La cruzada catalanista contra la lengua española
miércoles 07 de septiembre de 2011, 21:37h
Por fin: un auto del TSJC da a la Generalitat dos meses de plazo para hacer del castellano o español lengua vehicular en las escuelas. El catalán o valenciano, en situación de bilingüismo social allí donde se habla, es la legua habitual de 4,4 millones de hablantes y según el Instituto de Estadística de Cataluña, poco sospechoso de proselitismo hispanófilo, el español supera al catalán como lengua materna y de identificación.
La lengua española la hablan entre 400 y 450 millones de personas en todo el mundo y aporta el 16% del PIB español, que conlleva un efecto multiplicador en los intercambios comerciales y en los flujos migratorios. A pesar de las evidencias de uso y de la situación de natural bilingüismo alcanzado por la sociedad catalana, la cruzada nacionalista contra la lengua de Cervantes ha incurrido en una triste deriva de exclusión del castellano desde 1983, cuando el Parlamento catalán aprobó la ley que establecía claramente que el catalán se convertía en lengua vehicular de la educación, teóricamente, sin perjuicio de la otra lengua cooficial, el español.
La sentencia 337/1994 daba vergüenza ajena al considerar que el catalán “en atención al objetivo de la normalización lingüística en Catalunya, sea el centro de gravedad de este modelo de bilingüismo”, como si la lengua fuera un asunto de reglamentación y no de uso. Además, al recurrir al símil, los jueces de dicha sentencia mostraron su ignorancia soberana en materia de física, pues el centro de gravedad en un cuerpo es precisamente el punto respecto al cual las fuerzas que la gravedad ejerce sobre los diferentes puntos materiales que lo constituyen dan un momento resultante… nulo. Desde luego, grave era esta medida, a pesar de que indicaba que se aplicara esta resolución “siempre que ello no determine la exclusión del castellano como lengua docente de forma que quede garantizado su conocimiento y uso en el territorio de la comunidad autónoma”, algo que no ha ocurrido.
Otro capítulo que entrará por derecho propio en la historia universal de la infamia fue el que tuvo lugar cuando el Gobierno catalán creó una la ley de Educación de Catalunya (LEC) en 2009 que incluía una disposición transitoria que evitaba aplicar un decreto ley que el Ministerio de Educación se vio obligado a promulgar por la situación de desamparo del español en la enseñanza catalana, cuando ordenó ampliar una hora semanal la enseñanza de castellano. El enfoque excluyente nacionalista hacia la lengua española parte de una falacia: que se tenga que enseñar como si se tratase de una lengua extranjera, cuando es lengua natural. Es de toda lógica que una lengua nativa sirva para enseñar; el colmo del absurdo es que se estudie como “lengua extranjera” o “segunda lengua”.
Artur Mas se ha encontrado la china en su zapato catalanista, recién inaugurado su gobierno, y tiene 60 días para sacársela; nos alegramos infinito por ello, junto al anónimo poeta del Cantar de Mío Cid, Gonzalo de Berceo, Alfonso X el Sabio, el Arcipreste de Hita, Garcilaso de la Vega... y Ramón Llull, mal que les pese a Mas y a Carme Chacón, emblemática por su opacidad, que enarboló eufórica el pasado mes de septiembre la causa del modelo de inmersión lingüística del catalán, llamando incluso al desacato: guerra al español. Ahora se suma a la defensa de la inmersión el ministro de Justicia, Caamaño, hombre zapateril de pensamiento light.
Ante la nueva sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, los partidos separatistas, que utilizan las lenguas como armas arrojadizas e ignoran su funcionamiento, han puesto el grito en el cielo. La última memez la ha soltado el líder de CiU, Duran i Lleida, que afirma que no se modificará el actual sistema de inmersión y que el gobierno catalán presentará los recursos judiciales correspondientes contra el auto, que atribuye ideológicamente al Tribunal Supremo, una soberana mentecatada.
Toda esta colonia de parásitos que vive de la sopa boba de las subvenciones de los partidos políticos y que no han escrito una obra literaria jamás –Dios guarde porque así sea–, aducen como razón de sus reivindicaciones lingüísticas al padre del catalán literario a Ramón Llull (1232-1315), denominado ahora el Dante catalán, mientras que la realidad es que el grandioso escritor, polígloto y místico del Mediterráneo era partidario del plurilingüismo, de adaptar la lengua a la demanda social concreta de la comunidad donde iba dirigida su obra. Es decir, el escritor apostaba en firme por el diálogo con personas de otras religiones diferentes a las cristiana, precisamente para encontrar los puntos en común y no las divergencias, ésas que a los nacionalistas melancólicos produce suma delectación. El prodigioso autor mallorquín y autor de ese monumento literario que es Blanquerna (1283), que llegó a expresarse en una lengua neolatina, escribió también en árabe y latín.
No deja de resultar irrisorio que los nacionalistas, de una espesa ignorancia en materia lingüística manifiesta, se refieran a un modelo de concordia como fue Ramón Llull para defender su cerrazón, quien podría decir de los actuales dirigentes como en su Vita coetanea que “no poseían el saber suficiente, ni siquiera la gramática, a no ser una parte mínima”. El vivo retrato de los próceres patrios, más de 700 años después.