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Ronaldo: feo, fuerte y formal

sábado 17 de septiembre de 2011, 18:17h
En la lápida de John Wayne se puede leer el epitafio: “Feo, fuerte y formal”. Ahora sabemos, tras escuchar las declaraciones de Cristiano Ronaldo en Zagreb, que en su lápida pondrá: “Guapo, rico y gran jugador”.

El portugués se quejaba amargamente antes las cámaras de las constantes patadas recibidas por parte de los jugadores croatas del Dinamo de Zagreb, hasta el extremo de requerir puntos de sutura en su castigado tobillo al acabar el partido. Efectivamente, Cristiano tiene toda la razón en sus lamentos: eso en un salón de té jamás le hubiera ocurrido. Ahí el mayor riesgo que uno corre es que se le caiga el monóculo en la taza de té al recibir una noticia sorprendente.

Interrogado sobre el porqué de tanta inquina, el jugador luso no dudó ni un instante en asegurar que su belleza, su patrimonio y su calidad futbolística eran motivos de envidia y la principal causa de ese odio visceral hacia su persona, traducido en sonoras pitadas, insultos que harían palidecer al mismísimo Capitán Haddock y aparatosas tarascadas de jugadores rivales.

Respecto a las razones argumentadas por Cristiano, no seré yo quien se pronuncie sobre su belleza. No obstante, y en honor a la verdad, diré que mis preferencias masculinas van por otros derroteros. Me cautivan más la elegancia y estilo de tipos como Cary Grant o George Clooney que la cresta poligonera y los diamantes de CR7, al que veo más cercano de aparecer en un videoclip de los Rebujitos que de plantarle un beso de película a Audrey Hepburn.

Su valía como futbolista, eso sí, está fuera de todo debate. Cristiano no es un futbolista, es un atleta. Un ganador nato, una especie de Terminator programado para competir hasta la victoria siempre. El gol que metió al Barcelona, en la final de la Copa del Rey, en el minuto 102 de un agotador partido, elevándose como un Hermes de pies alados, como un coloso, retrata al Cristiano futbolista: todo potencia, todo ambición.

Sucede, sin embargo, que como el yonqui de Sabina en su “Pacto entre caballeros”, Cristiano se pone muy nervioso si se enfada y responde a los insultos con arrogancia y cierta chulería de gitano trianero mientras luce esa sonrisa despeinada de ir en contra de los vientos.

No es ningún secreto que el portugués no despierta muchas simpatías. En esas ocasiones en las que cometo el error de salir a cenar con amigos barcelonistas o atléticos, el enconado y furibundo madridista que habita en mí siempre defiende a Cristiano Ronaldo, objeto habitual de todo tipo de críticas y burlas, a capa y espada. Cualquier día salto, pala de pescado en ristre, al grito de “retira eso de Cristiano, bellaco, o te rebano el cuello”.

Este Real Madrid, liderado por Mourinho, con Cristiano como mascarón de proa, está muy cómodo en su posición de malo de película, en contraposición al buenismo instaurado en Can Barça, donde uno sospecha que hacen parones en los entrenamientos para abrazar árboles, deshacerse en elogios a sus compañeros por un pase entre líneas o recibir alguna lección filosófica y vital del Sensei Guardiola.

Ronaldo tiene mismo papel de Mark Lenders: macarra, malencarado y con todo el público en contra, mientras que su antagonista rival, Messi, es Oliver, un virtuoso que goza de la simpatía mundial por su innegable talento y, tal vez, porque al igual que Platero, es pequeño, peludo y suave, que se diría todo de algodón.

A mí, qué quieren que les diga, la belleza y el dinero de Cristiano me dan igual. Lo que de verdad hace que me ponga de rodillas, coja un puñado de tierra y clame al cielo ¿Por qué tú, Cristiano, y no yo? ¿Por qué tú? no es cuenta corriente, ni su apolíneo cuerpo, ni sus coches deportivos, ni siquiera que juegue cada domingo en ese campo donde yo tantas veces he soñado jugar.

No, no se trata de nada de eso.

A mí lo que me quita el sueño es su novia.

Y es que, al igual que el bueno de John Wayne, seré solo feo, fuerte y formal.

Pero con buen gusto.
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