables folletines de Corín Tellado. Todavía no he recuperado el habla desde que casi me salta un ojo una portada del diario El Mundo del trece de agosto. Por un momento, envuelto todavía entre legañas, pensé que el kiosquero de Punta Umbría me había vendido “conjunta e inseparablemente” el Diez Minutos: «Habla el novio de la duquesa: Me emociona cuando me dice que me quiere». Quiero pensar que algún becario le coló en primera plana la “exclusiva” a Pedro Jota, ensimismado como ha debido de estar preparando el embarcadero de su chalé de Mallorca para que amarrase su yate Murdoch.

Ni era la reforma constitucional que necesitaba España, sino Alemania, ni el momento de acometerla, estando como están sus señorías en pleno descame, cambiando de piel como las serpientes, con el pie en el estribo de la montura del caballo. Pero no quedaba otra si el objetivo era que el Banco Central Europeo nos siguiera fiando a pajera abierta.

Dicho esto, no quiero que se me malinterprete equiparando el juicio de intenciones del arriba firmante con el último desbarre del diputado Llamazares, que como es sabido ha pedido dejarlo estar, como lo de Cuba, pues «para lo que nos queda en el convento deberíamos hacer un rapto de dignidad».

Esta modificación tan concreta de la Carta Magna es, a mi constitucional entender, inaplazable, visto que nuestros políticos necesitan sentir el aliento intimidatorio de un guardia civil de tricornio y cachiporra para que les disuada, vía acojone, de la tentación de seguir tirando de Visa pensando que el dinero público no es de nadie.

«La reforma es «chapucera pero necesaria», como sentencia con su habitual brillantez Jorge de Esteban, espejo donde debieran mirarse no sólo los juristas sino muchos periodistas, compañeros de profesión encantados de haberse conocido, que a menudo elucubran con la más gratuita de las ligerezas, pavoneándose de entender de todo más que nadie.

Pero no deja de ser un parche remendón, porque lo que tendrían que hacer socialistas y populares, si tuvieran cojones y no apéndices de silicona como es el caso, es aprovechar que se ha abierto el melón para meter el estoque hasta la bola. O ahora o nunca, pues me temo que no se van a ver en otra.

España no sólo está en deuda con Alemania, sino consigo misma. Y mucho más importante que el escenario económico es el político, razón por la cual lo prioritario, aunque también, no es haber montado este circo para recolectar tan poco fruto, sino aprovechar aunque no venga a cuento para cerrar de una puñetera vez el Estado de las Autonomías, como reclama un lúcido Anson aun siendo consciente de que predica en el desierto libio.

Con 318 votos, o sea, más de los tres quintos, si PSOE y PP se lo propusieran, no tendrían mayor problema. Como no lo hagan ahora que pueden (y no lo van a hacer), día llegará que la perpetrarán en sentido contrario y sin vaselina los exégetas de Pujol y Arzalluz, transfiriendo lo que queda de España a los imperios catalán y vasco. Por eso, me rulo de la risa contemplando al tal Duran y Lérida más irritado que un ciclista culón sin couloutte, interpretando el papel de dama ofendida, dolido con socialistas y populares por haber roto «el consenso constitucional».

Si Ferraz y Génova no van más allá introduciendo una cláusula anti-sanguijuelas, y además hacen causa común para derogar también el artículo 168, aun teniéndolo a huevo de avestruz, es porque ni PSOE ni PP pueden encabronar aún más de lo que ya están a los independentistas paletos catalano-vascongados, a quienes la idea de la insolidaridad interterritorial se la trae floja, y a quienes ambos tendrán que cortejar hasta arrastrarse para lamerle los zapatos si el 20-N no consiguen mayoría absoluta.

Hay que estar desesperado para preferir, en un imaginar hipotético, a un Rubalcaba con 350 diputados que a un Rajoy en minoría. Y este cronista confiesa estarlo, pues si para una segunda reforma constitucional hemos tenido que esperar 33 años, para cuando se plantease una eventual tercera, España, saqueada, ni existiría, visto lo visto tras las municipales, donde los caciques salientes de muchos ayuntamientos se han llevado hasta los pomos de las puertas, los rollos de papel higiénico y las escobillas del retrete.

Aceptada con resignación una suerte que ya está echada, no descarto que Alfredo, que se ha tenido que tragar el cazo con el sapo de la pinza ZP-MR, acabe encabezando la manifestación convocada por los sindicatos verticales del régimen contra la reforma de marras negociada en un plis-plás, coreando el cántico ¡No me queda otra! ¡Viva el 15-M! ¡Pena de hombre este Stéphane Hessel, activista centenario que ha venido a España a promocionar su nuevo bodrio-libro para borderline, y que ahora no sólo chochea por el PSOE francés sino que también babea por el de aquí.
Ruba no acaba de digerir el lapo que supone que este presidente tan calamitoso, fiel a su incompetencia hasta el final, se haya hincado de rodillas ante Merkel (ya que no le besó el anillo a Benedicto), accediendo a cambiar la Constitución como pidió Rajoy en junio del año pasado, provocando entonces el cachondeo burlón de prepotente sobrado del co-líder socialista, que como de costumbre se lo tomó a guasa.
Del tal Antonio Gutiérrez, mejor mentarlo sólo de pasada, porque es de aurora boreal. Hay que tener la quijada como la losa de la tumba del Generalísimo. Después de ser secretario general de Comisiones cuando la huelga general del 14 de diciembre de 1988 contra el plan de empleo juvenil de Felipe, y de haber vivido tan ricamente de la nómina de diputado socialista (a pesar de que en su último congreso al frente de CCOO, en 1988, llegó a asegurar que no entraba en sus planes la posibilidad de cambiar el sindicato por la política), ahora engola la voz y se pone estupendo, dándonos una lección de coherencia con los principios a costa de romper la disciplina de voto, como ya hizo cuando la votación de la reforma del mercado laboral. El tío se quiere jubilar sin esperar a la noche de los cuchillos largos del PSOE, que todavía está por llegar cuando se cierren las listas electorales. En fin: un listo que nunca ha dado la talla y que además ha sido un triste paréntesis entre el recordado Marcelino Camacho y José María Fidalgo.
José Antonio Camacho, presidente del Gobierno: «Habiendo como hay mil millones de chinos, digo yo que encontraré a once que sepan jugar al fútbol».
Ustedes me perdonarán, pero «me voy a tomar un café que me duermo». ¡Que Dios nos coja confesados!

José Antonio Ruiz

Periodista

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