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Un aniversario

viernes 16 de septiembre de 2011, 21:04h
Un año antes de la muerte de una de las figuras más unánime y elogiosamente consideradas del catolicismo español contemporáneo, el buen cura madrileño encubierto por el seudónimo de “Kodasver”, escribía: “Mucho se ha honrado a don Angel Herrera, hasta elevarlo a la condición de Príncipe de la Iglesia. Pero lo estimamos tan merecido, que si así no hubiera sido, el catolicismo español y aun la misma Iglesia, habrían cometido con él el más negro pecado de ingratitud…”

La realidad ulterior al fallecimiento, en 1968, del creador de la prensa confesional española de corte moderno semeja desmentir un mucho al noble exvoto del anónimo escritor anteriormente aludido. Al cumplirse el 125 aniversario del nacimiento en Santander de quien fundara el más poderoso núcleo editorial de la España de los años cuarenta y cincuenta, carecemos aún de un estudio que reconstruya con cierto detenimiento al menos los grandes jalones de su fecunda existencia, siquiera sea con la pauta o el compás de un decenio. Adelantado su proceso de beatificación, ojalá que la culminación de éste diese ocasión a la aparición de una biografía digna del personaje y de los capítulos cruciales de nuestro pasado reciente en el que el líder de la Asociación Nacional de Propagandistas Católicos (ACNP) representara un papel descollante.

Tan pesarosa ausencia bibliográfica e historiográfica descubre una vez más la ahincada incuria del conservadurismo hispano –en el que se incluye casi ad integrum la trayectoria del pensamiento confesional- a la hora de reconstruir el perfil humano y político de sus figuras de proa y, en un plano más general y, si cabe, todavía más elocuente, de su lejanía y reluctancia hacia el mundo de la cultura. Justamente el que fuera el más completo y buido analista del trepidante quehacer de Herrera, José Mª García Escudero, no se cansó de señalar a lo largo de su incesable tarea publicística el enorme vacío que la carencia de verdadera sensibilidad cultural provocó en los trabajo y los días del prohombre demócrata cristiano. Esmaltada su labor de notorios y variados logros, el hombre que acaso más luchara y consiguiese en la actualización del catolicismo nacional en parcelas tan significativas como la social o la periodística, encontró, en última instancia, truncado o mancado su gran proyecto por su invidencia o impotencia frente al desafío decisivo de la modernidad, radicado –y con fuerza- en el horizonte de la cultura. A prueba de coyunturas y estrategias, estribó aquí, en efecto, el talón de Aquiles de la Iglesia española –jerarquía y fieles- en su instalación y desenvolvimiento en los dos últimos siglos de su historia. En diversos momentos de su afanosa existencia, el propio impulsor de la democracia cristiana hispana fue el primer advertido de ello. Pero el orden de sus prioridades y, sobre todo, la falta de recursos para establecer un diálogo positivo y adoptar el rumbo adecuado para la trasmisión eficaz del mensaje cristiano en el ebullente universo cultural de la contemporaneidad frustrarían cualquier intento fructuoso del lado de los católicos españoles, cuyas vanguardias más audaces encabezaran muchas veces Herrera y sus seguidores. Dato de trascendente importancia en los destinos de la colectividad nacional que antecedió al desencadenamiento de la guerra civil y, por ende, también de tiempos todavía más recientes, sobre el que nunca se acabará de reflexionar para desentrañar algunas de sus claves más esclarecedoras y hondas.
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