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Michael Jackson versus Conrad Murray

miércoles 28 de septiembre de 2011, 21:18h
Ni el propio Conrad Murray debía creerse del todo, mucho menos su abogado, que alguna de las lágrimas que estaba derramando durante el primer día del juicio en su contra que tiene lugar en Los Ángeles por la muerte de Michael Jackson estuviera causada por la pena que le producía la trágica pérdida del cantante, a quien, según su representante legal, el médico consideraba no sólo un paciente, sino un verdadero amigo. No se trata ahora de echar más leña al fuego, tampoco haría falta, porque también en su caso, o incluso más especialmente en su caso por el revuelo mediático que lo rodea, Murray debe ser considerado inocente hasta que se demuestre lo contrario.

Por lo menos en sede judicial que es, en todo caso, donde realmente importa. Pero eso no quita que se pueda pensar y decir que esas lágrimas, ya fueran espontáneas o de cocodrilo, tenían que llevar más que nada grandes dosis de pena por él mismo.

Ya es mala suerte, podría estar maldiciendo en silencio el doctor mientras se secaba los ojos con un pañuelo blanco, que sólo unas semanas después de que hubiera dejado su trabajo en una clínica de Las Vegas para dedicarse a “una oportunidad única en la vida”, según él mismo la calificó en la carta a través de la cual se despedía de sus pacientes, se le muriese en los brazos dicha “oportunidad”. Seguramente el doctor nunca pensó que la gran oportunidad de su vida se convertiría en su mayor error, en su mayor fracaso, por llamarlo de alguna manera hasta que los doce miembros del jurado compuesto por siete hombres y cinco mujeres emitan su veredicto y quedé fijada su definitiva responsabilidad en los hechos luctuosos de aquella ya lejana madrugada del 25 de junio de 2009.

Murray creyó que convertirse en el médico personal de una estrella al nivel del gran Jackson y cobrar por ello 150.000 dólares al mes era, sin duda, una oportunidad única en la vida. Muchos le habrían dado inmediatamente y sin reservas la razón, aunque también otros, quizás los menos, habrían intuido en aquel trabajo el peligro oculto de acabar por dejar de ejercer de verdad la profesión y convertirse en un mero trabajador a sueldo, eso sí, un gran sueldo, a las órdenes de un jefe al que no se podía decir que no. Menos aún, cuando el firme mandato llegaba envuelto en súplica y en mitad de una noche de insomnio, otra más, en la que el cantante y su solicito doctor habían ya probado varios remedios químicos sin resultado. “No puedo funcionar sin dormir”, se escucha exclamar al borde de la desesperación a Jackson en una grabación que ha presentado el fiscal David Walgren para demostrar que Murray no mantenía una relación apropiada entre médico y paciente, sino más bien una de empleado y empleador; y que, por lo tanto, Murray no estaba velando por los intereses y la salud del cantante, sino por los 150.000 dólares que su jefe no le iba a dar nunca más si no hacía todo lo que él, enajenado por la falta de sueño, por su proverbial carácter inestable y por la angustia de tener que suspender el espectáculo que estaba preparando, opinaba que aún se podía hacer para que el esquivo Morfeo le acogiera unas horas en su seno.

La defensa, por su parte, intentará demostrar que fue el propio Jackson quien se tomó el mortal trago de Propofol harto de que todo lo que había ido ingiriendo a lo largo de la noche (valium, lorazepam y midazolam) no hubiera logrado el efecto que se buscaba. En todo caso, de lo que no hay duda es de que medicamentos anestésicos como la lidocaína o el propofol únicamente pueden administrarse en centros clínicos, donde se mantiene al paciente monitorizado para vigilar de cerca sus constantes vitales. Es decir, bajo la estricta supervisión de un profesional. El abogado de Murray, Ed Chernoff, tratará también de borrar la imagen de avaricioso que muchos atribuyen a su cliente y no faltarán en este juicio de cine, como sólo podría celebrarse precisamente en la meca del cine, los testimonios de antiguos pacientes de Murray que hablen con devoción del galeno. Porque junto a los fans incondicionales del cantante que se reúnen desde ayer en la entrada de los juzgados, han aparecido otros, igual de fanáticos e incondicionales, que alzan pancartas en apoyo al médico, del que algunos aseguran que era capaz de comprar medicinas al paciente que no se las podía costear.

El por ahora último acto del serial cuyo guión ya se debe estar escribiendo no muy lejos del tribunal, ha comenzado y el facultativo se enfrenta a cuatro años de cárcel por negligencia. Muchos de los misterios quedarán por fin desvelados. Por ejemplo, el de cómo es posible que un reputado cardiólogo no cumpla con la norma más básica a la hora de practicar una reanimación mediante masaje cardiaco, es decir, colocar al paciente en el suelo. Según las declaraciones que han empezado a conocerse, fue el operador del servicio de emergencias quien preguntó al guardaespaldas de Jackson que les había avisado dónde se estaba procediendo a la reanimación y, cuando este le contestó que el doctor lo estaba realizando sobre la cama, le pidió que colocaran inmediatamente a Jackson en el suelo. ¿Negligencia? Si no lo fue la de suministrar el propofol sin tener en cuenta las graves consecuencias que podría acarrear para la vida de su paciente, desde luego parece que sí la hubo en el intento in extremis de arrancar de la muerte al cantante que siempre declaró su adoración a Elvis y con quien compartió el mismo y, por desgracia, no tan inesperado final.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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