desaparecido y no vencido
Gadafi ya es el "enemigo público número uno" mundial
lunes 05 de septiembre de 2011, 09:14h
Comparado con el autócrata libio, Osama Ben Laden era un simple visionario, un millonario excéntrico que jugaba a ser ideólogo revolucionario con el arma del terror. Gadafi tiene a su favor la experiencia de cuatro decenios de sórdidas maniobras en el escenario internacional; ha sido capaz de salir airoso en una jungla de intrigas, de ajustes de cuentas; ha sobrevivido a intentos de asesinato, a golpes internos, a traiciones de parte de sus camaradas del Consejo Revolucionario que derrocó al rey libio IdrissSenussi en septiembre de 1969.
Ben Laden sólo mantuvo relaciones con la CIA y los servicios secretos saudíes, y quizás con los de Pakistán, aliados de ambos. Esa fue su “carrera profesional”. Mientras que Gadafi, en su larga trayectoria a la cabeza de la Yamahiria libia, no sólo tuvo ocasión de tratar con los principales servicios secretos occidentales, la CIA y el FBI norteamericanos, el MI5 y el MI6 británicos, la DGSE francesa, el AISI y el AISE italianos, el BND alemán, el CESID español, el MOSSAD israelí, sino también con todos sus homólogos del Este, KGB y GRU rusos o sus herederos, la STASI alemana, el MSS chino. Y por supuesto con todos los servicios de espionaje y contraespionaje de los países árabes y africanos. Gadafi los conoce a todos, ha trabajado con ellos, ha hecho contratos, firmado acuerdos, comprado y vendido información, entregado y recuperado traidores. No es un “iluminado” que se esconde en las montañas de Afganistán, sino un sátrapa que ha frecuentado las oficinas y las cloacas más sórdidas del mundo.
Pero quizás lo peor en este escenario del repliegue y fuga del dictador, es su ansia infinita de venganza, y los medios de que dispone para hacerla. Nadie sabe exactamente de cuanto arsenal dispone aún el dictador. Ni sus más cercanos colaboradores estuvieron nunca al tanto de todos los escondites de armas, de las cuevas de municiones, de los depósitos secretos de material biológico y químico. Se sabe o se sospecha que lo tiene, pero no dónde.
Libia posee una superficie de casi 1.760.000 kilómetros cuadrados. Es decir, más que España, Francia y Alemania juntos. La mayoría del país es desértico y despoblado. Occidente necesitaría colgar en su cielo una docena de satélites espía durante meses o años para poder controlarlo. Gadafi puede utilizar cuevas naturales o disponer de búnkers construidos en sus largos años de monopolio del poder que alberguen suministros para esconderse mucho tiempo.
Pero quizás lo que más comienza a preocupar en los servicios de inteligencias occidentales, es su escudo protector africano. Gadafi no sólo pagó un ejército de mercenarios originarios de los países del entorno, sino que en sus años de esplendor ayudó a formar los servicios de seguridad de una buena parte de países africanos leales: Níger, Mali, Burkina Faso, Mauritania, Liberia, Costa de Marfil, Centroáfrica, Uganda, Sudán. Muchos de los actuales dirigentes de estos y otros países del continente deben su supervivencia al dinero del dictador libio y a la protección que les ha garantizado los servicios especiales de la Yamahirya.
Si Ben Laden fue presentado en su tiempo, aunque de manera algo exagerada, como un peligro para el mundo musulmán y en particular para los eslabones débiles como Afganistán, Iraq, Egipto o Argelia, Gadafi es un peligro mucho más real y concreto para medio continente africano, para todo el Magreb y los países de Oriente. En sus largos años de dictador se enemistó con los Palestinos, incluso con las facciones más radicales, con los Iraníes, los Sirios, los Argelinos; pero nada impide que ahora, en su ocaso como líder popular, se transforme en un mecenas protector de quienes están siendo contestados por sus pueblos, y se embarque en una cruzada nihilista de política de tierra quemada.