Elogio de los maestros y profesores
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de septiembre de 2011, 21:20h
Nos dice Arriano que Alejandro Magno, hablando agradecido se su maestro Aristóteles, llegó a decir: “Si a mi padre le debo la vida, a mi maestro le debo el triunfo” ( y eso que su padre, Filipo II, que desplazó del poder a su sobrino Amintas IV, fue uno de los grandes genios militares y políticos ). Esta afirmación del gran Alejandro está grabada en la Plaza del Maestro, en Zamora, en el pedestal que sostiene las esculturas de un alumno y su maestro que le indica un lugar en el horizonte. Era la época en que España era un pueblo digno que respetaba casi con devoción la función de sus profesores y maestros, que con su trabajo callado y pacífico consiguieron una sociedad amiga de la libertad y bastante bien formada, es decir, los fundamentos de la Democracia y del bienestar social. No sé si será esa la razón por la que los alumnos zamoranos están muy por encima de la media nacional en la prueba censal de competencias en 2º ESO, pero sin duda el respeto para con los maestros y profesores que la encantadora ciudad del Duero ha infundidos a sus habitantes puede haber contribuido en ello. Con feliz frase un político nuestro llegó a decir que la educación es la fábrica del futuro, y así es, si se la desprecia, la sociedad cae en la barbarie, la pobreza y el fanatismo; si se la protege, la sociedad progresa en libertad y felicidad social.
Me da vergüenza como español y patriota a la vieja usanza lo que he leído estos días, a propósito de las Comunidades que han aumentado a sus profesores de secundaria dos horas en razón de la difícil coyuntura económica, en algunas colaboraciones de periódico de los periodistas habituales. ¡Qué cantidad de bárbaros y analfabetos tiene la profesión periodística! Desde luego España debe invertir en educación. No es que al profesor se le tenga que aumentar la jornada en dos horas por razón de esta emergencia económica nacional, sino que a los adolescentes se les tendría que subir diez horas semanales a fin de que la Prensa no se pueble de los bárbaros iletrados que la habitan en la actualidad. Y lo que sí constatamos es que el periodista que ya era un probado sinvergüenza y un inmoral canalla patibulario, ése arremete sistemáticamente contra los enseñantes. ¿Qué ha pasado con aquellos periodistas de raza que como el liberal Anson son sensibles a las delicadezas culturales y cerrados partidarios de nuestros enseñantes?
Y siempre que uno de estos bárbaros y canallas pintamonas de periódico defiende a una persona con la sensibilidad cultural y formación humanística de Esperanza Aguirre en su empeño, enmarcado en la difícil coyuntura económica que vivimos, de aumentar en dos horas la jornada de los profesores de instituto, me llevan los demonios. Porque no tiene nada que ver Esperanza Aguirre con esa miserable propaganda de guerra. Recuerdo perfectamente el día en que como Ministra de Educación y Ciencia visitó Segóbriga, acompañada de Francisco Rodríguez Adrados, para asistir a la representación de una tragedia griega, traducida por un profesor de secundaria, dirigida por otro profesor de instituto, y protagonizada por alumnos entre 14 y 17 años de uno de los cincuenta institutos que hacen teatro grecolatino ( Ya no ha vuelto a visitar ningún Ministro de Educación Segóbriga por miedo, quizás, a coger una espantosa gripe de latín ). Nunca olvidaré las palabras de aliento que empleó Esperanza para animar en nuestra tarea diaria a los profesores de latín y griego, a los que veía como el corazón del humanismo, ni la delicadeza con que trató a Rodríguez Adrados, entonces ya jubilado, y al que ella misma ayudaba a sentarse y levantarse en esa magnífica ima cavea del teatro romano segobricense. Es evidente que ningún liberal de raza puede hacer daño a la educación pública. Sólo el contexto de la crisis puede explicar las medidas, y cuando se intentan defender tales medidas en función del desprecio y odio congénitos que tiene la Prensa española hacia los educadores el daño que se hace a la Presidenta madrileña o a la Presidenta castellano-manchega es infinito y, sobre todo, incongruente con la ideología liberal. Ni la Prensa del Movimiento atacó jamás con tanta vesania a los maestros y profesores de instituto. Al contrario, de aquella Prensa podemos rescatar hermosos encomios y elogios a la profesión docente que ahora no se podrían escribir por falta de cultura y sensibilidad periodísticas.
Los Institutos de Segunda Enseñanza nacen con la Ley de Instrucción Pública de 1857, redactada por la mano de grandes liberales, como eran Claudio Moyano y Antonio Gil de Zárate. Y su inspiración se encuentra en el revolucionario Instituto francés de Destutt de Tracy, en el que estudiara al anochecer el general y cónsul Napoleón Bonaparte las ideas de Locke, Condillac y Condorcet en el marco de la Clase de Ciencias Morales y Políticas. Aquí nació la noción de ideología y la pretensión sensualista de conocer el mundo sólo a través de la experiencia de los sentidos, de lo exclusivamente comprobable en la Historia y en las Ciencias Naturales. Para aquellos profesores de Napoleón el Instituto no era el edificio, ni el mobiliario, ni sus laboratorios, hoy primorosamente conservados en el Museo Nacional de las Técnicas, en París, sino los alumnos y los profesores, los únicos y verdaderos ladrillos y piedras sillares del Instituto.
Es posible que los profesores de España, perturbados por siete Leyes orgánicas de Educación en los últimos veinticinco años, hayamos enseñado menos cosas de las que hubiéramos querido o envueltas en una prudencia tal que no hayan quedado adheridas a la mente de nuestros queridos discípulos, sino que después de posarse en ellos como el leve contacto de un polen parecen otra vez volar. No aspiramos a que nadie piense como nosotros. Es más: lo que quisiéramos es que se transformase nuestro pensamiento, como en la retorta de un alquimista, en otro pensamiento, al pasar por la mente de nuestros alumnos. Nuestro mayor cuidado ha sido conservar su personalidad y armarla de saberes. El fin de toda verdadera educación es el alumno en sí mismo, y no tomado como instrumentos de las grandes utopías sociales que tanto daño nos han hecho.
Todos los profesores estamos de acuerdo en que es en la enseñanza secundaria en donde la personalidad futura del alumno se plasma en su molde definitivo; y no en la enseñanza primaria ni en la superior. El párvulo es demasiado blando para que en su alma, movediza e inconsciente como una duna, pueda echar raíces nuestras simientes. El joven universitario es demasiado duro para que en él sembremos otra cosa que lo que exige el propio terreno, ya estructurado. Sólo la época adolescente y del primer año de juventud se nos ofrece en el punto propicio de coherencia suficiente y de no excesiva rigidez, para modelarla a nuestra guisa. Y todos tenemos la impresión cuando los años empiezan a profundizar en las responsabilidades de nuestro pasado, que ni como padres ni como maestros – que todo padre debe ser el maestro permanente de su prole – hemos aprovechado bien ese momento fugaz y trascendente de la evolución de los jóvenes a quienes nuestra paternidad o nuestra profesión nos confió el deber de modelar. El hombre maduro está, cada vez más, distraído a fuerza de estar ocupado. Lo que nos absorbe y apasiona en la dura lucha por la vida actual – lucha de puestos o de ideas – en realidad nos aparta de las normas eternas y primarias de nuestro saber; y, entre ellos, de este de enfocar los cinco sentidos en el paso fugaz del joven por su fase propicia para la gran sementera. Como el herrero acecha, vigilante, el punto rápido en que su acero puede ceder a los golpes del martillo y concentra en ese minuto la energía de su brazo, así hemos espiado nosotros los profesores el paso de la juventud por sus horas de ductilidad; y no entregarla a la rutina para, después, cuando la forja nos muestra sus defectos indelebles, quererlos arreglar machacando en hierro frío.
La Educación siempre triunfará, siempre sacaremos de nuestros alumnos lo mejor, y nunca debilitará nuestra vocación sagrada la miserable y bárbara Presa de España, que en la actualidad no es representante para nada de su gran y brillante historia en la lucha por la cultura y la educación en el país.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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