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Exámenes de Septiembre

José María Herrera
sábado 03 de septiembre de 2011, 18:32h
Evocando cosas de juventud, un amigo católico que estudió en un colegio de agustinos y que recibió de ellos sus primeras nociones de teología, recordaba el estupor que le produjo saber que un hombre podía condenarse sólo porque la muerte lo atrapara en pecado. ¿Cómo es posible que Dios castigue con las penas del infierno a alguien que ha obrado bien a lo largo de toda su existencia y, en el último instante, tiene un desliz, y premiar en cambio con la gloria eterna al pecador que se arrepiente justo antes de que le sorprenda la parca? Aunque veía que el propósito de los frailes era poner de relieve la necesidad de obrar siempre con rectitud y de arrepentirse inmediatamente caso de no hacerlo, le costaba aceptar que Dios pudiera ser tan fariseo. Las palabras que empleó me hicieron gracia: “Dios no procede como afirman los curas, más bien hace una nota media.”

Ignoro cuál es la posición actual de la Iglesia frente a este espinoso problema, pero me consta que durante mucho tiempo estuvo mucho más cerca de la de mi amigo que de las de sus maestros. Los aficionados al arte recordarán un motivo de origen egipcio frecuente en los frescos románicos y luego abandonado, la psicostasis, el momento en que las obras buenas y malas de alma, representadas por un ángel y un demonio, son pesadas en una balanza. Hasta la época moderna los cristianos no vieron a Dios como un leguleyo que aplica maquinalmente un reglamento, una especie de inquisidor o de comisario político, sino como la Justicia misma, con lo que ello significa. “¿Justicia? Justicia ya tendrás en el más allá, en esta vida sólo cuentas con la ley”, empieza una novela de William Gaddis.

Teóricamente, cuando una persona incumple las leyes de la sociedad, debe pagarlo. La consecuencia del delito es el castigo. La idea de evaluación continua, de nota media, no existe en el ámbito jurídico. Sólo Dios es capaz de ver más lejos. La escuela es uno de los pocos sitios donde nuestros errores son reversibles. En último extremo siempre queda Septiembre.

Aparte el concepto de “convocatoria extraordinaria”, anterior a la reforma educativa, resulta curioso que no haya en la jerigonza pedagógica un término específico para designar los exámenes de Septiembre. A diferencia del programa de cada asignatura, que pasó a llamarse “diseño curricular”, el recreo, ahora denominado “segmento de ocio”, o la pizarra, “soporte material de contenidos”, los exámenes de Septiembre carecen de nombre propio. ¿Por qué no es así? A mí sólo se me ocurre una explicación, y es que habiendo sido ideado nuestro sistema educativo bajo el supuesto de la inaceptabilidad del fracaso, sus ideólogos ven con muy malos ojos ese tipo de repescas. Las han mantenido porque no les quedaba otro remedio, aunque si por ellos fuera no existirían. La alta estima en que tienen su visión pedagógica les impide creer en la posibilidad de que alguien desaproveche una enseñanza impartida de acuerdo con tales principios. El alumno septembrino es un baldón, cuya causa hay que buscar exclusivamente en la ineptitud del maestro, razón por la cual apenas se le nombra o lo hacemos empleando la vieja terminología académica.

Pero el fracaso existe, vive Dios que sí; existe como la ilegalidad, la injusticia y el mal. No haber contado con ello, o haberlo hecho con la boca pequeña, es uno de los indicios de la “burbuja pedagógica”, esa suerte de pompa educativa que nos ha colocado en la cola de todas las estadísticas. Igual que los bancos quebraron en la última década un principio ancestral, el de no prestar a los pobres; y los gobiernos olvidaron el abc de toda gestión, no gastar más de lo que se ingresa, los pedagogos han incurrido en los últimos años en el error de creer que es posible universalizar por decreto una buena instrucción. Ahora resulta, sin embargo, que la generación más preparada de la historia ni está preparada, en el sentido clásico del saber, ni sabe lo necesario para ganarse la vida, quizá porque se ha dado una importancia desmesurada a las exigencias eventuales de los mercados. Como dijo Lewis Mumford, “el humo es sinónimo de prosperidad y no importa si te asfixias con él”. Pero ya hemos hablado de esto otras veces y no es menester repetirse. Limitémonos hoy a animar a los desventurados que se examinarán estos días y recordémosles que, ocurra lo que ocurra, lo importante es participar.
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