Las memorias de Carrillo
martes 27 de septiembre de 2011, 21:34h
Me refiero, claro, a Enrique Gómez Carrillo, único caballero realmente importante de cuya existencia, con ese apellido, tengo noticia. Sus memorias (“Treinta años de mi vida”), en las que nos cuenta en detalle, entre otras cosas, el proceso de gestación de la “Salomé” de su amigo Oscar Wilde, acaban de ser rescatadas y publicadas por la editorial Renacimiento. Hoy olvidado, vaya usted a saber si justa o injustamente, Gómez Carrillo fue en su día una estilográfica prolífica y aplaudida, el puente entre las literaturas española y francesa, el cantor y cronista de la bohemia dorada de Verlaine y Amado Nervo… Una firma, en fin, popular y sonreída por el éxito. Autor de novelas, artículos y libros de viajes, Gómez Carrillo –pluma de vuelo fácil y límpido- escribía y publicaba mogollón.
Escritor de aquella época en que, para serlo, todavía había que haber leído a Homero, Virgilio, Horacio y Dante, de su fama y prestigio en la última década del XIX y las dos primeras del XX nos habla el dato de que, en 1917, llegara a ocupar durante un breve período el puesto de director de “El Liberal”. No podía, claro, durar mucho en el sillón teniendo en cuenta su idiosincrasia, que le inclinaba a, por ejemplo, dedicar la portada del periódico al mal servicio de la barra de un cabaret (como era cliente asiduo, consideraba que la cosa era de interés general), en tanto despachaba los sucesos políticos (que no le interesaban nada) con veinte líneas desterradas a la última página. Nada que objetar, la verdad. De hecho, nos encantaría que muchos apostaran por esa línea editorial. Como buen indiano rico, pasaba las noches de copeo, ligándose a una señora, a tortas con un chuleta… y no era raro que llegara sin dormir al periódico. Que estaba a otras cosas, en fin. Más de una vez, por la mañana, se presentaron en su despacho de la redacción los padrinos del ofendido para fijar la fecha del duelo. Nada de lo que se espera del director de una cabecera puntera, vamos. No cabe duda de que, con él, debía uno pasarlo en grande.
La descripción de su iniciación al amor carnal -ante una estatua de Buddha y en brazos de una escandinava ya muy curtida- debió causar desmayos y repeluses entre sus lectores contemporáneos. Curiosamente, pese a que esos prolegómenos eróticos, releídos desde la sensibilidad de hoy, nos parezcan más bien abocados al gatillazo o muy privativos de Fu Manchú, lo cierto es que su prosa no ha envejecido demasiado. O –vaya usted a saber- a lo mejor es que mis gustos literarios son muy apolillados, o que yo entiendo el folgar con prieta moza de otra manera.
El culmen de la fama de Gómez Carrillo fue su boda con Raquel Meller, la cupletista y actriz más despampanante de la época, y el rumor de que Mata Hari, ocasional amante del escritor, habría sido denunciada a los servicios secretos franceses por la despechada artista, fue ampliamente comentado por la prensa de la época. Se dice que fue el propio Gómez Carrillo quien aventó aquella acusación absurda, que, como era de esperar, le sirvió para escribir y publicar un libro desmintiéndolo todo. Así que Gómez Carrillo no sólo fue una pluma de su tiempo, sino que se anticipó al nuestro ayuntando la descripción simbolista y el ripio rubeniano con la caja registradora.
¡Encendamos, los escritores de hoy, una vela en su memoria, para que nos ampare e ilumine en estos tiempos de oscuridad!