La Bolsa ha vuelto a caer y Grecia se hace omnipresente en la prensa, en lo que, tememos, puede ser tan sólo el primer golpe de una paliza que no olvidaremos en la vida. El Ibex 35 ha cerrado en 7.640 puntos pero lo peor no es eso. Lo peor es que no alcanzamos a ver el suelo bajo nuestros pies.
Cuando parecía que podíamos caminar, a duras penas, sobre los cascotes, resulta que todavía podía caerse más el edificio, más en ruina de lo que pensábamos, y que corremos el riesgo de sepultarnos bajo él. La Bolsa ha vuelto a caer y oímos de nuevo hablar de Grecia más a menudo que si estudiásemos filosofía.
Pero esto es la filosofía del dinero. No la de Simmel, aunque quizás también. Es la filosofía que dice que la creación de riqueza, si está inflada por la creación de medios fiduciarios, es en realidad destrucción. Y que cuando ésta aparece el golpe puede ser enorme. Y lo que tememos es que están sólo empezando a darnos el primer golpe de una paliza que no olvidaremos en la vida.
Mientras preparamos el relato para nuestros nietos, vayamos con lo más inmediato. El Ibex 35 ha caído un 3,4 por ciento, un 7,7 por ciento en dos días, y los niveles en que se mueve empiezan a parecer de juguete: 7.640 puntos. Lo peor no es eso. Lo peor es que no alcanzamos a ver el suelo bajo nuestros pies.
Grecia se hunde. Tiene dinero, sí, pero sólo hasta octubre. Más allá de ese mes, que empieza en menos de tres semanas, se abre un enorme abismo. Hemos corrido todos, unos más que otros, a prestar a la manirrota e improductiva Grecia. Le hemos prestado porque había que prestarle, porque si no el edificio europeo podía resquebrajarse hasta caer a causa de la grieta griega. El BCE, Alemania, los bancos de las principales economías. También los franceses. Se ahí
la insistencia de Sarkozy en salvar a Grecia. De ahí, también, que Moody’s haya advertido de que rebajará la calificación de los principales bancos galos. De ahí que Sarkozy haya visto como una batalla decisiva en una nueva guerra europea la sustitución de un socialista francés al frente del FMI por otra francesa, más socialista que éste, y sobre todo más dispuesta a poner la institución al servicio de... al servicio de Europa, se entiende.
¿Y el caso de los bancos españoles? No tienen la exposición que otros a la deuda griega. El B
anco de España precisa que son 448 millones de euros de nada. En concreto, son 177 millones de Santander, 127 de BBVA, 55 de Bankia, 41 de Banco Pastor y demás. Entonces, ¿estamos salvados? El economista jefe de Saxo Bank, Steen Jacobsen, ha compartido con el mercado, es decir, con la gente, los cálculos de su entidad sobre el coste para el sector financiero europeo. Son dos billones de euros. Es decir, dos millones de millones de euros. Podría ser una alarma interesada. Pero las cifras reales no pueden ser muy distintas.
Por otro lado, el señor Jacobsen ha criticado a las autoridades europeas por falta de previsión. Lo cual es chocante. Porque todos hemos visto en los medios de comunicación a nuestros líderes (sin excepción), a nuestros expertos (muchos) y a nuestros periodistas (casi todos) contar cómo la falta de previsión causó la crisis económica. La de los Estados Unidos, es decir. Porque nosotros, los europeos, somos mucho más listos que ellos. Mientras nos consolamos con ese pensamiento, el
edificio institucional europeo se tambalea. Este lunes, más negro que el anterior pero mucho más claro que otros que habrán de venir, vemos que Angela Merkel y José Manuel Durao Barroso urgen la aprobación del nuevo fondo de rescate. Es urgente, desde luego. Los funcionarios griegos querrán cobrar en noviembre. ¿Qué decir de los jubilados? Ellos no pueden esperar.
José Carlos Díez, poco amigo de proferir juicios económicos ortodoxos,
ha advertido: “A mí de pequeñito me enseñaron que hay cosas buenas malas y feas. No pagar la deuda es muy pero que muy feo y sale carísimo a largo plazo”. Es la continuación del ajuste por otros medios: la devaluación, la ruina del crédito, la caída a plomo en los niveles de vida de los griegos, el primer revés del euro... Mientras se busca la
penúltima panacea en los eurobonos, los bienpensantes europeos tendrán que plantearse si su posición de privilegio, la nuestra, no vendrá de unos valores que hemos olvidado y que poco tienen que ver con los “valores europeos” de los que presumen Barroso, Rumpuy y demás, y que son extremadamente caros. Quizás debiéramos vernos reflejados en Grecia, que es la máxima expresión de esos valores europeos. Mientras contemplamos atónitos su precipitada caída debiéramos pensar, más rápido de lo que quisiésemos, si no hay algo que habremos hecho mal.