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CRÍTICA

Philip Roth: Némesis

domingo 25 de septiembre de 2011, 16:28h
Philip Roth: Némesis. Traducción de Jordi Fibla. Mondadori. Barcelona, 2011. 224 páginas. 21,90 €
Una ciudad del estado de New Jersey, la Newark natal del autor en el tórrido verano de 1944, se ve asolada por una epidemia de polio. Hacia comienzos de julio se vuelve especialmente mortífera en el barrio judío donde trabaja como director del centro de verano de las escuelas municipales Bucky Cantor, el protagonista de la novela. El motivo de la peste que asola la ciudad -la polio era en esa fecha una enfermedad de la que se ignoraba su curación y su mecanismo de propagación- invitaría a pensar que Philip Roth está interesado en explorar los mecanismos del miedo, la segregación, la desconfianza, el odio, la histeria colectiva y la desorientación en una comunidad multirracial, en cierto modo aislada. Y algo de todo eso hay como fondo indeterminado, como fondo es también la lejana guerra, tan presente, sin embargo, que aquel verano comenzaba a ganarse, guerra en la que el protagonista no ha podido participar a causa de su excesiva miopía. Pero el auténtico tema de la novela está perfectamente descrito en la palabra elegida como título: Némesis, la personificación de la justicia que castiga a un hombre o a un dios cuando se comporta con desmesura, es decir, cuando no hace lo que tiene que hacer.

Sugerir que Roth se ha propuesto en Némesis escribir una tragedia clásica, específicamente griega, ambientada en un barrio judío de una ciudad norteamericana a mediados del siglo XX puede resultar a la vez preciso y confuso. Preciso porque, en efecto, Bucky Cantor es un héroe que Roth se molesta en identificar como tal: no ha conocido a sus padres, posee un aspecto físico que le hace destacar, practica atletismo--es lanzador de jabalina y hacia el final de la novela se le asocia con el joven Hércules-, y es poseedor de un temple valeroso que el narrador sugiere en un episodio al inicio de la trama: el señor Cantor se enfrenta solo a una pandilla de muchachos italianos que aparecen por el patio de juegos buscando camorra. Y al igual que en las antiguas tragedias, solo cuando el héroe ha fracasado en el cumplimiento de la misión que el destino le tenía reservada comprendemos –porque él lo comprende- que, en efecto, había sido elegido y probado. No es menester desvelar la trama de hechos y situaciones en que se sustancia la acción. Tiene que ver, claro está, con la epidemia que azota la ciudad.

Pero afirmé antes que también podría resultar confusa dicha lectura. Y es que Némesis es una novela, un género literario que nació con la modernidad para explorar la complejidad de las relaciones entre el yo y el mundo cuando la tutela de las religiones comenzaba a debilitarse y, en consecuencia, la conciencia del hombre de carne y hueso se enfrentaba día tras día a las aporías, confusiones y medias luces de la acción humana en esa indeterminación que llamamos libertad. Se ha dicho que Némesis es una obra maestra. Dejemos que el tiempo lo confirme pero es muy difícil regatearle a Roth la condición de maestro en esta narración que fluye ante el lector con la claridad y la inmediatez de la vida misma. El arte, a través del artificio de la voz del narrador, un testigo privilegiado de los hechos, consigue hacernos transparente la vida del joven Cantor, de los personajes con los que se relaciona, de los escenarios de su desgracia, la ciudad aplastada por una fuerza maléfica y la decisión del héroe, educado, sí, en el deporte griego pero poseedor de una conciencia moral judía a la que le ha inducido la estricta formación de su abuelo. A diferencia de lo que ocurre en las tragedias griegas, en las novelas los dioses no dictan maldición alguna contra los mortales. No hay maldición, solo desgracia y culpa. Los héroes de Roth, pero de modo eminente Bucky Cantor, parecen habitar un mundo signado moralmente pero al que la enfermedad, la muerte, la vejez, el sufrimiento de inocentes y el caos cuestionan el sentido de una educación centrada en el esfuerzo, la veracidad, el honor, la resistencia, la determinación y la responsabilidad, en fin, los valores de una buena educación judía.

Atribuir intenciones a un autor de la complejidad y productividad de Roth es arriesgado. Pero me atrevería a sugerir que hay un hilo conductor que unifica sus cuatro últimas novelas. Es como si después de haber examinado el valor y sentido de las vidas humanas en su existencia histórica, por ejemplo, en la Trilogía americana, hubiera dado un paso más para adentrarse hacia la desnudez de esas mismas vidas haciendo que sus personajes se enfrenten con las fuerzas últimas que las gobiernan desde su nacimiento: por supuesto, el envejecimiento y la muerte en Elegía (2006), que comienza con la escena de un entierro según el rito judío y trata del desmoronamiento físico de un hombre lleno de vitalidad y salud hasta que las enfermedades hacen su aparición; el azar que golpea a ciegas y destruye una vida, no importa lo inmerecido que resulte (Indignación, 2008); la vejez como causa de disolución de la confianza en sí mismo de un actor que se ve abocado, primero a un hospital psiquiátrico y luego a vivir una aventura sexual que finalmente le destruirá (La humillación, 2009) y finalmente esta Némesis (2010), crónica de una “venganza” por no haber sabido el personaje sobrellevar el peso que las circunstancias cargaron sobre sus espaldas.

Estamos, y siento que la expresión suene un poco pretenciosa, ante una acertada exploración de lo que los viejos manuales de filosofía llamaban “mal metafísico”, el mal sobrehumano con el que, sin embargo, tiene que convivir -y padecer- el hombre. Destino, azar, libertad o falta, responsabilidad, culpa se convierten en matices de una misma y única realidad que Roth ha explorado siempre pero de modo sorprendente en estas últimas novelas pobladas por personajes desarbolados, envejecidos, acobardados, equivocados y frustrados. Grandeza y miseria, valentía e impiedad, lucidez y autoengaño convergen en la crónica de una ciudad asediada por la peste, convertida, probablemente, en una alegoría, una más, del siglo XX.



Por José Lasaga
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