Contra los indignados
miércoles 21 de septiembre de 2011, 21:20h
Les diré algo: no hay nada que más me moleste que el hecho de que a los jóvenes se nos trate como a menores de edad, disminuidos intelectuales o adolescentes atolondrados. Y eso es, precisamente, lo que hace la clase mediática de este país. Desde la derecha, porque todo el que contravenga su discurso no merece más que desdén y escarnio; desde la izquierda, porque muchos progres creen quitarse canas al abanderar el movimiento #15m desde un paternalismo que solo resulta ofensivo.
Los jóvenes españoles estamos muy preparados. En Europa, nuestros vecinos se quedan perplejos cuando les cuento que tuve que estudiar cinco años para obtener un prosaico título de licenciada en Periodismo. Cinco años, sin máster, sin doctorado. Tengo la percepción de que, en líneas generales, los españoles estudiamos bastante más que nuestros homólogos europeos para obtener títulos equivalentes. Y aunque con esto no pretendo hablar de la calidad de nuestro sistema educativo, convengamos al menos en que somos una generación bien formada.
Es por esto que no podemos tolerar que no se nos trate como a iguales, que nos dispensen palmaditas afectuosas, sonrisas lisonjeras, a medio camino entre la ternura y la pena. Como quien mira a un criajo inocente e iluso, pero bienintencionado. No. A los jóvenes han de exigirnos responsabilidades. Cuando los indignados culpan a los bancos de nuestra crisis, alguien debería exigir que supieran que la nuestra no es una crisis financiera, que en España no hemos rescatado bancos, como en otros países, porque nuestros bancos (a excepción de la cajas, la banca pública que tanto defienden) habían hecho sus deberes. Y cuando culpan a Zapatero de la crisis, alguien debería exigir que supieran que las cuentas públicas están saneadas, que hemos tenido superávit de la seguridad social en los último años, que nuestra deuda pública es del 62% del PIB, cuando la media europea supera el 88%. Y cuando hablan de Grecia como víctima, alguien debería exigirles que supieran cómo se han hecho las cosas en el país heleno, donde la gestión pública brilla por su ausencia y donde una peluquera o un músico pueden jubilarse a los 50 años apelando a la arduidad de sus trabajos. Y cuando proponen la representación parlamentaria del voto nulo y en blanco, alguien debería exigirles que aspiren a algo más que ser la nulidad de un cero a la izquierda. Y, cuando se oponen a fijar un techo de déficit constitucional, alguien debería preguntarles en qué vulnera ello el estado de bienestar y aclararles que no es lo mismo un límite de déficit que uno de gasto. Que países tan poco sospechosos de querer aniquilar el estado de bienestar como Suecia lo incluyen en su carta magna. Y, cuando critican el pacto del euro, alguien debería exigirles que expliquen razonadamente por qué y qué alternativas proponen.
Alguien debería exigirles que expliquen algo alguna vez, que propongan algo viable, porque lo único que sabemos, de momento, es que están indignados, pero la suya es una indignación como fin último, que no tiende a nada, salvo a perpetuarse en una especie de rabieta crónica. Si los anarquistas del 36 querían hacer la revolución permanente (con el daño que ello ocasionó a la República en su lucha contra los golpistas), estos parecen jugar a la indignación permanente, que no solo no suma apoyos a la izquierda, sino que alienta a la derecha.
Está muy bien saber esgrimir frases ingeniosas y emotivas: “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, “no hay pan para tanto chorizo”. Están muy bien las asambleas populares que acaban con abrazos gratuitos y malabares y sesiones de reflexoterapia. Pero, repito, somos una generación muy preparada. Hay que exigir un poco más. ¿Cuántos indignados saben que la deuda privada (la de particulares y empresas, principal problema económico español) está al 217% del PIB? Pero está mal visto decir que mucha gente ha vivido por encima de sus posibilidades gracias a que, durante años, disfrutamos de unos tipos de interés bajos (y variables, aunque esto no lo tuvieron en cuenta).
Y cuando dicen que PP y PSOE son el mismo perro con distinto collar, alguien debería exigirles que supieran lo que hizo Aznar en los años de bonanza económica. ¿Invertir los beneficios en mejorar el estado del bienestar? No. Dedicar el 20% del PIB a construir casas, cuando lo normal es destinar un 7 o un 8. Es decir, construimos más viviendas que Alemania, Francia e Italia juntas. Cuanto estalló la burbuja, se planteó el siguiente problema: qué hacer con tres millones de personas que estaban empleadas en la construcción.
Y dentro de unos meses, cuando la indignación que jalean los Carnicero, Elvira Lindo y compañía consume el triunfo del PP. Cuando Rajoy (“the dull candidate”, como le llamó The Economist) se mude a La Moncloa, posiblemente con mayoría absoluta. Cuando se extiendan los recortes en la sanidad y en educación que ya han empezado a anunciar en las comunidades que gobierna la derecha. Cuando bajen las pensiones, los impuestos y con ello el gasto social. Cuando el estado de bienestar que engordó la socialdemocracia mengüe hasta lucir famélico, alguien debería exigirles la responsabilidad que implica su voto. Y, entonces, ellos mirarán para otro lado y se harán los desolados, pero yo estaré allí, esperando para señalarles con el dedo: culpables.