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¿Quién recogerá el Premio para los Héroes de Fukushima?

miércoles 07 de septiembre de 2011, 21:22h
Pocas veces existe tanta unanimidad a la hora aplaudir la concesión de un premio como la surgida ayer al conocer que han sido los llamados Héroes de Fukushima quienes han merecido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2011. Muy pronto la embajada japonesa en Madrid se veía obligada a contestar al interrogante, bastante prematuro en todo caso, que muchos habían empezado a hacerse nada más conocer la noticia de que la candidatura presentada por Josep Piqué, Presidente de la Fundación Consejo España Japón, era la ganadora. ¿Quién sería el representante de estos héroes anónimos encargado de recoger el prestigioso galardón en Oviedo?

La misión diplomática aseguraba, después de expresar su agradecimiento por lo que consideraban “una sorpresa agradable”, que dicho honor recaerá casi con total seguridad en el nuevo embajador que sustituya al actual, Fumiaki Takahasi, en vísperas de dejar su cargo en Madrid el próximo mes de octubre. Lo cierto es que para una sociedad como la japonesa, en la que prima el grupo sobre el individuo y se acepta la adversidad como algo natural, la enorme admiración que desde todo el mundo empezó a expresarse en relación con estos hombres nunca ha llegado a comprenderse del todo. No, desde luego, de la forma en que lo vemos en Occidente y la mejor prueba de ello es que no conocemos sus caras, ni siquiera sus nombres. No hemos visto a sus familias arropadas por las autoridades ni se han publicado sus biografías. Son escasísimos, incluso, los testimonios de familiares o amigos de los héroes que, en todo caso, se limitaban a desear un final feliz a la complicada “aventura” porque ello conllevaría, por otra parte, el correspondiente final feliz para todo el país y, ya de paso, para el resto del mundo.

Por su parte, el resto del mundo lo que empezó a hacer enseguida fue mirar con lupa todo lo que procedía de aquellas lejanas tierras y a medir, a veces con profunda paranoia, las distancias por aire, por tierra y por mar que nos separaban de Japón. Hoy esa alarma a que el desastre de Japón llame a la puerta de nuestras casas ya ha desaparecido. Al menos, para la gran mayoría. Nos queda la admiración, en general, hacia ese pueblo de rostro contenido y conducta serena y, en concreto, por los héroes de Fukushima y su épico sacrificio durante aquellos días en los que el mundo entero vivía pendiente de sus avances en la desigual batalla que libraban para enfriar los núcleos. Queda también el miedo de muchos a viajar a Japón. El ejemplo más mediático es el de las negativas que han venido expresando durante todo el verano la mayoría de los pilotos del Mundial de MotoGP a participar en la cita retrasada del circuito de Motegi, situado a menos de 120 kilómetros de Fukushima, el próximo 2 de octubre. En ocasiones resulta tan complicado distinguir el miedo de la precaución que tampoco parecen del todo aceptables las “recomendaciones” o incluso amenazas de sanción por parte de las escuderías niponas a sus pilotos, si al final deciden no ir.

El grupo que hoy conocemos como Héroes de Fukushima empezó llamándose Fukushima 50 por el número de trabajadores de la planta propiedad de TEPCO que en un primer momento se quedaron después del tsunami, poniendo en riesgo sus vidas para evitar el mal absoluto a todo su pueblo. Las circunstancias, que parecían agravarse día a día, obligaron entonces a contar con más personal que permitiera que aquellos primeros 50 hombres pudieran descansar un poco de los inagotables turnos de doce horas, soportando temperaturas muy altas bajo pesados trajes que casi les impedían moverse y alimentándose a base de una dieta compuesta por 30 galletas y un zumo para el desayuno y carne de lata, para la cena. En las escasas comunicaciones que mantuvieron con sus familias todos coincidían en describir aquello como el infierno. Y, de repente, se necesitaban voluntarios para compartirlo. Fueron llegando ingenieros, bomberos, policías y ex trabajadores de la compañía y el grupo pasó a tener más de 200 miembros. Quienes primero se ofrecieron para bajar a las entrañas de fuego y salvar al mundo del dragón nuclear fueron, precisamente, estos últimos, los antiguos empleados de la central que ya gozaban de su merecida jubilación y que, realistas y serenos, se consideraban como los mejores candidatos para meterse de lleno en el averno nuclear. Su razonamiento: la edad jugaba a su favor para intentar burlar a los daños producidos por la radiación en el organismo a largo plazo. A lo mejor, no llegaría a tiempo para causarles una grave enfermedad antes de que la naturaleza impusiera su inquebrantable ley, esa que para todos, antes o después, valientes o cobardes, es siempre igual. Un pensamiento cargado de heroicidad para la sociedad occidental, que a eso del sacrificio nunca le ha visto ni intuido la gracia, pero que enseguida empezó a comentar con incredulidad, especialmente en las redes sociales. La nieta de uno de esos liquidadores jubilados dijo que sí, que claro que estaba orgullosa de su abuelo, aunque, sobre todo, lo que estaba era sorprendida de la fuerza que había encontrado el hombre repentinamente para meterse en aquel lugar infrahumano, cuando en casa hacía ya algunos meses que no era capaz de realizar muchas de las tareas cotidianas.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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