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Las mayúsculas y las tildes

Javier Zamora Bonilla
martes 20 de septiembre de 2011, 22:12h
Hace muchos años inicié una colección de notas que titulé “Cosas de poca monta”. No encontraron acomodo en ningún periódico y, la verdad, es que tampoco me empeñé en buscárselo. Si no recuerdo mal, sólo se lo comenté a un conocido que iniciaba por entonces una página digital y me había propuesto escribir reseñas de libros, pero –seguramente con razón– no le parecieron interesantes. Quizá algún día me anime a seguir escribiendo y a publicar estas notas en las que medito sobre cuestiones menores de la vida al hilo de expresiones o hechos que uno escucha, lee o vive. A veces, los aspectos anodinos de nuestra existencia cotidiana reflejan mejor el pulso de los tiempos que los grandes titulares de las portadas.

Hoy, en medio de esta crisis económica en la que nos desvivimos y en medio de una justificadísima huelga en la educación pública, tengo la osadía de vacar a una de estas “cosas de poca monta” aunque pueda valerme la mirada arisca de algún lector ávido de actualidad y confrontación.

He dedicado estos últimos días a corregir los exámenes de mis alumnos, que son jóvenes que estudian los nuevos grados de Ciencias Políticas, Sociología, y Gestión y Administración Pública, ya adaptados a los planes universitarios de Bolonia. De sus respuestas, uno siempre saca anécdotas que sirven de chascarrillo en las comidas entre profesores, porque es frecuente que algunos estudiantes, los cuales no han encontrado en todo el verano un rato para sentarse a revisar los apuntes, se presenten a verlas venir por si cae eso que les ha dado tiempo a hojear la última noche. Así, este año, uno me cita a Lenin como principal líder del fascismo de entreguerras, y otro escribe dos líneas sobre la Gran Guerra y después, al hilo de su sucinta contestación a lo que se le pregunta y aprovechando el tema de la inflación en la República de Weimar, trae a colación varios párrafos sobre la crisis económica actual.

La mayoría, no obstante, se esfuerzan en aprender y uno disculpa –aunque no aprueba– estos desvaríos, porque quien sabe si sus cabezas han estado pendientes de algún amor veraniego mucho más atractivo que esos relatos muy lejanos a su tiempo que les contamos los historiadores. Más que estas respuestas desafortunadas o atrevidas, que en el fondo con un poco de lectura pueden corregirse, me preocupa su manera de escribir y en especial que cada vez con mayor frecuencia desconozcan el uso de las mayúsculas y de las tildes.
Antes del examen suelo hacerles la broma de que repartan bien las tres o cuatro tildes que traen para el examen, casi siempre previstas para las palabras acabadas en “-ón”. Lo de las mayúsculas es más preocupante porque desconocen –no sé si por el uso o abuso de los códigos de los SMS y Twitter– que nombres propios como “España”, “Francia” o “Europa” deben escribirse así.

Las normas ortográficas son, como casi todo lo humano, una convención que ha ido cambiando con el tiempo y que podemos cambiar. Durante estos últimos años, mientras editábamos los diez tomos de las nuevas Obras completas de José Ortega y Gasset, he tenido la suerte de tratar mucho con filólogos, que son gentes muy peculiares, capaces de discutir durante horas por una coma. Como su nombre indica, aman las palabras, y las cuidan y las piensan y se preocupan mucho por la corrección ortográfica y gramatical. En mis discusiones con ellos me han enseñado mucho y, sobre todo, he aprendido a amar aún más la lengua y también a desacralizar las normas de la Academia, que anda muy con los tiempos líquidos que corren quitando tildes a los pronombres demostrativos y al adverbio “sólo” que yo me empeño en seguir tildando, aunque algún amigo académico me dice medio en broma que me ande con cuidado en eso de ponerle tildes a la Academia.
Mas soy persona a la que no le gusta tildar a nadie.

Siempre temeroso de caer en posiciones demasiado conservadoras, no me atrevería a afirmar que las normas están para cumplirlas, aunque soy consciente de que una sociedad en la que nadie cumpliese las normas sería la anarquía completa. Pero, para incumplir las normas conscientemente, lo primero que hay que hacer es conocerlas. Mis alumnos –algunos de mis alumnos, mejor dicho– no son unos rebeldes que quieran hacer una revolución contra la RAE, sino que simplemente desconocen las normas gramaticales y ortográficas y las incumplen inconscientemente, sin ánimo de ofender a nadie ni de trastocar nada, por pura ignorancia. Las normas ortográficas y gramaticales sirven para que el lenguaje en el que nos expresamos siga unas pautas y nos permita entendernos, que es de lo que se trata. Uno de los problemas del presente es la incomprensión entre generaciones porque no participamos de los mismos usos o no le damos a las normas establecidas la misma importancia. Esto es normal en la historia. Sin este choque generacional, que se da siempre, a veces de forma más rotunda y otras menos, viviríamos en un continuo presente normativo, esclerotizados en ritos y rituales ancestrales. Por eso invito a los jóvenes a conocer las normas si quieren rebelarse contra ellas.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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