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Eterna y Monumental

viernes 30 de septiembre de 2011, 21:28h
No esperen de este articulista una crónica taurina de esas en las que se hablan de toros cornipasos, de morlacos noblones y de miuras guapos de cara pero algo escurridos.

Tampoco leerán de servidor referencia alguna a cierta faena del torero “Lagartijo”, en Bilbao, allá por 1892, ni esperen que les descubra el secreto que se esconde tras la hierática cara de José Tomás cuando entra en trance.

Y no encontrarán en estas líneas, insisto, ningún exhaustivo análisis sobre la evolución de la técnica del toreo desde Belmonte hasta nuestros días.

Porque yo aquí les vengo a hablar de otra cosa: de las últimas tardes de toros en la Monumental vividas por alguien no tan avezado en la tauromaquia como bien pudieran ser otros.

Aquí hablaré de vértigo y de relojes que se paran. De arte y de templanza. De la eternidad y de lo efímero.

De la sensación de viajar al pasado cuando torea Morante y teletransportarse, a bordo del Delorean de Michael J. Fox, a la España de los años 50, con Hemingway fumándose un puro en la barrera y mirando de reojo a Ava Gardner.

De los gritos de “¡Libertad!” de un abuelo, con la garganta estrangulada por las lágrimas, mientras ve cómo cierran el teatro de sus sueños.
De la suavidad y delicadeza de las manos de Manzanares al torear, arropando a la bestia tal y como haría una abuela con su nieto al meterlo en la cama.

Del espectacular cartel de Miquel Barceló, ilustrando el fin de una era y el comienzo de otra, en contraste con las burdas y carentes de ingenio pancartas de los antitaurinos.

Del arte de balancearse entre la tragedia y la gloria que tienen los morantistas, románticos incurables, que desprecian cualquier sensación intermedia por estar vacía de sentimiento.

De la depurada técnica de El Juli y del destierro forzado al que se ha visto sometido Serafín.

De la emocionante despedida de los areneros, aplaudiendo hasta hacerse sangrar las manos, mientras observan cómo la arena de su plaza se escurre por un sumidero, para no volver, como si de un enorme reloj de arena se tratara y el tiempo corriera en contra.

Del estruendoso silencio de veinte mil personas cuando José Tomás, ese kamikaze enamorado, se roza con el toro, a tumba abierta, saltando chispas y provocando que hasta los santos del cielo comiencen a santiguarse, a cruzar los dedos y a cerrar los ojos con un “ay, ay, ay”
Del histórico momento en el que Morante, tras una pitada histórica y con la chulería de quien invita a la última copa cuando están apagando las luces, pidió el sobrero, diciendo: “de aquí no se mueve nadie hasta que yo salga a hombros de esta plaza”.

Kapuscinski plasmó en el imprescindible Ébano sus vivencias por África como reportero. En un impresionante pasaje del libro relata cómo un ghanés le intenta explicar sus terribles jaquecas, convencido de que tiene “animales dentro de su cabeza: antílopes, cebras y jirafas, que viven y corretean ahí dentro. Y cuando el león ruge, hambriento y furioso, le estalla el cráneo”.

Tras asistir a las dos últimas tardes de toros en Barcelona, puedo estar seguro de una cosa: en mi cabeza siempre habrá correteando un toro por el albero de la Monumental mientras Morante detiene el tiempo con sus verónicas y Hemingway ríe, acabándose su puro, desde la barrera.

Y que cuando esto ocurre, mi cráneo estalla. Pero de júbilo y gloria.

La Monumental no se ha cerrado. Solo se ha detenido en el tiempo.
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