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Cazador blanco, corazón negro

lunes 05 de septiembre de 2011, 21:36h
Sudáfrica es, desde la semana pasada, un hervidero de ciudadanos enfurecidos. El motivo de la indignación popular no es otro que una foto aparecida en Facebook y que, en cuestión de minutos, saltó a las portadas de la prensa internacional.

En la mencionada foto se puede ver a un joven blanco, con pinta de abusón de colegio y una siniestra sonrisa de orgullo cruzándole la cara, con el cuerpo inerte de un niño negro descansando a sus pies, cual trofeo de caza.

Tras una semana de investigaciones policiales, todo parece apuntar a que la foto fue realizada en tono de broma y que el niño no está muerto realmente, sino que se le pagó para posar de esa guisa y complacer así el extraño sentido del humor del cazador. Lejos de disipar dudas, esta información plantea aún más interrogantes: ¿una foto es, simplemente, una foto? ¿Hasta qué punto es punible subir a una red social una foto de este estilo? Y, sobre todo, ¿qué clase de macabro sentido del humor es ése?

Por momentos, el impacto de la foto del cazador recordó a la polémica vivida a mediados de los años noventa a raíz de la famosa foto del sudafricano Kevin Carter, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1994. En dicha foto se puede observar a una niña sudanesa de escasa edad, tratando de ponerse en pie, mientras un amenazante buitre acecha a escasos metros detrás, esperando en la retaguardia el desplome definitivo de la niña. La foto, publicada en el New York Times, indignó sobremanera a los lectores, cuyas reiteradas llamadas y quejas consiguieron que, por primera vez en la historia, se publicara, días después de su publicación, una nota aclaratoria del director del periódico explicando qué había ocurrido con la niña y el buitre de oscuras intenciones. Carter, por su parte, consiguió el prestigioso Pulitzer con esa foto. Dos meses después, se suicidó.

El boom de las redes sociales y la sofisticación de los teléfonos móviles ha dejado al descubierto una realidad inquietante: tenemos un sentido del humor de lo más siniestro. Circulan por Internet numerosas fotos y grabaciones en este sentido: palizas a compañeros de pupitre, indocumentados practicando balconing, humillaciones a vagabundos o vejaciones a colegas de trabajo.

Sin ir más lejos, el abajo firmante pudo comprobar in situ, durante un viaje reciente, cómo unos jóvenes británicos se grababan practicando el denominado eyeballing, último grito, por lo visto, entre la juventud anglosajona, y que no es otra cosa que beber por los ojos - literalmente por los ojos- para conseguir un estado de embriaguez de forma inmediata. No se requiere la especialidad de oftalmología para darse cuenta de cuán aberrante es la genial idea en cuestión. Mi cara de incomprensión ante la surrealista escena debió ser notable, ya que uno de los miembros de tan ilustre grupo, se acercó y me explicó, con todo lujo de detalles, que su elaborado plan (aparte de abrasarse las retinas) era subir el vídeo a Youtube para, cito textualmente, “pasar un buen rato viéndolo con los amigos”.

Tarados y majaderos siempre hubo y habrá. De eso no hay duda. Sin embargo, lo que sí supone una novedad es la ingente cantidad de documentación existente dejando constancia de las distintas peripecias, ocurrencias y tropelías de tipos como el cazador de la foto.

Kevin Carter, abrumado por la repercusión de su foto, se metió en su coche y se suicidó. No se espera eso mismo del cazador, dado que para semejante resolución se requiere un mínimo de estómago.

Un estómago del que demostró carecer el cazador blanco con corazón negro en el preciso instante en el que compró la dignidad de ese niño.

Por no tener, no tuvo ni valor para apretar el gatillo.
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