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El descrédito sindical

jueves 08 de septiembre de 2011, 01:05h
La manifestación convocado por la Unión General de Trabajadores (UGT) y Comisiones Obreras (CCOO) contra la reforma de la Constitución ha sido decepcionante… para las centrales sindicales. Veinte mil manifestantes en Madrid, según los organizadores –solo cuatro mil, según la agencia Efe- y no más de cinco mil en Barcelona según la guardia urbana. Realmente insignificante si tenemos en cuenta que fue convocada junto a doscientas asociaciones civiles, contó con la presencia de los líderes sindicales y de Izquierda Unida y la colaboración irónica del Movimiento 15-M, que les recibió en Madrid con una pancarta cuyo texto rezaba: “Sindicatos, gracias por venir…tarde”. En Barcelona el 15-M se antepuso a la cabecera sindical con otra pancarta donde se leía: “CCOO y UGT, hermanos del PSOE y del PP”. Todo lo cual aderezó con un toque surrealista el fiasco sindical.

Con independencia del acierto o no del fondo de la cuestión, de la convocatoria se pueden extraer muchas conclusiones, entre lasque destacan dos muy significativas. Sobre todo que el sindicalismo ya ha anticipado su estrategia para 2012, cuyos mecanismos comienza a afinar ahora y que se presume estarán basados en protestas y movilizaciones permanentes ante cualquier medida de reforma que altere en lo más mínimo su “statu quo”. Nadie duda de que habrán de tomarse decisiones difíciles, en ocasiones dolorosas o impopulares. Ante las últimas reacciones sindicales no es descabellado pensar que se recurrirá a toda clase de demagogia que les proporcione protagonismo, poder e influencia política que sustituya a la de los partidos de izquierda, si la quiebra electoral de éstos, que avanzan los sondeos, finalmente se consuma.

La falta de altura de miras y el recurso demagógico quizá pudiera provocar cierto grado de agitación puntual. Más aún si la Administración que gobierne tras las próximas elecciones generales da traspiés en las formas o en el fondo de las imprescindibles transformaciones que es imperioso llevar a cabo. La manifestación contra la reforma constitucional, sin embargo, apunta a una segunda conclusión de mucho más calado. La irrelevancia de la movilización conseguida puede ser un anticipo de la irrelevancia hacia donde se dirigen las propias centrales sindicales si persisten en el camino emprendido. La ciudadanía no es tan miope como para que no haya percibido que los grandes sindicatos han permanecido mudos ante despilfarros cuyas primeras víctimas han sido los trabajadores y solo han realizado protestas formales –en buena medida retóricas- ante el paro sangrante que mes tras mes, año tras año, ha incrementado sus cifras. Esa misma ciudadanía ha comprobado como las organizaciones sindicales han pasado del silencio a grandes alborotos por cuestiones secundarias, según el color de los gobernantes en autonomías y ayuntamientos y según les afecte o no a sus intereses de poder como institución.

De ahí proviene parte del descrédito sindical que se palpó en la falta de respuesta a sus llamamientos en las calles de nuestras ciudades. Otra gran parte de su descrédito –probablemente la mayor- se debe a cómo la opinión pública española percibe cada vez más a los grandes sindicatos como entidades burocráticas apacentadas por las subvenciones del Gobierno que se van quedando anquilosadas ante los cambios sociales y trasnochadas en sus respuestas. En realidad, los sindicatos españoles son un vestigio del antiguo régimen corporativo que apoyan una legislación del mercado de trabajo de inspiración mussoliniana, cerrada e inflexible que penaliza a los jóvenes sin trabajo. Lo que en el pasado pudo ser un acicate para la modernización, hoy se convierte, cada vez más en una rémora. Para pervivir, el actual sindicalismo necesita aferrarse a un modelo de mercado laboral abocado por la fuerza de los hechos a desaparecer. Estamos ante un sindicalismo anticuado cada vez menos útil a la vida económica y a los trabajadores que dice representar. ¿Para cuándo su independencia y modernización? La Constitución proclama a los sindicatos como interlocutores sociales. Sí, pero, por favor, otros sindicatos a la altura de los tiempos.
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