¿Está Europa en decadencia?
viernes 09 de septiembre de 2011, 21:18h
Las revueltas de agosto en Londres, los vaivenes de la economía europea, la tensión continua por el rescate financiero de Grecia, la difícil balanza de pagos en Portugal y la amenaza constante del desequilibrio español cargaron las tintas de comentaristas internacionales sobre la situación actual de Europa y su futuro. Al leer un artículo del mismo mes en la revista Time sobre la decadencia de Europa “y tal vez de Occidente”, añadía entre paréntesis como subtítulo, recordé una charla sustanciosa con un economista de la Universidad de Harvard mientras viajábamos de Boston hacia Vermont. Aún no se había creado el euro y el cambio del siglo XX al XXI estaba en puertas.
Le pregunté a Hendrik S. Houthakker, profesor de economía política, si Estados Unidos veía bien la posible fusión de Europa en un único estado y la creación de una moneda única. Se hablaba entonces de esto último con mucha insistencia. La Unión Económica Europea era un socio imprescindible para su país y un aliciente para la economía mundial, pues el común intercambio de posiciones políticas, estrategias e intereses financieros favorecería la movilidad de capitales y el entendimiento con América Latina, Asia y África. En este punto entraba de algún modo España, especialmente por la frontera africana y la tradición histórica de nuestro país con América del Sur.
Insistí en cuál sería la actitud de Estados Unidos ante una Unión Europea concebida también como un único estado federado o confederado. Y aquí la conversación se desvió un tanto hacia el fondo histórico de los países del viejo continente. Estamos convencidos, me decía, de que, aunque la coyuntura social inclina a Europa hacia un centro de entendimiento común, y a pesar de las diferencias históricas entre los países que la forman, estas seguramente no convergen en un estado único. Al insistirle un poco más desde la ilusión que existía en esos momentos en Francia y Alemania, fundamentalmente, y la expectativa que se notaba en España, pero no tanto en Inglaterra, me dejó entrever que este tipo de conjunción política entre los principales países de Europa no entraba en los cálculos americanos. ¿Razón? Las diferencias apuntadas renacerían de uno u otro modo al cruzarse los intereses y Europa no podría desviarse de la orientación occidental común con Estados Unidos.
Nos detuvimos a comer en un restaurante típico americano de las autorrutas. Aún recuerdo el largo y flamante filete que comí junto a una ventana abierta a prados inmensos con horizonte de pinos altos que enfilan el cielo.
-No, Estados Unidos no considera esa posibilidad. Existe una orientación común, Asia, y esta pronto se volverá también hacia África de modo más decidido.
-¿Quiere decir usted que Europa debe seguir el punto de mira americano?
-No exactamente, pero no podrá prescindir de una mirada también común.
La conversación varió por otros derroteros no sin antes comparar la carne y las legumbres que comíamos con el interés europeo por los productos agrícolas y la alimentación. Ahí coinciden las dos orillas del Atlántico.
Desde aquel día, me queda aún duda sobre la verdadera opinión americana de entonces y ahora sobre el futuro europeo. Una Europa sin América sería inconcebible, pero Estados Unidos ya miraba más a Oriente que a la vieja Europa.
Volví a recordar esta conversación con el profesor de Harvard cuando, algunos años después, le oí decir al entonces presidente español de Gobierno, José María Aznar, que Europa estaba cansada, en declive, y sus intelectuales en franca decadencia desde la revolución estudiantil de mayo de 1968. La palmadita que el presidente George W. Bush le dio en la espalda al dignatario español poco después, cuando lo recibía en la Casa Blanca, me quedó fija al verla en televisión. Me vino a la mente el recibimiento que los romanos hacían a los gobernantes de países con los que pactaban fronteras o tributo para no ser expoliados. La bienvenida era todo un programa de futuro.
El artículo precitado confirma aquellas previsiones de la mente americana. El viejo orden europeo está en crisis y encuentra serias dificultadas para rehacer la economía que soñó soberana y cuya crisis amenaza ahora con disolver la ilusión creada desde antes de la segunda mitad del siglo XX. Lo peor es que no se adivina un nuevo camino. Europa crea además incertidumbre en los países que confiaron en su unión y relanzamiento de la economía mundial. El país más inquieto es China debido a que ha comprado abundante deuda pública de Estados Unidos y Europa. Puede quedarse con el papel mojado de los bonos entre los dedos. Y esto sí que encendería la línea roja de las relaciones internacionales. Sus consecuencias serían incalculables.
Europa depende más que nunca de Estados Unidos y España es ahora mismo la espina clavada en el talón de Aquiles europeo. Se mueven cantidades ingentes de dinero de una zona a otra mientras se le aprieta el cinturón a los ciudadanos, se incrementa el paro desconsideradamente y los bancos, sus amigos financieros, compran parte de la deuda emitida por el Estado, al tiempo que restringen los intereses y aumentan el cobro de servicios a sus abonados.
Si el viejo orden declina, otros aprovechan para crear uno nuevo con las miserias que aquel deja en los barrios de las grandes poblaciones europeas y entre los parados españoles. La nueva derecha quiere ser el contrapeso en Francia y parte del norte de Europa de la caída de Occidente. Sus argumentos penetran en las conciencias de muchos europeos. Los inmigrantes actuales son en mayoría gente sin raíces o las tienen muy arraigadas. Unos y otros coinciden a acribillar, mientras puedan, la sombra de una historia que colonizó, esclavizó, mató a muchos de sus antepasados y se hizo con los bienes productivos que permitieron el esplendor de la grandeza europea. Las revueltas de agosto en Londres y antes en Grecia testimonian la violencia de jóvenes sin antecedentes paternos, desorientados, sin nada que perder ante el peligro y con rabia en los dientes de abatir el trasfondo de la imagen con que los domeñan. Basta fijarse en las emisiones deportivas, los videos-clips en tiendas, restaurantes, salas de juego, la continua opción de un deporte pasivo que siguen en las televisiones con marcas y músculos bien acuñados, etc. Imágenes trucadas, “blips” continuos, violencia de todo género, primeros planos agresivos o rostros intensamente iluminados, banales, de la moda, posturas, gestos, tatuajes, miradas en connotación sexual continua, signos deícticos que crean una sociedad histérica, agresiva, sin ningún fondo de valores que despierte lo que Europa siempre vio dentro de los hombres. Una religión idiota del consumo. Tal es la imagen pública de Occidente para la juventud.
El orden nuevo europeo, la derecha reagrupada, pretende ponerle marco a esta imagen desaforada del consumo rápido de secuencias vitales. Para ello, reinventa la política de bloques. Por un lado la banca judía de América, es decir, casi todo Estados Unidos, sus intereses en Oriente Medio y en pleno pulmón europeo; por otro, las inversiones musulmanas del petróleo en ambas partes, pero que aquí favorecen una orientación euroislámica con pretensiones reivindicativas, cuyo centro sería España; por otro más, China, cuyo capitalismo de estado comunista desconcierta y atrae al mismo tiempo. Y finalmente, los restos de la Europa declinada, y no precisamente en alternancia casual de lengua latina. Urge ir al fondo de la cuestión.
A Estados Unidos no le inquieta demasiado China por el hecho de que el papel de los bonos puede evaporarse. Esto induciría a que el capital chino se asentara en Occidente mediante nacionalizaciones de sus propietarios. Además, la situación interior del continente asiático es un polvorín que puede estallar en cualquier momento, como sucedió con la primavera árabe. China puede dividirse en dos, tal vez tres partes. La zona africana de Oriente Medio despertó con el color del nuevo presidente americano en la Casa Blanca. Era hasta cierto punto lógico suponerlo. Barack Obama representa el triunfo universitario de la emigración musulmana en América y abre el camino a cualquier otro candidato cuyos orígenes sean también foráneos. Es un estímulo de excelencia y reivindicación histórica.
Frente a esta situación, solo Francia y Alemania ponen puntos sobre las íes, ambos países amenazados por el incremento xenófobo de la derecha derecha. Francia pretende una imagen cultural convencida de que, si Europa se cohesiona, será mediando la cultura asociada con las finanzas, y viceversa. El lance sexual en Nueva York del posible candidato a la presidencia francesa, Dominique Strauss-Kham, gerente del Foro Monetario Internacional, frustó su pretensión de situar al euro por encima del dólar en grandes sectores de la economía internacional reforzando la inclinación de países petroleros por la moneda europea. Por su parte, Alemania, que es pura cultura de fondo, ha tomado las riendas de la economía comunitaria sin complejos. De ella dependemos ahora mismo, más que de Francia.
Mientras, Inglaterra, aislada del euro, pero negociando con él, a doble banda con la libra, sigue mirando de soslayo a la India, China, países de África, y en diálogo amigablemente abierto con Estados Unidos, Australia y aliados del viejo imperio siempre renovado con sabiduría exclusiva “made in London”.
Alemania e Inglaterra disponen de un mapa geopolítico propio al margen y dentro de Europa. El mapa financiero inglés sigue siendo la Mancomunidad Británica rediviva. Y la red alemana de las finanzas se ha procurado influencia sobre los antiguos países satélites de la Unión Soviética, la deuda pública europea, la gestión de los nuevos metales, los raros, en China, y otras áreas de decisión en África y asociaciones políticas, culturales, en Egipto, Australia, Japón etc. Es decir, las dos economías, inglesa y alemana pueden vivir soberanamente al margen del euro. La población alemana ya se inclina en más de un setenta por ciento por abandonar la eurozona.
Dentro de todo este concierto, España se desconcierta y vive, como dijo hace poco un economista neoyorquino de procedencia turca, con los pies colgando del abismo. Pasma, no obstante, la tranquilidad con que los españoles asumimos y absorbemos los datos que continuamente nos avisan de esta situación peligrosa. Resbalan sobre el hombro y siguen cuerpo abajo hasta evaporarse en el aire o en el asfalto de las calles mientras se toma una cerveza. Y esto sí que desespera a los alemanes. ¿Quieren garantías y por escrito, se preguntan nuestros magnates políticos y monetarios? Reformamos la Constitución y consignamos en ella lo que ya dicen las leyes que nadie lee. Los dos partidos mayoritarios que estuvieron y están soltándose mutuamente por la boca sapos y culebras ante la previsión de poder, se unen apenas Alemania exige claramente que eso o salimos del euro hasta que nos recuperemos.
Se acabaría la bicoca. En pocos días se apalabró el consenso y todos a una con el euro. Lo que no se consiguió en años se concilió en horas ante los ojos también pasmados de los nacionalistas. No había acuerdo cuando se trataba de pretensiones estatuarias con intereses nacionalistas, pero las disensiones quedaron a un lado si de perder el vínculo con la moneda común se trataba realmente. Entendiendo bien el trasfondo, el ruido nacionalista parece jerga de salón o ruleta a la hora de repartir los euros españoles en función de los votos y prebendas de cargo en el poder público. Si la sustancia común de conversaciones peligra, el discurso es otro.
Sospechamos que el euro está produciendo réditos innúmeros a los partidos, bancos asociados de una u otra manera y a muchos buscavidas intermedios que se mueven como pirañas tratándose de intereses, dividendos, beneficios múltiples. Y aquí entran sindicatos, proyectos de investigación, concursos internacionales, un sin fin de onegés, paniaguados y allegados.
Sería el colmo que la mirada europea de España se nublara por culpa de titulados inútiles de las finanzas, el derecho, la política, la administración, el aire progre universitario y el tufo de barrio mental a que nos tienen acostumbrados unos y otros de sus representantes. No nos merecemos esto.
Si Europa quiere una unión verdadera, la económica no basta sin la cultural y política. La cultura fue la auténtica bandera comunitaria europea en el mundo. Estados Unidos lo sabe muy bien. Desde los años ochenta ha integrado en sus universidades y centros de investigación a muchos jóvenes excelentes que terminaban licenciatura, tesis doctoral o comenzaban proyectos originales en Europa. Los americanos han asumido lo mejor de este continente en su ideario y lo expanden por otras zonas del mundo donde Europa ya no suena como antes. Lo mismo le sucede a España con Iberoamérica. Perdemos el hilo. Urgen aquí y en Bruselas, más que líderes, personas formadas con otra orientación cultural en la cabeza. Europa fue, es y será, si quiere ser, cultura. Y en este campo entra también la religión milenaria que le dio alas y argumentos. Con ella creó otra imagen y sentido del hombre. La vieja Europa siempre supo renovarse de sus cenizas. Inventó el mito. Lo demás depende de este entendimiento.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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