RESEÑA
Stéphane Hessel: ¡Comprometeos! Conversaciones con Gilles Vanderpooten
domingo 04 de septiembre de 2011, 04:10h
Stéphane Hessel: ¡Comprometeos! Conversaciones con Gilles Vanderpooten. Traducción de Rosa Alapont. Destino. Barcelona, 2011. 96 páginas. 7’50 €
Stéphane Hessel saltó a la fama el año pasado gracias a un manifiesto: Indignez-vous. Se trata de un hecho insólito porque el manifiesto es un género juvenil y Hessel nació en 1917. A los noventa y tres años lo habitual es escribir memorias o testamentos. Para luchar por un mundo mejor están las nuevas generaciones. Hessel llamaba en aquel alegato a indignarse. Las conquistas sociales de las últimas décadas están en peligro. Cada día resulta más difícil sentirse orgullosos de un mundo donde prevalece la ganancia sobre la justicia. Ha llegado la hora de protestar. La indignación que un día movió a plantar cara al nazismo debe resurgir ahora si queremos variar el derrotero de las cosas. El nazismo era un adversario fácilmente reconocible. En el mundo globalizado de hoy resulta más difícil detectar a los enemigos del bien. Hessel supone que esa complejidad es la causa de la indiferencia de la juventud. No cuenta con la posibilidad de que las generaciones actuales acepten este mundo tal como es y que donde antes se decía “revolución” se diga hoy “evasión”. ¿Acaso es compatible el hedonismo, la consagración al presente, con los grandes compromisos morales?
Hessel es un intelectual de izquierdas. Durante todo el siglo XX el gran problema de los intelectuales de izquierda fue conciliar el ideal socialista con la libertad individual. La solución vino de las democracias liberales y del “estado del bienestar”, un modelo en el que lo esencial no era el reparto de la riqueza, sino su producción. Con la globalización aquel modelo parece amenazado. De pronto hemos descubierto que las conquistas sociales tienen un precio que tal vez no podamos pagar. El hecho es azorante, aunque hay una forma de mitigar la perplejidad que nos causa: atribuir su existencia no a nuestra forma de vivir y de pensar, sino al influjo de poderes que trascienden las fronteras nacionales y escapan, por ello, al control democrático.
Hessel parece haberse percatado de las limitaciones de su alegato y se ha apresurado a completarlo ahora con un nuevo librito, una serie de conversaciones con Gilles Vanderpooten tituladas ¡Comprometeos! Ya no basta con indignarse, hay que comprometerse. Si ¡Indignaos! concluía con esta frase: “Crear, es resistir. Resistir, es crear”, ahora “no basta con resistir, debemos crear”. A nadie debería extrañarle este giro porque la indignación es improductiva si no afecta a la esencia del poder y el poder, tal y como hemos visto, no se encuentra localizado en ninguna parte.
¿Cuál es el compromiso que sugiere Hessel? No, claro, organizar ninguna revolución, ni tampoco emprender acciones violentas contra un mal ubicuo e ilocalizable, sino un cambio de actitud. Los ciudadanos deben exigir a los gobernantes que busquen la cooperación entre las partes, el entendimiento de los países, la fraternidad universal. Hessel ha trabajado en la ONU y aunque sabe que ésta no ha resuelto los grandes problemas de la humanidad, el hambre, la pobreza o el expolio de los recursos naturales, no duda en presentarla como modelo de lo que debemos hacer. Una regulación de la actividad económica a nivel global que no favorezca a los ricos a costa de los pobres, que mire por el planeta y las generaciones futuras, es, asegura, la única vía para salir del atolladero. El compromiso con la justicia de los ciudadanos obligará tarde o temprano a los gobiernos a obrar de la misma manera. Y tiene razón, sin duda, aunque ni más ni menos que un chiquillo cuando responde al maestro que lo mejor para acabar con la guerra es la paz.
Por José María Herrera